El cuerpo estaba en la sala, sentado en el sillón principal, como si aún esperara visitas.
Un disparo en el pecho. Limpio. Preciso. Demasiado control para alguien que, según el informe preliminar, había pasado los últimos meses “emocionalmente inestable”.
Odié esa expresión apenas la leí.
La casa estaba ordenada. No con la pulcritud de alguien obsesivo, sino con la calma de quien ya no tiene prisa. Una taza lavada en el fregadero. Un libro cerrado boca abajo. El televisor apagado.
—No parece una escena de arrebato —dijo Marcos, observando alrededor.
—No —respondí—. Parece una despedida mal contada.
La víctima se llamaba Lucía Herrera. Cuarenta y dos años. Ejecutiva de una empresa de seguros. Divorciada. Sin hijos. Sin antecedentes penales. Sin enemigos claros.
Las personas así siempre terminan teniendo demasiados sospechosos.
El arma estaba a unos dos metros del cuerpo. Pistola registrada a su nombre. Demasiado lejos para un suicidio típico.
Demasiado cerca para descartarlo.
La escena no miente, pensé.
Solo exagera.
El dormitorio estaba intacto. La cama hecha con una prolijidad que no parecía cotidiana, sino ceremonial. Como si alguien hubiera querido dejar constancia de que, al menos una vez, todo había estado en su lugar.
Abrí el clóset. La ropa colgada por colores. Zapatos alineados. Un perfume caro en el estante más alto. Nada fuera de sitio. Nada que gritara desesperación.
—¿Alguna nota? —preguntó Marcos desde el pasillo.
Negué con la cabeza antes de responder.
—Si la hay, no va a estar donde se supone que debería.
A veces las personas no escriben para ser encontradas, sino para convencerse de algo por última vez.
En la cocina, el refrigerador estaba casi vacío. Solo lo esencial. Como si hubiera dejado de planear el futuro hacía tiempo. Sobre la mesa, un sobre cerrado con su nombre escrito en letra firme. Dentro, documentos: pólizas, cuentas pagadas, instrucciones claras. Todo menos una explicación.
Eso me incomodó más que cualquier desorden.
La gente que quiere morir suele explicarse demasiado. La que no quiere ser juzgada, no dice nada.
—Los vecinos dicen que discutió fuerte anoche —dijo Marcos, hojeando su libreta—. Con un hombre.
Ahí estaba el primer hilo.
El vecino de enfrente habló de gritos. El de al lado, de un portazo. La portera, de un hombre alto saliendo pasada la medianoche. Nadie vio su rostro con claridad. Todos vieron lo suficiente como para estar seguros de algo distinto.
El exmarido apareció en la lista de sospechosos antes de que termináramos el café frío de la mañana. Nombre limpio, coartada débil, rencor mal disimulado. Demasiado fácil.
—Si fue él, se aseguró de que pareciera un suicidio —dijo Marcos.
Miré de nuevo la distancia entre el arma y el cuerpo.
—O se aseguró de que no pareciera nada —respondí.
Porque a veces el crimen más perfecto no es el que se disfraza bien, sino el que deja demasiadas interpretaciones abiertas.
En la pared, casi escondido detrás de un cuadro torcido, encontré un impacto. Pequeño. Limpio. Un segundo disparo. Fallido.
O innecesario.
Sentí ese peso conocido en el pecho. Esa sensación de estar entrando en una historia donde todos mienten un poco, incluso la víctima.
Hay personas que no temen morir, pensé, sino ser recordadas de la forma equivocada.
Cuando salimos de la casa, el aire parecía más pesado. Como si la escena se negara a soltarnos.
—¿Qué piensas? —preguntó Marcos.
Miré la fachada una última vez.
—Que todavía no sabemos qué estamos investigando.
Y esa suele ser la parte más peligrosa del caso.
El exmarido llegó a la sala de interrogatorios con la seguridad de quien ha ensayado demasiado una versión. Traje oscuro, manos quietas, mirada cansada pero alerta. Ese tipo de calma que no nace de la inocencia, sino del convencimiento de que nada puede probarse.
—No la maté —dijo antes de sentarse.
Nunca falla. La gente cree que la verdad tiene prisa.
—Aún no te hemos acusado de nada —respondí, acomodando la carpeta frente a mí—. Cuéntanos por qué discutieron anoche.
Suspiró, como si la respuesta le pesara más que la muerte misma.
—Lucía estaba… distante. Desde hace meses. Hablaba de que todo era una carga. De que no quería terminar siendo una estadística triste.
Ahí estaba esa palabra otra vez. Terminar.
—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó Marcos.
—Que exageraba. Que la vida no es tan dramática. —Se encogió de hombros—. Supongo que no fue lo correcto.
A veces una frase mal dicha se queda viviendo en alguien durante años.