No hubo más cuerpos en el río.
Eso fue lo peor.
Pasaron semanas. Luego meses. El agua siguió corriendo con la misma indiferencia de siempre, arrastrando ramas, basura, reflejos rotos del cielo. La ciudad empezó a relajarse. La prensa perdió interés. El departamento archivó la carpeta bajo una categoría cómoda: caso sin actividad reciente.
Yo no.
Hay silencios que no tranquilizan. Solo aplazan.
Cada mañana, al llegar al departamento, miraba el tablero donde alguna vez estuvieron las fotos del río. El espacio vacío se había vuelto más elocuente que cualquier evidencia. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sentíamos: no avanzar también es una forma de fracaso.
—Tal vez murió —dijo Marcos un día, sin levantar la vista de su café.
—O se cansó —añadió Ana.
Yo no dije nada.
El asesino del río no era alguien que se cansara.
Era alguien que sabía esperar.
La frustración no era rabia. Era algo más denso. La sensación de haber entendido una historia solo hasta la mitad, y no saber si el resto iba a contarse alguna vez. Hay casos que se te meten debajo de la piel y se quedan ahí, no como una herida abierta, sino como una presión constante, recordándote que hay cosas que no controlas.
Y a mí siempre me ha costado aceptar eso.
El nuevo caso llegó un martes, de esos que parecen hechos para no recordar nada importante. Un aviso simple. Sin urgencia excesiva. Una mujer mayor había dejado de responder llamadas. La vecina notó el silencio. La rutina rota.
—Probable muerte natural —dijo el oficial que tomó el aviso—. Vive sola. Setenta y dos años.
Nada gritaba crimen. Nada pedía atención.
—Vamos —dije igual.
El edificio era antiguo, de esos que huelen a polvo y a tiempo detenido. La puerta estaba cerrada por dentro. No hubo que forzarla demasiado. El cuerpo estaba en la sala, sentado en su sillón favorito, frente a un televisor apagado.
El rostro tranquilo. Las manos sobre el regazo. Demasiado tranquilo.
—¿Nombre? —preguntó Ana.
—Elena Rivas —respondió Marcos—. Jubilada. Ex maestra.
Me acerqué despacio. No había signos evidentes de violencia. Ningún desorden. La casa estaba limpia, cuidada. Había fotos familiares en las paredes, libros bien acomodados, plantas regadas recientemente.
—Parece que estaba esperando —murmuré.
—¿A quién? —preguntó Ana.
No respondí. A veces la espera no tiene destinatario.
El forense confirmó lo obvio: muerte ocurrida hacía al menos dos días. Nada concluyente aún. Nada alarmante.
—¿Te suena? —preguntó Marcos, ya de salida.
—No —dije—. Y eso no me tranquiliza.
Los días siguientes fueron lentos. Demasiado. El informe preliminar no mostraba causas claras. No había enfermedades graves registradas. Elena Rivas había estado bien, según su médico. Activa. Lúcida.
—Quizás fue simplemente su momento —dijo alguien en el departamento.
Quizás.
Pero hay muertes que no encajan porque no quieren ser simples.
Empezamos a hablar con el entorno. Vecinos. Antiguos alumnos. Un hijo que vivía en otra ciudad y no visitaba desde hacía meses. Nadie parecía tener conflictos con ella. Nadie la odiaba. Nadie la necesitaba muerta.
Eso suele ser más inquietante que encontrar demasiados sospechosos.
—¿Y si no es un homicidio? —preguntó Ana una tarde.
—Entonces es una coincidencia muy bien armada —respondí—. Y no creo en coincidencias cuando alguien muere acompañado de tanto orden.
Las noches volvieron a ser largas. El caso del río seguía ahí, inmóvil, como un animal escondido que uno sabe que no se ha ido. Pensé en eso más de lo que quería admitir. En lo fácil que es acostumbrarse a no saber. En lo peligroso que puede ser.
Mientras tanto, Elena Rivas se negaba a encajar en cualquier narrativa cómoda.
Y eso me molestaba más de lo que debería.
Porque cuando un caso avanza lento, no es el tiempo lo que pesa, sino la sospecha de que estamos mirando en la dirección equivocada.
La casa de Elena Rivas empezó a hablarnos cuando dejó de parecer un lugar.
Hasta entonces había sido solo eso: una vivienda ordenada, limpia, silenciosa. Pero al tercer día de volver una y otra vez, entendí que no estaba diseñada para vivir, sino para recordar. Cada objeto parecía colocado para cumplir una función emocional, no práctica.
—Todo está demasiado… intacto —dijo Ana, revisando una repisa—. Como si nadie hubiera querido alterar nada.
—O como si alguien hubiera tenido cuidado —respondí.
Los libros estaban clasificados por años, no por temas. Las fotos, enmarcadas cronológicamente. Nada fuera de lugar. Nada improvisado. Me detuve frente a una imagen vieja: Elena joven, rodeada de niños en un aula. Todos miraban a la cámara menos ella.