Los Cuerpos Del RÍo

Vigilancia pasiva

El informe llegó sin urgencia.

No llevaba la marca de los casos que obligan a levantarse de la silla ni el tono alarmado de una llamada a deshoras. Era una carpeta delgada, casi tímida, de esas que suelen perderse entre papeles más ruidosos.

Una muerte natural, según el certificado preliminar.

Un hombre solo.

Un departamento sin señales de intrusión.

Lo habitual.

—¿Por qué esto está aquí? —preguntó Marcos, hojeando el expediente sin demasiado interés.

—Porque alguien insistió —respondí—. Y la insistencia siempre dice algo, incluso cuando se equivoca.

El hombre se llamaba Héctor Valdés, cincuenta y nueve años, jubilado anticipado, sin antecedentes penales. Vivía solo desde hacía años. Pocos amigos. Ninguna denuncia previa. Una vida discreta, casi invisible.

Demasiado invisible para que alguien hubiera insistido.

El cuerpo fue encontrado por el portero del edificio. Sentado frente al televisor apagado. La mano derecha apoyada en el brazo del sillón. El rostro tranquilo, como si el cansancio hubiera sido suficiente.

—Infarto —dijo el médico—. Nada extraño.

Sin embargo, alguien había llamado dos veces para pedir que revisáramos el caso.

No para denunciar.

Para preguntar.

Hay preguntas que no buscan respuestas, solo confirmaciones. Y esas suelen ser las más incómodas.

El departamento estaba ordenado, pero no limpio. No había ese cuidado excesivo que suele acompañar a quien se despide. Era el orden de alguien que vive así desde hace tiempo, sin demasiadas expectativas.

En la mesa había una libreta abierta. Páginas con anotaciones simples: horarios, nombres incompletos, observaciones mínimas.

Nada que pareciera importante.

Todo demasiado preciso como para ser casual.

—¿Qué hacía este hombre? —preguntó Ana.

—Miraba —respondí, sin apartar la vista del cuaderno.

No era una deducción brillante. Era evidente. Horarios repetidos. Direcciones. Descripciones breves de personas que no aparecían en ninguna otra parte del expediente.

No seguía a nadie en particular.

Observaba.

Desde el balcón, el edificio de enfrente se veía completo. Ventanas, rutinas, luces que se apagaban siempre a la misma hora.

—¿Un voyeur? —dijo Marcos.

—No —respondí—. No hay fijación. Hay registro.

La diferencia es importante.

Algunas personas no observan por deseo, sino por necesidad. Como si mirar fuera una forma de mantenerse en pie.

En el dormitorio encontramos una caja con recortes de periódico. No todos recientes. No todos relacionados entre sí. Noticias pequeñas. Breves. Accidentes, despidos, muertes sin explicación clara.

Personas que, después del titular, habían dejado de importar.

Hay quienes viven atentos a las grietas de los demás, y no porque quieran aprovecharlas, sino porque ahí reconocen algo propio.

El portero nos contó que Héctor casi no hablaba, pero siempre preguntaba. Quién se mudaba. Quién se iba. Quién ya no volvía.

—Decía que era bueno saber quién seguía ahí —comentó—. Para no acostumbrarse a los vacíos.

Esa frase quedó conmigo más tiempo del necesario.

Revisamos su historial médico. Nada relevante. Presión alta. Tratamiento irregular. Ningún ingreso psiquiátrico. Ninguna alerta formal.

Nada que explicara la libreta.

Nada que explicara la insistencia.

—¿Entonces por qué estamos aquí? —preguntó Ana cuando salimos al pasillo.

Miré el expediente otra vez. El sillón. La libreta. El balcón.

—Porque alguien quiso asegurarse de que su muerte pasara desapercibida —respondí—. Y eso, a veces, es la única violencia que queda.

No todo crimen deja marcas.

Algunos solo dejan ausencia de preguntas.

Cerré la carpeta sin firmar aún. No porque dudara del diagnóstico, sino porque había aprendido que las muertes más silenciosas suelen enseñar algo, aunque no sepamos qué hacer con ello de inmediato.

Y mientras bajábamos las escaleras, una idea incómoda empezó a instalarse sin pedir permiso:

hay personas que pasan la vida mirando a otros para convencerse de que todavía están aquí.

Y cuando dejan de mirar, nadie nota la diferencia.

La libreta volvió conmigo al departamento.

No como evidencia prioritaria, sino como esas cosas que nadie sabe muy bien dónde colocar y terminan quedándose cerca por pura incomodidad. Las páginas estaban gastadas en los bordes, dobladas por el uso, como si hubieran sido consultadas más de lo que se escribían.

Nombres sin apellido.




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