Los Cuerpos Del RÍo

Diez años después, el agua recuerda

En 1998 el río parecía otro. Habían limpiado las orillas, instalado faroles nuevos, construido un sendero de cemento por donde ahora caminaban familias los domingos. A veces pienso que la ciudad creyó que eso bastaba. Que el tiempo, bien administrado, podía funcionar como una absolución.

Yo tenía treinta y cinco años y ya no me preguntaban si estaba preparado para un caso. Simplemente me los asignaban.

—¿Seguro que es él? —preguntó Ana, ahora con algunas canas que no intentaba esconder, mientras observábamos el cuerpo desde la cinta amarilla.

—No digo que sea él —respondí—. Digo que se le parece demasiado.

El cadáver estaba atrapado entre ramas, apenas visible desde la orilla. Hombre. Treinta y tantos, quizá cuarenta. La piel hinchada por el agua, los rasgos distorsionados lo justo como para que el reconocimiento no fuera inmediato. El río siempre ha sido generoso con ese tipo de ambigüedades.

—Diez años —dijo Marcos, que ya no levantaba la mano para saludar, sino que se acercaba directo a hablar—. Diez años limpios.

—Nunca fueron limpios —contesté—. Solo silenciosos.

Marcos me miró de reojo, como si evaluara si estaba exagerando. No lo estaba. Entre el último cuerpo y este no hubo pruebas, ni rumores sólidos, ni hallazgos. Pero el expediente nunca se cerró del todo. Solo pasó a una carpeta que nadie abría porque nadie quería hacerlo.

—¿Crees que es el mismo? —preguntó Ana.

No respondí de inmediato. Me agaché un poco, observando detalles que no figuraban aún en ningún informe: la posición del cuerpo, la forma en que las manos estaban relajadas, casi cuidadas. No había signos claros de violencia. Nunca los había.

—Creo que el río volvió a hablar —dije—. Y habla igual que antes.

Durante los días siguientes aparecieron dos cuerpos más. Distintos puntos, mismo patrón. Personas sin relación aparente: un mecánico, una mujer que trabajaba en una biblioteca, un hombre con antecedentes menores por peleas callejeras. Edades similares. Ningún vínculo obvio.

Eso fue lo primero que nos confundió también la vez anterior.

—No hay motivo —dijo el forense en una de las reuniones—. No dinero, no venganza, no mensaje.

—Todavía —corrigió Ana.

La palabra quedó flotando en la sala.

Los interrogatorios comenzaron rápido. Demasiado rápido. Cuando la presión aparece, la ciudad necesita nombres. Siempre los necesita. El primero fue casi inevitable: Julián Mena, el hombre del taller de hacía diez años. Había envejecido mal. Bebía más de lo que admitía. Vivía cerca del río.

—Yo les dije —repitió, con la voz temblorosa—. Yo escuché voces aquella vez. Nadie me creyó.

—¿Las escuchas ahora? —pregunté.

—No —dijo—. Pero eso no significa que no estén ahí.

Lo arrestamos dos días después del cuarto cuerpo. No por una prueba contundente, sino por acumulación de sospechas mal encajadas. El sistema funciona así cuando tiene miedo: junta fragmentos hasta que parecen una forma.

—No me mires así —me dijo Ana, cuando firmamos el informe—. Alguien tenía que pagar el silencio.

Julián duró tres semanas detenido. Lo suficiente para que los medios lo llamaran asesino. No lo suficiente para sostener el caso. Lo soltaron una mañana lluviosa, sin disculpas, sin cámaras.

—No es él —dijo Marcos esa tarde—. Nunca lo fue.

—No —asentí—. Pero alguien necesitaba que lo fuera.

Las relaciones entre las víctimas comenzaron a aparecer después. No directas. No evidentes. Todos habían pasado, en algún momento de sus vidas, por el mismo barrio. Todos habían tenido contacto con el río de una forma u otra. No como víctimas. Como testigos. Como espectadores de algo que no entendieron entonces.

—Es como si alguien estuviera corrigiendo una lista —dijo Ana, una noche en la comisaría casi vacía.

—O completándola —añadí.

Ella me miró en silencio. No preguntó cómo lo sabía. A esas alturas, ya no lo hacía.

El término “asesino serial” apareció en los informes oficiales con una frialdad que siempre me ha parecido ofensiva. Como si nombrarlo fuera una manera de contenerlo. Como si ponerlo en plural —casos, víctimas, patrones— lo volviera manejable.

Yo no sentí alivio. Sentí reconocimiento.

Diez años atrás, creímos que el río había terminado de devolver lo suyo. Que lo que fuera que había pasado se había agotado. Ahora entendía que solo había estado esperando. No a nosotros, sino al momento exacto.

Esa noche, al llegar a casa, abrí el cuaderno sin pensar. Ya no me sorprendía encontrarlo abierto. Leí por primera vez en mucho tiempo una página entera. Hablaba de paciencia. De ciclos. De cómo algunas cosas no desaparecen, solo aprenden a hacerlo mejor.

El otro no comentó nada. No hacía falta.

Habíamos vuelto a trabajar juntos.

Y esta vez, pensé, no cometeríamos el mismo error.

***

Los días siguientes se volvieron repetitivos de una forma peligrosa. Despertar, café demasiado fuerte, informes incompletos, llamadas que no aportaban nada nuevo. El tipo de rutina que desgasta porque promete respuestas que nunca llegan.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.