Los Dagger

Capítulo 1

“…incluso el bien y el mal no son sino sombras que huyen, húmedos pesares, nubes que pasan…”

―Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche

Hay quienes intentan escapar de su pasado: de una vida tormentosa, de una familia homicida, de los prejuicios sociales, de un estilo de vida asfixiante, de amistades venenosas o incluso de la locura. Tal era el caso de Wallis Dagger, quien, a los 15 años y al borde de una crisis nerviosa, huyó abruptamente de su casa. Impulsada por el miedo, y desesperada por encontrar un lugar libre de los horrores de su infancia, encontró refugio en Brooklyn, Nueva York, un vecindario cálido, acogedor y lleno de vida. El bullicio y la alegría de la ciudad eran todo lo contrario a lo que había dejado atrás.

A pesar de ser una mujer sonriente y con sentido del humor, Wallis siempre parecía un tanto extraña. Había algo en ella que resultaba difícil de descifrar, algo que se ocultaba tras su fachada de normalidad. Poco se sabía de su familia, un tema que evitaba con mucho cuidado. Con el tiempo, su vida comenzó a tomar un rumbo que parecía prometedor: trabajaba a tiempo completo en una empresa de telefonía, estaba por terminar sus estudios universitarios, y compartía un apartamento con una gran amiga que había conocido en un concierto de rock. Finalmente, Wallis había logrado encontrar un poco de paz interior, y por un tiempo, se sintió una de las personas más afortunadas del mundo.

¿Qué podría cambiar eso? Oh, la inesperada visita de un abogado, que apareció en su puerta con una noticia que haría que el pasado volviera a atormentarla.

―¿Conoció usted al Vizconde de Edimburgo, el señor Dagger? ―preguntó el abogado, con una frialdad profesional que le hizo estremecer.

―Mi abuelo, por supuesto ―respondió Wallis, con una mezcla de disgusto y sorpresa―. Me crie con él en su castillo. Era un hombre muy frío.

―Bueno, me temo que ahora está más frío ―replicó el abogado, con una sonrisa irónica.

Wallis se quedó en silencio, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

―¿Está muerto? ―preguntó, aunque la respuesta era obvia.

―Así es ―confirmó el abogado―. El Vizconde ha fallecido y le ha dejado toda su herencia a usted, señorita. Ahora es la próxima Vizcondesa de Edimburgo.

Más que emocionada, Wallis estaba atónita. Que su abuelo, un hombre al que había detestado durante la mayor parte de su vida, falleciera, no le causaba mucho dolor. Sin embargo, la idea de que él le hubiera dejado todo, incluyendo el título nobiliario, era un motivo de incomodidad. Recordaba a su abuelo como una figura distante y amarga, alguien con quien nunca había logrado establecer una conexión. Entonces, ¿por qué ella? ¿Por qué no su tío o su primo, quienes eran los hombres de la familia?

Este inesperado giro la obligó a revivir recuerdos que había intentado enterrar. A pesar de su resistencia inicial, la ley era clara: tenía que aceptar la herencia. Así, decidió poner fin a este asunto lo antes posible. Con el invierno a la vuelta de la esquina, Wallis tomó un vuelo hacia Escocia. Tras varios trenes y un taxi que la llevó a las afueras del pueblo, llegó al castillo de los Dagger, un lugar sombrío y desolado en lo alto de una colina. El aire era denso, casi sofocante, como si el mismo pueblo se hubiera congelado en el tiempo. Algo había cambiado desde la última vez que estuvo allí, pero no sabía exactamente qué.

Frente a la imponente puerta de madera, Wallis levantó la mano para tocar el timbre, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta se abrió sola, como si el castillo la hubiera estado esperando. Con paso vacilante, entró, y a medida que lo hacía, las velas del enorme salón se encendieron lentamente, llenando la estancia con una luz tenue. La sensación de vacío era casi palpable, como si el lugar en sí estuviera cargado de presencias invisibles.

Frente a ella, unas majestuosas escaleras de mármol se bifurcaban a ambos lados del salón. Y, tras unos segundos, una figura familiar apareció en lo alto de las escaleras.

―¿Wallis? ¿Eres tú? ―preguntó una voz suave, aunque cargada de asombro. Era Drusila, una de sus hermanas trillizas, que descendía las escaleras con rapidez.

―Hola ―respondió Wallis, con poco entusiasmo.

―¡Por fin has llegado! ―exclamó Drusila, abrazándola con fuerza. Wallis se sintió incómoda, como siempre.

―Sí… lo siento, debí haber avisado ―dijo, intentando sonar educada.

―No te preocupes. Ya sabíamos que volverías ―respondió Drusila con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos―, aunque no pensamos que fuera tan pronto.

Pronto, otros miembros de la familia se unieron: las otras dos trillizas, Calantha y Avelina; su tío Kazimir; su primo Tartarus; y finalmente, su madre, la señora Magena. Todos compartían una apariencia inquietante: piel pálida como la nieve, cabellos oscuros como el carbón, ojeras muy marcadas, y un brillo casi sobrenatural bajo la tenue luz de las velas. Vestían con una elegancia macabra, como si hubieran salido de una pasarela de moda fúnebre. Eran una familia que bien podría haber salido de una novela gótica.

En contraste, Wallis parecía fuera de lugar. Su estilo bohemio, su cabello teñido de rubio y su ropa cómoda y casual la hacían parecer una intrusa en su propio linaje. Aun así, incluso en ella, era evidente la herencia retorcida que llevaba dentro, visible en sus ojos cansados y en su actitud siempre defensiva, un reflejo de los traumas que aún no lograba superar.




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