Hay días en que el departamento huele distinto.
No a café viejo ni a papel húmedo, sino a expectativa. A ese tipo de tensión que no se explica con palabras técnicas ni con estadísticas, porque no responde a los hechos sino a la intuición colectiva de que algo va a salir mal.
Ese día empezó así.
—Tenemos un muerto —dijo Ana desde la puerta—. No río. No agua. Pero… —hizo una pausa— no te va a gustar.
Nada bueno empieza con una aclaración así.
El cuerpo estaba en un edificio de apartamentos, tercer piso, pasillo estrecho, paredes demasiado limpias para lo que había pasado allí. Un disparo. Preciso. Sin ensañamiento.
Lo primero que pensé fue que el asesino no había querido llamar la atención.
Lo segundo, que había fallado.
—¿Quién lo encontró? —pregunté.
—El vecino de enfrente. Dice que oyó algo parecido a un portazo.
Siempre es un ruido indefinido.
Nunca un disparo.
El muerto se llamaba Julián Ortega. Treinta y tantos. Sin antecedentes relevantes. Trabajo administrativo. Rutina estable. Demasiado estable.
—No parece una ejecución —dijo Marcos—. Tampoco un robo.
—Y sin embargo está muerto —respondí.
El otro observaba en silencio.
Hay muertes que se explican por exceso.
Esta parecía explicarse por cálculo.
En el departamento de la víctima encontramos lo justo para levantar sospechas sin resolver nada:
una agenda incompleta, llamadas recientes a tres números distintos, y una fotografía vieja, doblada, escondida en un cajón.
En la foto había cuatro hombres. Jóvenes. Demasiado cómodos entre ellos.
—¿Quiénes son? —preguntó Ana.
—Los que todavía no sabemos que vamos a interrogar —respondí.
El primero fue el vecino.
Demasiado dispuesto. Demasiado atento.
—Julián era raro —dijo—. Callado. Siempre mirando para abajo.
—¿Discutieron alguna vez? —pregunté.
—No —respondió rápido—. Yo evito los problemas.
Nadie que evita los problemas necesita aclararlo.
El segundo fue un compañero de trabajo. Nervioso. Sudaba sin que hiciera calor.
—Julián tenía problemas —dijo—. De dinero. De… gente.
—¿Qué gente? —preguntó Marcos.
—No sé —respondió—. Nunca decía nombres.
El tercero tardó en aparecer. Demasiado.
Se llamaba Tomás. En la foto, estaba a la izquierda de Julián. Sonreía de una manera que no se aprende: se tiene.
—¿Por qué cree que estamos aquí? —le pregunté.
—Porque alguien murió —respondió—. Y porque yo aparezco en una foto vieja.
No negó nada.
Eso incomodó más que cualquier defensa.
—No nos veíamos desde hace años —continuó—. Pero la gente cree que el pasado no prescribe.
El otro reaccionó ante esa frase.
No con interés. Con reconocimiento.
—¿Dónde estaba anoche? —preguntó Ana.
—En casa —respondió Tomás—. Solo.
Siempre solos.
Cuando se fue, Marcos habló primero.
—Ese es —dijo—. Demasiado tranquilo. Demasiado preparado.
Ana asintió.
—Además, fue el último en ver a la víctima.
Todos miraron hacia mí.
Pensé en la forma del disparo.
En la ausencia de apuro.
En lo limpio del gesto.
—Sí —dije—. Es una buena teoría.
No dije que fuera correcta.
Hay culpables que se construyen solos.
El peligro está en lo fácil que resulta creerles.
Esa noche, mientras revisaba de nuevo la foto, noté algo que antes no había visto:
Julián no miraba a la cámara.
Miraba a Tomás.
Hay miradas que sobreviven a los años.
El otro se permitió una observación mínima:
Cuando alguien parece demasiado culpable, suele ser porque está siendo mirado.
Cerré el expediente sin escribir nada más.
Porque el suspenso verdadero no está en encontrar rápido al culpable, sino en empezar a sospechar que estamos siguiendo la historia equivocada.
El problema con las buenas teorías es que empiezan a ordenar el mundo demasiado pronto.
Al día siguiente, el nombre de Tomás apareció más veces de las necesarias en nuestras conversaciones. Nadie lo proponía explícitamente, pero todos girábamos alrededor de él como si ya ocupase el centro del caso.