Los Dagger

Capítulo 6

En otra ocasión, Wallis salió al jardín del castillo, que a menudo le parecía una especie de laberinto, con caminos sinuosos y altos setos que bloqueaban la vista del horizonte. Sin mencionar que el aire estaba cargado de humedad, y el cielo gris presagiaba una tormenta invernal. Quería despejar su mente, pero le resultaba difícil concentrarse; las voces susurrantes entre las hojas y el viento parecían estar siempre presentes, como si la naturaleza misma quisiera comunicarle algo que ella no podía comprender.

Mientras avanzaba entre los arbustos, divisó a su tío Kazimir, inclinado sobre un rosal. Cortaba algunas rosas carmesí con movimientos precisos, sus dedos deslizándose con una extraña elegancia. Las espinas no parecían afectarle.

―Pronto empezará a nevar ―dijo él, sin volverse hacia ella, pero claramente consciente de su presencia.

―Sí ―respondió Wallis, levantando la vista hacia las nubes densas que se acumulaban en el cielo. El frío comenzaba a intensificarse, y el aire tenía ese olor particular que precede a una nevada.

Kazimir cortó otra rosa y la sostuvo entre sus dedos, como examinándola con detenimiento.

―Me encantan estas rosas ―comentó, en un tono que parecía más dirigido a sí mismo que a Wallis. A pesar de la frialdad de su voz, había algo casi poético en sus gestos, una delicadeza que contrastaba con su imponente figura.

Wallis observó en silencio por un momento, intentando encontrar las palabras correctas.

―Tío Kazimir, no te lo pregunté antes, pero sé que siempre fuiste muy cercano a mi abuelo ―dijo finalmente, con una mezcla de consideración y curiosidad―. ¿Cómo te sientes tras su muerte?

Kazimir no respondió de inmediato. Siguió cortando rosas, una tras otra, con la mirada fija en los tallos, como si estuviera absorto en sus propios pensamientos.

―Bien ―respondió al fin, con una sequedad que sugería que no quería profundizar en el tema.

Wallis dio un paso más cerca, intentando empatizar con él.

―Seguramente no fue fácil...

Kazimir hizo una pausa, sosteniendo una rosa entre sus dedos, antes de dejarla caer suavemente en una cesta que estaba a sus pies.

―Desde luego que no lo fue, pero el dolor puede comprimirse ―dijo, finalmente volviéndose hacia ella. Su rostro no mostraba emoción, como si hablar de la muerte y el dolor fuera simplemente parte de la rutina familiar.

El silencio que siguió fue denso, y Wallis, sintiendo la incomodidad en el aire, decidió cambiar de rumbo con su pregunta.

―Tío Kazimir ―dijo, dudando por un momento―, ¿por qué crees que mi abuelo me dejó la herencia a mí? ¿Por qué no te la entregó a ti? ―tomó una breve pausa, buscando en el rostro de su tío alguna pista―. Aún no lo entiendo. Nunca fui de su agrado. Era como una astilla para él, siempre molestándolo.

Kazimir soltó una risa corta y seca, una reacción que pareció escapársele.

―Sí, lo eras ―dijo, con una sonrisa que se torcía ligeramente, pero luego su expresión se tornó seria al darse cuenta de la franqueza de su respuesta―. No, quiero decir… es cierto que no le caías bien. Pero... al menos tú tuviste el valor de hacer lo que ningún Dagger había intentado ―tomó una pausa, como si sus palabras lo sorprendieran a él mismo―. Te rebelaste, negaste tu apellido y hasta luchaste contra nosotros. ¿Cuántos años tenías entonces? ¿Trece?

―Quince ―corrigió Wallis, recordando con precisión esos días.

―¡Exacto! ¿Te das cuenta? ―dijo Kazimir, aún sorprendido por el recuerdo―. Aunque despertaste su furia, en cierto modo te admiraba por eso. Vio algo en ti que no vio en los demás… valor, quizá. Una chispa de rebeldía que él no esperaba.

Wallis bajó la mirada con un ligero suspiro, sintiendo que ese supuesto "valor" que su tío mencionaba no era más que desesperación en su memoria.

―Puede que haya sido cobardía y no valor ―murmuró, con una sombra de decepción en su voz.

Kazimir negó lentamente con la cabeza, con una expresión pensativa.

―La cobardía no tiene lugar en tu corazón, Wallis ―sus ojos la observaban con una intensidad que la desconcertaba―. Siempre fuiste fuerte, a tu manera.

Wallis esbozó una sonrisa melancólica, aunque no estaba del todo convencida de las palabras de su tío. A su alrededor, el jardín se extendía en todas direcciones, un vasto océano de flores oscuras y marchitas, golpeadas por el frío. Algunas ya estaban muertas, sus pétalos cayendo al suelo como lágrimas. Pero en medio de esa escena desolada, algo llamó su atención.

A lo lejos, entre las rosas carmesí, divisó un grupo de flores de color amarillo brillante que destacaban como un rayo de luz en la penumbra del jardín.

―¿Son flores amarillas? ―preguntó, sorprendida por el contraste con el resto del jardín. Kazimir asintió, siguiendo su mirada.

―Sí, son girasoles.

Wallis se acercó a ellas de inmediato, sintiendo un repentino golpe de emoción al reconocerlas.

―¿Son las mismas que sembré hace tiempo? ―preguntó, casi sin poder creer que aún estuvieran allí.

―Sí, las mismas ―respondió Kazimir, observándola con una expresión que, por primera vez, parecía cálida. Wallis soltó una risa suave al recordar.




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