Todos corrieron al gran salón del castillo, un vasto y decadente espacio donde la familia solía celebrar sus eventos sociales. Las enormes cortinas de terciopelo colgaban pesadamente de las ventanas altas, y el eco de sus pasos resonaba entre las paredes, aumentando la sensación de urgencia. Al entrar, vieron a Wallis tirada boca abajo en el suelo, inmóvil. El corazón de cada uno de ellos dio un vuelco. Por un momento, el tiempo pareció detenerse.
―¿Estás bien? ―preguntó Tartarus, arrodillándose junto a ella, pero Wallis no respondía―. ¡Responde! ―gritó, ahora inquieto.
De repente, Wallis se incorporó de golpe, con una actitud desafiante.
―¡Estoy perfectamente bien! Y no gracias a ustedes, idiotas ―dijo, con tono molesto, aunque su expresión seguía extrañamente calmada. Se tomó un minuto para observar a todos con una mirada analítica, como si estuviera procesando algo. Luego, una sonrisa de decepción cruzó su rostro―. ¡Fueron ustedes! ¡Todo este tiempo! ¡Ustedes crearon a ese fantasma y le permitieron quedarse aquí en este maldito pueblo!
―Wallis, nosotros... ―intentó decir Avelina, dando un paso adelante.
―¡¿De verdad creyeron que se saldrían con la suya?! ―exclamó Wallis, su tono lleno de exasperación.
La familia se quedó en silencio, intercambiando miradas incómodas.
―Sí ―respondieron todos al unísono, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.
―¿Por qué lo hicieron? ―preguntó Wallis, su confusión palpable.
―Wallis, escucha ―dijo el tío Kazimir, acercándose lentamente a ella―. Lo que dices es cierto, pero esto ocurrió hace algunos años, cuando tú no estabas. No pensamos que las cosas llegarían tan lejos, sobre todo porque tú eres...
―¿Porque soy qué? ―interrumpió Wallis, entrecerrando los ojos con algo de desdén―. ¿Diferente? ¿Porque no encajo en el perfil que un fantasma normalmente busca? ―agregó, con sarcasmo.
Kazimir vaciló, y Drusila decidió intervenir.
―Debes saber que esto es normal para nosotros ―dijo Drusila, con un tono casi resignado―. Es nuestra naturaleza, no podemos evitar actuar de esta forma. Nos divertimos haciendo estas cosas... ―hizo una pausa, como si reflexionara por primera vez―, o al menos así era antes de que volvieras.
Wallis miró a su alrededor, desconcertada por sus sinceras palabras, mientras el silencio caía entre ellos.
―Desde el momento en que cruzaste la puerta... ―agregó Calantha, con la cabeza gacha.
―Aun si fuera cierto ―dijo Wallis, afligida―, ese fantasma de la envidia sigue rondando por el castillo y no hay manera de que desaparezca.
―Sí, la hay ―intervino su madre, Magena, con una calma inesperada.
Todos parecían saber la respuesta, a excepción de Wallis, quien los miraba con atención. Magena se acercó a un mueble a un lado del salón y sacó una pequeña esfera de nieve de una vitrina polvorienta.
―Al fin la usaremos ―dijo Kazimir, con una indiferencia preocupante.
Magena extendió la esfera hacia Wallis.
―Debes romper esta esfera, Wallis ―dijo, mientras se la ofrecía con una sutil sonrisa. Wallis la miró perpleja.
―¿Qué? ―preguntó, sin poder entender lo que se le pedía.
―Si lo haces, el fantasma se irá ―explicó Magena, su sonrisa tranquilizadora.
―Debes hacerlo ―dijeron las trillizas al mismo tiempo, sus rostros llenos de emoción contenida.
Wallis retrocedió, asustada por la idea que se le presentaba.
―¡Esperen! ―exclamó, visiblemente preocupada―. ¿Acaso esta esfera no es la que mantiene el orden de este castillo? Si la rompo… entonces ustedes también dejarán de existir ―dijo, con la voz temblorosa―. ¡No lo haré! Tiene que haber otra solución.
―Lamento decepcionarte, pero no la hay ―dijo Kazimir, negando lentamente con la cabeza, con una frialdad que parecía calculada.
Wallis miró a su madre y a sus hermanos, sintiendo que todo a su alrededor comenzaba a desmoronarse.
―No puedo... ―susurró, su mirada llena de incertidumbre.
―Wallis, escucha ―dijo Magena, su tono ahora más suave, casi maternal―. No dejaremos de existir. Siempre estaremos contigo... no hay nada que temer. Así son las cosas ―rozó la mejilla de Wallis con delicadeza, como si quisiera calmarla.
―Puedes hacerlo ―agregó Tartarus, acercándose con una sonrisa amable―. Porque eres una de los nuestros. Siempre lo has sido y siempre lo serás. Eres una Dagger, para bien o para mal.
Las palabras de Tartarus resonaron en la mente de Wallis mientras tomaba la esfera entre sus manos, sintiendo su peso frío y extraño. Miró a todos por última vez, memorizando sus rostros. Justo en ese momento, el fantasma de la envidia apareció de nuevo, moviéndose rápidamente hacia ella.
Sin pensarlo dos veces, Wallis se agachó y golpeó el suelo con la esfera. El objeto se quebró lentamente, sus fragmentos brillando con una luz fantasmal. En el instante en que la esfera se rompió, una fuerza invisible la levantó del suelo y la lanzó por los aires. Todo a su alrededor comenzó a desvanecerse, y su vista se nubló hasta que lo único que contempló fue oscuridad.
Editado: 28.07.2026