Los Dagger

Capítulo 5

Más tarde, ya de vuelta en el castillo, Wallis escuchó voces provenientes de una de las habitaciones. Decidió investigar, y al abrir la puerta, se encontró con su primo Tartarus hablando solo. Movía sus manos con entusiasmo y se desplazaba de un lado a otro, como si estuviera en medio de una conversación. Los murmullos que salían de su boca eran ininteligibles, pero estaban llenos de fervor. A los pocos segundos, Tartarus notó la presencia de Wallis y se detuvo abruptamente, como si fuera sorprendido en medio de un secreto.

―Hola ―dijo Tartarus, con una sonrisa torcida.

―Hola ―respondió Wallis, con una mezcla de intriga y cautela―. ¿Qué haces?

―Ensayando una obra con mis amigos ―respondió él, con una naturalidad desconcertante.

Wallis miró a su alrededor, aunque la habitación estaba vacía, sumida en una penumbra rota solo por la luz que se filtraba desde el pasillo.

―¿Te refieres a los fantasmas? ―preguntó, tratando de mantener su tono ligero, aunque su estómago se tensaba ante la idea.

―Así es ―afirmó Tartarus, como si fuera una afirmación natural―. Oh, lo lamento ―dijo de repente, recordando algo―. Olvidé que tú no puedes verlos.

―Está bien, no es como si quisiera verlos de todas maneras ―respondió Wallis, dejando entrever un toque de sarcasmo.

―Pero les agradas ―añadió Tartarus, con una sonrisa casi infantil―. A los fantasmas, digo.

Wallis entrecerró los ojos, intentando medir si su primo estaba bromeando o hablando en serio.

―¿Eso debería hacerme sentir mejor? ―dijo Wallis, aunque en el fondo se sentía cada vez más inquieta.

―Un poco sí ―él asintió con entusiasmo―. Ellos no suelen tolerar a los vivos. Pero tú… a ti te respetan. Siempre lo han hecho.

Hubo un momento de silencio incómodo. Ninguno de los dos parecía capaz de retomar la conversación de manera natural. Al final, fue Tartarus quien rompió el hielo.

―¿Te alegra haber regresado aquí? ―preguntó, con curiosidad genuina. Wallis titubeó, incapaz de encontrar una respuesta que fuera honesta.

―Quizás ―respondió, encogiéndose de hombros. Su mirada se desvió un segundo, observando las sombras de la habitación, donde imaginaba que los "amigos" de Tartarus podrían estar acechando.

―Hablaré en nombre de todos ―dijo él, interrumpiendo sus pensamientos. Su tono se volvió más suave, casi vulnerable―. Sé que siempre tuvimos nuestras diferencias y que nuestra relación nunca fue la mejor. Pero en verdad apreciábamos tu compañía. Al final de cuentas, eras parte de la familia.

Wallis alzó la vista, algo sorprendida. No esperaba escuchar esas palabras de Tartarus en una conversación tan casual. Era como si él también estuviera navegando a tientas entre sus propios recuerdos y culpas no resueltas.

―Aprecio que lo digas ―respondió Wallis, con cierta cautela. No estaba segura de si debía confiar en esas palabras o si solo eran parte de otro juego que la familia le tenía reservado.

Tartarus no parecía notar su desconfianza y continuó como si estuviera soltando algo que había guardado por años.

―Y creo que está de más decir que nosotros fuimos la causa de que te fueras. Siempre fuiste diferente... bastante extraña, de hecho. Las cosas que a nosotros nos divertían, a ti te disgustaban. A veces era como si... estuvieras fuera de lugar.

La confesión de Tartarus resonó en la mente de Wallis, recordándole por qué había huido del castillo. Las risas y las "travesuras" que el resto de ellos encontraba entretenidas habían sido pesadillas para ella. Desde desenterrar cadáveres hasta experimentar con la vida de animales y personas, los juegos macabros que su familia consideraba normales siempre la habían llenado de horror.

Wallis cerró los ojos un momento, permitiéndose recordar esos días oscuros, pero también lo que los había hecho soportables.

―No todo fue malo ―dijo, dejando escapar una rara muestra de nostalgia―. Aunque sea difícil de creer, hay cosas que sigo atesorando de este sitio. Como los domingos de té en las tardes, las salidas al aire libre o las veces que preparábamos pastel de calabaza ―su voz se volvió más suave―. Pensándolo bien, lo que más extraño son las pijamadas que hacíamos cada mes.

Su primo se rio de nuevo, pero esta vez de una manera menos extraña y más nostálgica.

―Sí, a ti te gustaba mucho ver películas ―añadió, con una expresión que se tornaba más cálida―. Y ahora tiene sentido que quieras dedicarte a eso.

Hubo un largo silencio entre ellos, uno que no estaba lleno de incomodidad, sino de comprensión. Wallis se sintió conectada con alguien de su familia por primera vez desde que había regresado. Pero claramente esa chispa de conexión no era suficiente para apagar las dudas que aún tenía sobre lo que estaba ocurriendo en el castillo.

―Quizás ser directora no sea lo mío. Quizás no tenga éxito ―dijo, bajando la mirada al suelo, como si estuviera hablando más para sí misma que para Tartarus.

―Lo tendrás ―dijo él, con una certeza que sorprendió a Wallis―. Estoy seguro de que lo harás bien.

Tartarus sonrió, pero esta vez su sonrisa no era la de un loco hablando con fantasmas, sino la de un primo que, a su extraña manera, creía en ella. Wallis se permitió, solo por un momento, creerle.




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