Tenía treinta y seis años cuando encontré el cuerpo en el ascensor.
No lo digo por dramatismo. Lo digo porque a esa edad uno ya debería haber visto suficiente muerte como para que no le sorprenda. Y, sin embargo, hay muertes que no entran en ninguna categoría conocida. No gritan. No sangran de más. Simplemente están ahí, como una frase mal cerrada.
El ascensor estaba detenido entre el tercer y cuarto piso del edificio Moreno & Hijos, una constructora pequeña que sobrevivía a base de favores municipales y contratos mal explicados. El guardia de seguridad fue quien dio el aviso. Dijo que había escuchado un golpe seco, como si alguien hubiera soltado una bolsa pesada, y luego el ascensor dejó de responder.
—Yo pensé que era un fallo eléctrico —nos dijo después—. Aquí todo falla.
El cuerpo estaba sentado en el suelo del ascensor, la espalda apoyada contra el espejo, las piernas dobladas de forma antinatural. Un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, sin signos evidentes de violencia. Los ojos abiertos, la boca apenas entreabierta, como si se hubiera quedado a mitad de una frase importante.
—No cayó —dijo Ana, casi de inmediato—. Se acomodó así.
Tenía razón. No había marcas de impacto, ni heridas visibles. La ropa estaba intacta. El reloj seguía en la muñeca. La billetera, en el bolsillo interno del saco.
—¿Infarto? —preguntó Marcos, tomando notas.
Me agaché frente al cuerpo. No lo toqué. Nunca toco nada al principio. Me gusta observar hasta que el silencio empieza a decir cosas.
—Tal vez —respondí—. Pero nadie muere así si estaba solo.
Ana me miró de reojo.
—¿Qué ves?
—Que esperó.
El espejo del ascensor devolvía una imagen extraña: el muerto multiplicado, fragmentado en ángulos torcidos. Pensé que morir ahí dentro debía sentirse como desaparecer sin terminar de irse.
—¿Quién es? —pregunté.
—Rubén Moreno —dijo Marcos—. Uno de los dueños. Según el guardia, subió solo hace unos veinte minutos.
Veinte minutos era demasiado tiempo para un infarto no atendido. Demasiado poco para que nadie lo notara.
—¿Familia? —pregunté.
—Exesposa —respondió Ana—. Un hijo. No trabaja aquí.
Asentí. Siempre hay alguien que no trabaja ahí.
Salimos del ascensor cuando llegó el forense. Afuera, los empleados se agrupaban en pequeños círculos, hablando en voz baja, con esa mezcla incómoda de miedo y curiosidad que aparece cuando la muerte entra en horario laboral.
—¿Alguien discutió con él hoy? —pregunté en voz alta.
Nadie respondió de inmediato. Las miradas se cruzaron. Algunas bajaron.
—Rubén era… exigente —dijo finalmente una mujer joven, con un gafete colgándole del cuello—. Pero nada fuera de lo normal.
—¿Exigente con quién? —pregunté.
—Con todos.
Esa respuesta nunca significa lo mismo dos veces.
Mientras el equipo técnico hacía su trabajo, me alejé unos pasos y observé el edificio. Cuatro pisos. Oficinas pequeñas. Paredes recién pintadas para ocultar grietas viejas. Pensé en la cantidad de decisiones que se toman en lugares así, decisiones que parecen pequeñas hasta que alguien muere dentro de un ascensor.
—Hay cámaras —dijo Marcos, acercándose—. Pero el ascensor no tiene. Solo los pasillos.
—Entonces alguien subió con él —dije—. O bajó antes de que se detuviera.
Ana frunció el ceño.
—¿Y si no fue un crimen?
La miré. Sonreí apenas.
—Todo es un crimen cuando alguien se beneficia.
El forense se acercó.
—No fue un infarto —dijo—. Hay signos de asfixia leve. Nada violento. Algo… progresivo.
—¿Veneno? —preguntó Marcos.
—Todavía no puedo asegurarlo —respondió—. Pero no murió solo por su corazón.
Asentí otra vez. Miré el ascensor, ahora cerrado, como si quisiera guardarse el secreto un poco más.
—Bien —dije—. Entonces tenemos un homicidio sin forcejeo, sin sangre y sin ruido.
Ana suspiró.
—Los peores.
—No —corregí—. Los mejores.
Ella me miró, sorprendida.
—¿Cómo?
—Los mejores para quien lo hizo —dije—. Porque pensó que nadie haría demasiadas preguntas.
En ese momento, uno de los empleados rompió a llorar. Un hombre mayor, con las manos temblándole.
—Yo… yo estuve con él —dijo—. Antes de que subiera.
Me giré hacia él.
—¿Cuánto tiempo?
—Cinco minutos. En su oficina.
—¿Discutieron?
El hombre negó con la cabeza.
—No. Me dio las gracias.