Los Cuerpos Del RÍo

LA VOZ CORRECTA

1988

Siempre he creído que la gente no se rompe de golpe.

Uno se quiebra en silencio, como una grieta en una pared que nadie mira hasta que el edificio se viene abajo.

No recuerdo exactamente cuándo empecé a hablar solo. Al principio pensé que era normal. Todos lo hacemos, ¿no? Nos damos instrucciones, nos corregimos, nos tranquilizamos. Respira. No es para tanto. Sigue.

La diferencia es que, en algún punto, la voz empezó a responder.

No con palabras completas, no todavía. Más bien con una sensación. Una presión detrás de los ojos. Una certeza incómoda. Como cuando sabes que dejaste la puerta abierta, aunque jures haberla cerrado.

La mente siempre encuentra una forma de protegerse, incluso si para hacerlo tiene que mentirse.

Vivo en una casa tranquila, en una calle tranquila, en un barrio donde las cosas malas pasan lejos. Eso es lo que nos decimos todos aquí. Por eso, cuando comenzaron los rumores, nadie quiso escucharlos de verdad.

Dicen que fue un accidente.

Dicen que nadie vio nada.

Dicen muchas cosas cuando no quieren dormir pensando en lo mismo.

Yo tampoco quise pensar en eso al principio. Me concentré en mis rutinas. El café amargo por la mañana. La ventana siempre entreabierta. Las luces apagadas antes de las diez. Pequeños rituales que te hacen sentir que todavía tienes control sobre algo.

El orden es una ilusión hermosa: parece estabilidad, pero solo es costumbre.

A veces me descubro observando mis manos durante demasiado tiempo, como si esperara que hicieran algo sin pedirme permiso. No lo hacen. Nunca lo han hecho.

Aunque hay días en que me cuesta recordarlo con claridad.

Hay espacios en mi memoria que se sienten… editados. No borrados, no exactamente. Más bien como frases mal cortadas en un libro viejo. Sabes que falta algo, pero no puedes demostrarlo.

El otro dice que es normal.

No siempre lo llama “normal”. A veces usa palabras más suaves, más razonables. Mecanismos, defensas, supervivencia.

El otro siempre ha sido bueno eligiendo palabras.

Las peores decisiones no se toman en momentos de rabia, sino en momentos de calma absoluta.

No quiero que pienses que tengo miedo. El miedo es ruidoso. El miedo corre. Esto es distinto. Esto es una vigilancia constante, un cansancio que se instala en los huesos y no se va ni durmiendo.

Anoche soñé que alguien me observaba desde el pasillo. No podía verlo bien, pero sabía exactamente dónde estaba. Al despertar, tuve la certeza de que el sueño no había terminado, solo había cambiado de forma.

La casa estaba en silencio. Un silencio limpio. Demasiado limpio.

Hay silencios que no tranquilizan; solo esperan.

Encontré una taza sucia en el fregadero. Café frío. Yo no había tomado café esa noche. Estoy seguro. Me quedé mirándola más tiempo del necesario, como si la cerámica pudiera explicarse sola.

El otro se rió.

No en voz alta. Nunca lo hace así.

—Te estás obsesionando —dijo—. Eso es todo.

Quizá tenga razón. Siempre la tiene, o al menos eso parece. Es curioso cómo uno puede confiar tanto en una voz que no sabe de dónde viene, solo porque suena convincente.

A veces no creemos en la verdad; creemos en quien la dice con más seguridad.

En las noticias de la mañana hablaron del cuerpo encontrado cerca del río. No dieron muchos detalles. Nunca los dan. Dijeron que no había signos de violencia evidentes, como si la ausencia de señales fuera una explicación suficiente.

Cambié de canal antes de que terminaran. No me gusta cómo usan las palabras cuando alguien muere. Las vuelven pequeñas. Inofensivas. Como si así también lo fuera la muerte.

El otro dijo que hicimos bien en no escuchar más.

“Hicimos”.

No sé por qué usó esa palabra.

El lenguaje revela cosas incluso cuando intentamos esconderlas.

Salí a caminar para despejarme. El aire estaba pesado, como si el día aún no hubiera decidido qué hacer consigo mismo. Me crucé con vecinos que saludaban demasiado rápido, con sonrisas que no llegaban a los ojos.

Todos estamos cansados aquí. Eso también nos une.

Al pasar frente al escaparate de la tienda, vi mi reflejo distorsionado por el vidrio. Me detuve. Algo no encajaba. No supe decir qué. Tal vez fui yo el que apartó la mirada demasiado pronto.

Hay verdades que no se revelan porque no sabemos cómo mirarlas.

A veces pienso que todos cargamos con algo que no queremos recordar. Algo que, si saliera a la superficie, nos obligaría a admitir que no somos quienes creemos ser.

Yo, al menos, intento ser mejor. Intento mantener todo bajo control. Escuchar la voz correcta. Hacer lo que hay que hacer para que nada vuelva a salirse de lugar.

Porque cuando las cosas se salen de lugar…




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