Los Dagger

Capítulo 8

Y así llegó la mañana en que Wallis debía regresar a Brooklyn. Extrañamente, el día estaba despejado y no parecía tan aterrador como de costumbre. De vez en cuando, el canto de las aves resonaba en el aire, y había algo reconfortante en ese sonido. Wallis cepilló su cabello, preparó sus maletas y luego se detuvo para contemplar su habitación. Por primera vez, desde que había regresado, no se sintió oprimida al estar allí. Parecía que al fin había hecho las paces con ese lugar. Sin embargo, la tranquilidad no duraría mucho.

De repente, una fuerza invisible y poderosa la tomó del cuello y la empujó violentamente contra la pared. Wallis intentó gritar, pero su voz quedó atrapada en su garganta. No podía ver nada, pero sentía como una mano fantasmal la asfixiaba, apretando cada vez más. Antes de que pudiera comprender lo que sucedía, aquella energía la levantó en el aire y, sin piedad, la dejó caer al suelo. El impacto fue brutal, y Wallis, aturdida, intentaba recomponerse cuando una voz resonó en la habitación.

―¡Finalmente te encontré! ―dijo la voz, cargada de satisfacción.

Wallis miró frenéticamente a su alrededor, buscando el origen de aquel sonido.

―¿Quién es? ―preguntó, jadeando, su corazón latiendo a mil por hora.

―Intenta adivinar ―respondió la voz, con un tono burlón.

Entonces una figura comenzó a materializarse frente a ella. Aunque seguía siendo translúcida, era inconfundible: una entidad de aspecto extraño, flotando en el aire.

―¿El fantasma de la envidia? ―susurró Wallis, con los ojos abriéndose de par en par.

―Sí, el mismo ―respondió la entidad, esbozando una sonrisa maliciosa.

El pánico se apoderó de Wallis. Sin pensarlo dos veces, se levantó de un salto y salió corriendo de la habitación, con su respiración descontrolada. Sin embargo, mientras descendía las escaleras, no notó el fino alambre que había sido tensado a la altura de los últimos escalones. Al pisarlo, perdió el equilibrio y su cuerpo se tambaleó. Cayó de manera abrupta y comenzó a rodar por los escalones, golpeándose hasta que su cuerpo se desplomó en el suelo de mármol. Estaba mareada y adolorida, pero no tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió que algo la tomaba de las piernas.

El fantasma la arrastraba, tirando de ella por el suelo, su fuerza sobrenatural demasiado poderosa para que pudiera resistir. Wallis intentaba liberarse, pataleando en vano, pero no podía escapar de aquella energía maligna que la arrastraba sin piedad.

Mientras tanto, la trilliza Avelina, había subido a la habitación de Wallis para buscarla. Al abrir la puerta, sintió de inmediato un aire denso, cargado de una energía maligna que le puso la piel de gallina. Observó la habitación desordenada, las marcas en las paredes, y supo al instante lo que había ocurrido.

―¡Se la llevó! ―gritó Avelina, mientras corría hacia la cocina, donde el resto de la familia estaba desayunando tranquilamente―. ¡El fantasma de la envidia logró entrar aquí y se llevó a Wallis!

El clamor de sus palabras hizo que todos en la mesa se sobresaltaran, dejando caer sus cubiertos. Por un breve momento, el pánico se apoderó de ellos, pero pronto sus rostros cambiaron. La preocupación fue reemplazada por una indiferencia casi habitual.

―Oh, no suena tan malo ―comentó Tartarus, encogiéndose de hombros. El resto de la familia asintió, como si fuera una molestia menor. Avelina los miró incrédula.

―¡Pero estamos hablando de Wallis! ―insistió, con tono serio, esperando hacerles entender la gravedad de la situación―. ¿Ya se les olvidó? ¡Ella no tiene habilidades especiales! ¡Ni siquiera puede ver a los fantasmas! ―continuó, su voz volviéndose más eufórica.

―¡Diablos! ―exclamó Calantha, poniéndose de pie de un salto―. Eso sí lo cambia todo.

―Debemos ayudarla ―dijo Magena, ahora con el rostro serio y decidido.

La familia se quedó en silencio un momento, intercambiando miradas, hasta que finalmente todos asintieron con determinación. Sin más palabras, se levantaron de la mesa y se dirigieron a buscar a Wallis, cuya presencia aún podían sentir en algún lugar del castillo. Sabían que no estaba lejos, pero el fantasma de la envidia no sería un enemigo fácil de enfrentar.




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