Los Cuerpos Del RÍo

El caso de Luis Ferretti

El disparo se escuchó antes de que nos llamaran.

No en sentido literal, claro. Pero hay crímenes que llegan con un eco previo, como si la ciudad los presintiera. Cuando entré al departamento esa mañana, todos estaban hablando más alto de lo normal. El aire estaba cargado de urgencia, de esa electricidad torpe que solo aparece cuando la violencia es evidente.

—Tenemos uno feo —dijo Marcos—. Muy feo.

El lugar era un taller mecánico a las afueras de la ciudad. Portón abierto. Sirenas. Cinta policial ondeando como una herida mal cerrada. El olor a aceite se mezclaba con el metálico, inconfundible.

Había sangre. Mucha.

El cuerpo estaba tendido boca arriba, el pecho abierto por dos disparos limpios. El tercero había sido innecesario, disparado después de que el cuerpo ya estaba muerto. Eso siempre dice más del que aprieta el gatillo que de la víctima.

—Ejecución —dijo Ana—. Sin dudas.

Asentí. No hacía falta acercarse demasiado para saberlo. El hombre tendría unos treinta años. Tatuajes visibles. Manos ásperas. Vida dura.

—Nombre —pregunté.

—Luis Ferretti —respondió Marcos—. Antecedentes por robo menor. Nada violento.

Miré alrededor. El taller estaba revuelto, pero no saqueado. Las herramientas seguían ahí. El dinero, también.

—¿Testigos? —pregunté.

—Dos —dijo Ana—. Un empleado y un vecino. Versiones distintas.

Eso era bueno. Las contradicciones suelen ser más útiles que las coincidencias.

El empleado temblaba cuando lo entrevistamos. Tenía manchas de sangre en la ropa que no eran suyas.

—Yo estaba atrás —decía—. Escuché los tiros. Cuando salí, ya estaba así.

—¿Vio a alguien huir? —pregunté.

—Un auto oscuro —respondió—. Rápido.

Clásico.

El vecino, en cambio, estaba demasiado tranquilo.

—Yo vi a un tipo entrar —dijo—. No parecía nervioso. Caminaba como si supiera exactamente lo que iba a hacer.

—¿Lo conocía? —preguntó Ana.

—No —respondió—. Pero no era de por aquí.

Siempre hay alguien que no es de por aquí.

El forense confirmó lo obvio: muerte instantánea. Arma de fuego. Calibre común. Sin signos de lucha.

—No sufrió —dijo—. Si eso sirve de algo.

No lo hacía.

Me quedé mirando el cuerpo un momento más de lo necesario. Pensé en Elena Rivas. En el silencio. En la espera. Esto era lo contrario. Ruido. Sangre. Decisión inmediata.

Y, sin embargo, sentí menos peso.

—Este es fácil —dijo Marcos—. Ajuste de cuentas.

—Tal vez —respondí—. O alguien quiso que pareciera uno.

Ana me miró.

—¿Ya desconfías incluso de lo obvio?

—Sobre todo de lo obvio —dije—. La violencia exagerada suele ser una distracción.

Esa noche, mientras revisaba los antecedentes de Luis Ferretti, encontré algo que no encajaba con una ejecución típica. No deudas grandes. No enemigos claros. Nada que justificara tanta saña.

—No era importante —murmuré.

Y esa es, muchas veces, la razón más peligrosa para matar a alguien.

La sangre se seca rápido.

Es una de las primeras cosas que uno aprende en este trabajo. Al principio impresiona, luego se vuelve una textura más del escenario. Lo que tarda en irse es la sensación de violencia reciente, esa especie de eco que queda flotando en el aire incluso cuando el cuerpo ya no está.

En el taller mecánico, ese eco era ensordecedor.

—Tres disparos —dije, mirando las marcas en la pared—. Dos bastaban.

—El tercero es rabia —respondió Ana—. O miedo.

—O necesidad de convencerse —añadí.

Ella no preguntó de qué.

Mientras el equipo terminaba de levantar pruebas, me aparté unos metros. Cerré los ojos un segundo. Fue entonces cuando lo sentí. No como una voz clara, no como una idea completa. Más bien como una certeza incómoda, una intuición que no venía de la lógica.

Esto no es personal, pensé.

Y algo dentro de mí respondió, con una familiaridad que me heló la espalda:

Eso es lo que lo hace más fácil.

Abrí los ojos de inmediato.

El otro nunca aparece cuando uno lo llama. Aparece cuando uno baja la guardia. Cuando la mente se cansa de sostener una sola versión del mundo.

—¿Estás bien? —preguntó Marcos, acercándose.

—Sí —mentí—. Solo cansado.

Seguimos con el caso. Revisamos cámaras cercanas. Un sedán oscuro, como había dicho el empleado. Matrícula ilegible. Movimiento limpio. Demasiado limpio para alguien improvisando.

—Esto fue planeado —dijo Ana—. Pero no parece profesional.




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