Los Dagger

Capítulo 7

Era la última noche de su estadía en el castillo, el tercer día. Wallis descendía las escaleras hacia el primer piso, su mente ocupada con los recuerdos de los días pasados, cuando notó a Michael, el mayordomo, en la puerta principal. Estaba junto a un par de maletas y, sorprendentemente, no vestía su traje habitual. En lugar de eso, llevaba ropa casual, un abrigo largo y botas de cuero.

―Hola ―dijo Wallis, acercándose con una sonrisa suave.

―Hola ―respondió Michael, devolviéndole la sonrisa.

Wallis observó las maletas y no pudo evitar preguntar, aunque ya tenía una idea.

―¿Finalmente te vas? ―Michael asintió, y en sus ojos brillaba una mezcla de alivio y felicidad.

―Sí, por fin ―dijo, con una leve risa―. Tu madre me ha dejado ir.

Wallis no pudo evitar sentir una punzada de alegría por él. Desde el principio, había sabido que Michael no pertenecía a aquel lugar oscuro y asfixiante.

―Me alegro mucho por ti ―respondió, sincera.

Michael le dirigió una mirada agradecida.

―Es gracias a ti ―dijo, con una sonrisa que se volvió cálida―. Sé que hablaste con ella ayer y… la convenciste de dejarme ir.

Wallis se encogió de hombros, restándole importancia.

―No fue para tanto, solo sugerí que ya era hora ―dijo humildemente―. Pero, ¿a dónde irás ahora? ―preguntó, genuinamente interesada.

Michael suspiró profundamente, como si soltara todo el peso que había cargado durante años.

―A mi ciudad natal ―respondió, con una sonrisa que iluminaba su rostro―. Me quedaré en casa de mis primos por un tiempo. Ya sabes, hasta que encuentre algo más.

Wallis asintió, contenta por él. La idea de que Michael pudiera empezar de nuevo, lejos de la opresión del castillo, le traía una sensación de alivio, como si una pequeña parte de ella también se liberara. Tras un breve silencio, Wallis, sintiendo una extraña mezcla de emociones, formuló una pregunta que había rondado su mente desde el momento en que lo vio con las maletas.

―¿Te volveré a ver? ―preguntó, con cierta duda en su voz, sin estar segura si era lo correcto decirlo.

Michael pareció percibir la vulnerabilidad en su pregunta.

―Claro. Te escribiré mi número de teléfono y la dirección de la casa ―dijo mientras rebuscaba en su abrigo―. Aunque... creo que no tengo papel.

Sin vacilar, Michael sacó un billete de su bolsillo y comenzó a escribir en él con una pluma que había encontrado en su abrigo.

―Espero que no te importe ―dijo, con una risita.

Wallis observó divertida mientras él garabateaba su número en el billete, y cuando terminó, se lo entregó con un gesto amable.

―Te llamaré pronto ―dijo ella.

―Adiós, Wallis ―dijo Michael, levantando sus maletas, con una expresión tranquila.

Wallis lo observó mientras se dirigía hacia la puerta. Michael la abrió, y al cruzar el umbral, cerró tras de sí, dejando una estela de silencio absoluto en el aire. El sonido de la puerta resonó en la inmensidad del castillo vacío, devolviéndola de golpe a la soledad de su entorno. Por un momento, ella se quedó inmóvil, pensando en lo que acababa de suceder.

Enrolló el billete entre sus dedos y lo guardó en el bolsillo de su pantalón, una sonrisa ligera permaneciendo en su rostro. Michael se había ido, pero Wallis sentía que, de alguna manera, lo volvería a ver. Quizás esa sería la primera señal de que no todo en el castillo estaba destinado a permanecer oscuro y sombrío.

Con un último suspiro, subió las escaleras, escuchando solo el eco de sus propios pasos. Las paredes, normalmente tan opresivas, parecían ahora un poco menos amenazantes. Quizás la partida de Michael había liberado más que a un simple mayordomo.




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