El río no era el nuestro.
Eso fue lo primero que pensé cuando llegamos.
No tenía la misma corriente espesa ni ese olor metálico que se te queda en la ropa durante horas. Este era más angosto, más claro. Un río que todavía parecía cumplir su función original: pasar desapercibido.
El cuerpo estaba atrapado entre dos rocas, como si el agua hubiese intentado seguir de largo y no hubiera podido. Una mujer. Treinta y tantos. Vestida con una sobriedad casi cuidadosa. Nada roto. Nada fuera de lugar, excepto ella.
—No corresponde a nuestra jurisdicción —dijo uno de los agentes locales, más para convencerse que para informarnos.
Me agaché cerca de la orilla. Observé las manos. Limpias. Las uñas cortas. El cabello aún húmedo, acomodado hacia atrás, como si alguien se hubiera tomado el tiempo de despejarle el rostro.
—Pero alguien se tomó demasiadas molestias —respondí.
El forense confirmó lo que ya sospechábamos: no había signos de lucha. La causa preliminar apuntaba a asfixia antes de que el cuerpo tocara el agua. El río no la mató. Solo la recibió.
Marcos revisaba el entorno con una atención excesiva. Lo conocía lo suficiente para saber que algo le incomodaba.
—¿Qué? —le pregunté.
—Es… prolijo —dijo—. Demasiado.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Ese silencio que no tiene nada que ver con la falta de ruido, sino con la acumulación de coincidencias.
El nombre de la víctima apareció más tarde, en una hoja manchada de humedad: Elena Rivas. Ingresos recientes al hospital. Dos semanas atrás. Intento de suicidio. Alta médica. Seguimiento ambulatorio.
Leí esa parte dos veces.
No porque fuera nueva.
Sino porque se parecía demasiado a otras cosas que no habíamos sabido cómo unir.
—¿Tenemos antecedentes? —pregunté.
—Depresión mayor —respondió el médico forense—. Nada criminal. Ninguna amenaza previa.
Miré el río otra vez. No era el mismo. No era el lugar. Pero el gesto… el gesto era idéntico.
Algunas muertes no buscan esconderse, pensé. Buscan ser reconocidas.
En el expediente, alguien había escrito “posible suicidio”. La palabra estaba ahí, liviana, cómoda, esperando que nadie la contradijera.
Pero el cuerpo decía otra cosa.
El cuidado decía otra cosa.
El traslado decía otra cosa.
—Si esto fue lo que creemos —murmuró Marcos—, está probando algo nuevo.
Asentí sin mirarlo.
—O está corrigiendo un error.
Nos quedamos ahí más tiempo del necesario. No por protocolo. Por intuición. Como si el río pudiera confesar algo si lo observábamos lo suficiente.
Hay personas que sobreviven a la muerte una vez, pensé, y otras que no lo hacen del todo.
Cuando nos retiramos, supe que ese cuerpo no iba a archivarse como un caso aislado. No todavía. Tal vez nunca.
Porque el agua era distinta.
Pero la intención no.
El nombre cambió antes de que terminara el día.
No porque alguien quisiera ocultarlo, sino porque los errores también existen en los informes preliminares. Una ficha mal archivada. Un apellido repetido. Una mujer distinta.
Marina Solano.
Treinta y siete años. Maestra de primaria. Sin antecedentes penales. Con antecedentes médicos que nadie en la escena parecía querer pronunciar en voz alta.
Intento de suicidio tres semanas atrás.
Alta médica.
Seguimiento recomendado.
Seguimiento nunca iniciado.
—No estaba bien cuando salió —dijo la psiquiatra del hospital, con ese tono neutro que se usa cuando ya se ha explicado lo mismo demasiadas veces—. Pero tampoco estaba en peligro inmediato.
Esa frase siempre me pareció una forma elegante de decir no ahora.
Revisamos su historial con más atención de la habitual. No solo fechas y diagnósticos, sino los márgenes, las notas al pie, las frases que alguien escribió rápido antes de pasar al siguiente paciente.
“Se muestra colaborativa.”
“Niega ideación actual.”
“Desea retomar su vida normal.”
Normal.
Otra palabra cómoda.
—¿Tenía familiares? —preguntó Marcos.
—Una hermana —respondió la psiquiatra—. Distanciadas. Marina no quería preocuparla.
Eso también aparecía demasiado seguido.
De regreso al departamento, pusimos las fotos del cuerpo junto a las de los otros casos del río. No para compararlas oficialmente —aún no—, sino para mirarlas como se mira algo que no termina de encajar.
Mujeres y hombres distintos. Edades distintas. Vidas distintas.