Los Dagger

Capítulo 3

A la mañana siguiente, Wallis bajó y se dirigió a la cocina, una vasta estancia con una enorme isla en el centro, donde su madre, la señora Magena, preparaba una taza de té. La cocina, aunque funcional, tenía un aire lúgubre, con paredes cubiertas de viejas estanterías de madera y utensilios de hierro que parecían no haber sido usados en décadas.

―¿Dormiste bien? ―preguntó su madre, sin levantar la vista de la tetera.

―Sí ―respondió Wallis, aunque sabía que el sueño que había tenido era cualquier cosa menos reparador. La sensación de ser observada nunca la abandonó durante la noche.

―Me alegra ―dijo Magena, con una sutil sonrisa que apenas curvaba sus labios―. ¿Quieres té?

―Sí, por favor ―respondió Wallis, mientras se sentaba en una de las sillas de la cocina. Sentía un extraño nerviosismo al estar sola con su madre. No habían hablado a solas en años, y la tensión entre ambas era palpable.

Su madre sirvió el té con movimientos lentos y precisos. El vapor ascendía en espirales, pero no lograba disipar el aire frío que inundaba la cocina.

―¿Y entonces cuánto tiempo planeas quedarte? ―preguntó Magena, mientras vertía el agua caliente en las delicadas tazas de porcelana, su voz denotando una mezcla de curiosidad y desgana.

―Solo tres días ―respondió Wallis, con determinación.

―¿Tan poco? ―replicó su madre, sorprendida, aunque disimulando bien su interés.

―Cuanto antes, mejor. Seguramente todos ustedes saben por qué estoy aquí, así que no hace falta fingir demencia ―dijo Wallis, con un tono de amargura que no pudo contener.

Magena se echó a reír suavemente, un sonido que resonó extrañamente en la vacía cocina. Luego se retiró hacia un lado de la habitación, tomando su taza entre las manos.

―Siempre estabas huyendo, ¿lo recuerdas? ―replicó su madre, con una expresión tan serena que resultaba inquietante―. Hasta que un día simplemente te marchaste, así sin más.

Wallis sintió un latido sordo en su pecho al escuchar esas palabras, una mezcla de ira y dolor.

―Ustedes intentaron matarme ―replicó Wallis, frunciendo el ceño mientras el té en su taza comenzaba a enfriarse.

―Era por tu bien ―dijo Magena, con una tristeza inesperada en su voz, su tono tan calmado como siempre―. Queríamos lo mejor para ti. Que fueras como nosotros y que le hicieras honor al apellido de la familia.

―¡Precisamente por eso! ―Wallis alzó la voz, sintiendo cómo la rabia acumulada se filtraba a través de cada palabra―. Ustedes querían cambiarme. No me aceptaban tal y como era.

Magena dejó su taza sobre la mesa con un suave "clink" y la observó fijamente con una intensidad que a Wallis le resultó perturbadora. El tiempo pareció detenerse por un momento mientras madre e hija se enfrentaban en silencio, como si esa conversación hubiera estado aguardando por años.

―Todas esas diferencias se pudieron haber resuelto de otra manera ―insistió su madre, bajando el tono.

―¿De qué manera? ―protestó Wallis, con ojos chispeantes de frustración―. Ustedes solo conocen el sufrimiento y el dolor. Todo lo que tocan lo destruyen.

Antes de que Magena pudiera responder, la casa comenzó a temblar, emitiendo crujidos largos y profundos, como si el mismísimo suelo estuviera a punto de colapsar. Wallis sintió el temblor bajo sus pies, y por un segundo la taza de té en la mesa vibró levemente. El sonido se amplificaba desde las entrañas del castillo.

―Es la mascota de la familia ―dijo su madre, con un suspiro cansado―. Debo ir a atenderla.

Magena se levantó, aparentemente indiferente al temblor, y salió de la cocina con paso firme, dejando a Wallis sola con sus pensamientos. La mención de la "mascota" trajo de vuelta imágenes de su infancia: la enorme criatura que habitaba en las profundidades del castillo, siempre hambrienta, siempre al borde de la furia. Aunque no la había visto en años, el mero recuerdo de su presencia aún hacía que su piel se erizara.

Wallis se quedó un momento más en la cocina, intentando calmarse, pero la incomodidad de estar en ese lugar no hacía más que crecer. Finalmente, decidió salir a explorar el castillo, con la esperanza de encontrar respuestas o, al menos, calmar la sensación de opresión que la había acompañado desde su llegada.




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