Mientras paseaba por los pasillos de mármol y madera antigua, Wallis vio de nuevo al mayordomo que había llamado su atención la noche anterior. Algo en él le resultaba diferente. No tenía la aura oscura y opresiva que el resto de la familia poseía, lo que lo hacía destacar aún más. Estaba subiendo las gradas principales y, movida por la curiosidad, decidió llamarlo.
―¡Oye! ¡Espera! ―gritó Wallis, deteniéndose en el primer escalón. El mayordomo se detuvo y se volvió hacia ella con una sonrisa educada pero ligera.
―No tuvimos la oportunidad de presentarnos. Soy Wallis ―dijo, sintiendo un atisbo de familiaridad.
―Michael ―respondió él, inclinando levemente la cabeza, con una sonrisa encantadora pero llena de misterio.
―Y bien, Michael ―dijo Wallis con tono suave― ¿cómo acabaste en este lugar? ―preguntó, genuinamente intrigada por su presencia allí.
―Bueno, como todas las almas perdidas que rondan en este sitio... tu familia me raptó y luego me obligaron a trabajar para ellos ―respondió Michael con una naturalidad que desconcertó a Wallis.
―Cielos, parece que las viejas costumbres no mueren ―murmuró ella, con una mezcla de ironía y pena―. ¿Y cuánto llevas aquí?
―Cinco años ―dijo él, sin cambiar su expresión.
―¿Intentaste escapar? ―preguntó Wallis, con un tono más serio.
Michael soltó una risa ligera, casi burlona.
―Oh, claro que sí. Cientos de veces.
―¿Y qué te detuvo? ―insistió Wallis, mirándolo con atención.
Michael se subió la manga del saco y extendió su brazo, revelando un extraño símbolo grabado en su piel. Era un sello que parecía pulsar con una energía oscura, como si estuviera vivo.
―Este sello me ata a este lugar. La señora Magena me hizo firmar un contrato... no exactamente legal.
Wallis frunció el ceño. Aunque ya conocía la naturaleza de su familia, el hecho de que él estuviera atrapado de esa forma le resultaba profundamente perturbador.
―En verdad lo lamento ―dijo Wallis, sintiendo una mezcla de impotencia y compasión por el hombre.
Michael sonrió de nuevo, esta vez con cierta tristeza.
―Está bien. No es tan malo después de todo, y tu familia ha sido considerada conmigo. No niego que al principio fue aterrador, pero con el tiempo... te adaptas.
Más tarde, ese día, Wallis salió con sus hermanas trillizas al huerto de mandarinas, un espacio extraño que colindaba al otro lado de la casa. Aunque normalmente sería un lugar soleado y vibrante, el clima era tenebroso, con nubes bajas y densas que parecían aplastar el cielo. A pesar de la atmósfera inquietante, las cuatro hermanas recogían las frutas con un aire despreocupado, colocando las mandarinas en las canastas que llevaban consigo.
El sonido de las hojas secas crujía bajo sus pies, y un viento frío soplaba a través de los árboles, haciendo que las ramas se mecieran de manera inusual.
―¿Recuerdas aquella vez que desenterramos los cuerpos del cementerio y los colgamos en un árbol? ―preguntó Avelina, con cierta emoción, como si se tratara de una travesura infantil.
―No lo sé. Tal vez para ti fue divertido... pero para mí fue más bien traumático ―respondió Wallis, mientras apartaba una rama que le rozaba el rostro.
―Bueno, siempre fuiste algo sensible ―replicó Avelina, sonriendo con una mezcla de condescendencia y afecto.
―Si así lo dices ―contestó Wallis, sin darle más importancia, enfocada en su tarea.
El aire a su alrededor parecía cada vez más denso, y mientras avanzaban por el huerto, una niebla ligera comenzó a deslizarse por el suelo, envolviendo sus pies. Las mandarinas brillaban como pequeñas esferas en la penumbra, contrastando con el entorno sombrío.
―¿Y qué cuentas de bueno? ―preguntó Drusila, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellas.
―Estoy a punto de finalizar la universidad ―respondió Wallis, intentando mantener la conversación en algo más mundano.
―¡Déjame adivinar qué estás estudiando! ―exclamó Drusila, retándose a sí misma―. ¡Ya sé! Leyes.
―No, estoy estudiando Artes Cinematográficas ―corrigió Wallis, con una pequeña sonrisa ante la ignorancia de sus hermanas sobre su verdadera pasión.
―¿Artes Cine... qué? ―preguntó Avelina, claramente confundida.
―Cinematográficas ―aclaró―. Es para hacer películas. Quiero ser directora ―explicó Wallis, mientras depositaba otra mandarina en su canasta.
Las tres hermanas se miraron con expresión perpleja, como si Wallis acabara de hablar en un idioma desconocido.
―¿Directora? ―dijo Drusila, con el ceño fruncido―. ¿Eso es algo así como salir en televisión?
―Exacto ―asintió Wallis, conteniendo una risita.
―¡Oh! Yo salí una vez en televisión ―interrumpió Calantha, ansiosa por compartir su historia, levantando la mano como una niña que espera su turno para hablar.
―¿En serio? ―preguntó Wallis, intrigada y un poco divertida. Era raro ver a Calantha tan emocionada.
―Bueno, no fue en un programa exactamente ―aclaró Calantha, bajando un poco el tono―. Fue en las noticias. Robé en una tienda de conveniencia y, por accidente maté al dependiente... todo se volvió un escándalo, obviamente. Pero mi rostro apareció en la televisión ―dijo, soltando una pequeña carcajada nerviosa.
Editado: 28.07.2026