El departamento estaba en silencio cuando llegué.
No un silencio tranquilo, sino ese que se forma cuando todos ya han dicho lo que tenían que decir y nadie quiere ser el primero en admitir que no sabe qué sigue.
El café llevaba rato enfriándose en mi escritorio. Lo bebí igual. Hay cosas que uno deja de corregir con el tiempo, no por descuido, sino porque ya no valen el esfuerzo.
—No hay novedades —dijo Ana sin mirarme—. Nada del río.
Asentí.
Diez años sin cuerpos habían convertido ese caso en una presencia incómoda, como una cicatriz que no duele pero pica cuando cambia el clima.
—Eso también es una respuesta —dije.
Ella suspiró.
—No una buena.
Nunca lo son.
El nuevo caso entró sin dramatismo. Sin sirenas. Sin sangre visible.
Una llamada doméstica. Un apartamento pequeño. Un hombre muerto en su sala.
—Caída —dijo el oficial que nos recibió—. Golpe en la cabeza.
Las palabras aparente accidente flotaban en el aire, aunque nadie las pronunciara. La escena parecía ordenada. Demasiado.
El cuerpo estaba tendido cerca de la mesa. Un vaso roto en el suelo. Sangre mínima. Lo justo para que no llamara la atención.
—¿Vivía solo? —pregunté.
—Con su esposa —respondió el oficial—. Está en shock.
La mujer estaba sentada en el sofá. Las manos cruzadas. La mirada fija en un punto inexistente. No lloraba. No hablaba.
—¿Cómo se cayó? —preguntó Ana con suavidad.
—Tropezó —dijo ella—. Estaba cansado. Siempre estaba cansado.
Esa frase me atravesó más de lo que debería.
Hay personas que mueren así:
agotadas antes de estar heridas.
Recorrí el apartamento. Fotos familiares. Sonrisas bien ensayadas. Nada fuera de lugar… excepto la mesa. Una esquina astillada. Demasiado daño para una simple caída.
—¿Discutieron? —pregunté, volviendo junto a la mujer.
Negó con la cabeza.
—Ya no discutíamos —dijo—. Cuando uno se cansa lo suficiente, deja de pelear.
El otro se movió apenas.
Eso también es violencia, pensó.
El informe preliminar decía accidente. Todo apuntaba a eso.
Y, sin embargo, algo no encajaba.
No la escena.
El ambiente.
Las casas donde ocurre un accidente real conservan algo de inocencia.
Esta no.
—Vamos a tomarnos el tiempo —dije—. No lo cerremos todavía.
Marcos alzó una ceja.
—¿Qué estás buscando?
Pensé la respuesta unos segundos.
—Nada en particular —dije—. Eso es lo que me preocupa.
Esa noche, mientras redactaba el informe, sentí la frustración de siempre. No por el caso, sino por el otro. Por el río. Por los años sin respuestas.
La ausencia también pesa. A veces más que los cuerpos.
Te aferras a lo que no vuelve, dijo el otro.
Y mientras tanto, lo que tienes delante se te escapa.
Cerré el archivo sin enviarlo.
Había algo ahí. No una prueba. Una tensión.
Como si la muerte hubiera llegado mucho antes de la caída…, y solo hubiera esperado el momento adecuado para hacerse visible.
Y supe, con una certeza incómoda, que este caso no iba a resolverse con rapidez.
Porque los crímenes que parecen accidentes casi nunca lo son.
Solo son historias bien contadas.
Volvimos al apartamento al día siguiente, cuando la escena ya no parecía una escena. Sin policías, sin luces. Solo un lugar donde alguien había dejado de existir y los objetos aún no se habían enterado.
El piso olía a limpieza reciente. Demasiado reciente.
—¿Limpiaron después del accidente? —preguntó Ana.
—La familia —respondió la esposa desde la cocina—. No soportaba verlo así.
Eso también es común. El impulso de borrar la muerte antes de que se quede.
Me acerqué a la mesa otra vez. Pasé los dedos por la esquina astillada. La madera estaba recién pulida, pero la grieta seguía ahí.
—¿A qué hora ocurrió? —pregunté.
—Cerca de las diez —respondió ella—. Yo estaba en la habitación.
—¿Escuchó algo?
—Un golpe —dijo—. Seco.
No gritos. No discusión.
Un sonido final, aislado.
El vecino del piso de arriba apareció poco después. No porque lo llamáramos, sino porque algunas personas confunden curiosidad con deber.