Los Dagger

Capítulo 10

Allí no acabó todo. En cuestión de segundos, Wallis sintió que una mano la sacudía suavemente, como si la estuvieran arrancando de una pesadilla profunda. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar su visión, y al abrir los ojos se encontró rodeada de una luz brillante y clara. El día había comenzado, y los primeros rayos de sol inundaban la habitación, llenándola de una calidez que contrastaba con la oscuridad y el frío que sentía momentos antes. Se sentó lentamente, sintiendo su cuerpo pesado, como si hubiera recorrido una distancia imposible, pero a su alrededor, todo parecía normal, demasiado normal.

El salón estaba vacío y ordenado, los muebles cubiertos con manteles blancos, dándole al lugar un aire de abandono que para nada coincidía con lo que recordaba, como si hubiera sido despojado de su vida. Claramente, el castillo había estado desocupado durante años, y las sombras que antes habitaban allí ahora eran meros fantasmas de su imaginación. Pero el vacío y la calma eran desconcertantes. ¿Era posible que todo lo vivido en los últimos días fuera solo un producto de su mente? Un sueño, tal vez.

―Señorita, ¿se encuentra bien? ―preguntó una voz detrás de ella.

Wallis giró la cabeza lentamente y vio a un hombre de mediana edad y aspecto amable. Su rostro no mostraba signos de alarma, como si la escena frente a él fuera perfectamente mundana. El contraste entre su actitud relajada y la intensidad de lo que Wallis había vivido momentos antes era muy extraño. Su mente intentaba unir las piezas: ¿cómo había llegado aquí? ¿Había imaginado todo?

―¿Perdón? ―respondió Wallis, aún desorientada.

―¿Hace cuánto está aquí? ―preguntó el hombre, con una expresión de leve intriga. Ella luchaba por recordar los eventos de la noche anterior, las visiones del fantasma de la envidia y la ruptura de la esfera de nieve―. Se supone que nuestra cita estaba programada para las nueve de la mañana, pero parece que usted llegó mucho antes ―continuó, sorprendido.

―¿Cita? ―murmuró, con su mente luchando por poner las piezas en su lugar. Entonces, poco a poco, lo recordó todo―. Oh, sí, la cita. Quise venir más temprano y… me quedé dormida ―dijo, esforzándose por sonreír, aunque la confusión seguía marcando su rostro.

―Bueno, permítame ayudarla ―dijo el hombre, tendiéndole la mano.

―Gracias ―respondió Wallis, tomando su mano y levantándose.

Mientras se sacudía la ropa, sus ojos recorrieron el salón nuevamente, esta vez con mayor precisión. Aunque fuera difícil de concebir, sus ojos no la engañaban. Se encontraba en el mismo sitio, y el hombre que la ayudaba, ahora era evidente, era un valuador.

Entonces buscó en el bolsillo derecho de su pantalón, y sus dedos tocaron un pequeño papel doblado. Al sacarlo, lo desplegó lentamente, y ahí estaba: el mismo billete que Michael, el mayordomo, le había entregado la noche antes de su partida. Las letras escritas a mano seguían allí, intactas. Wallis dejó escapar una pequeña sonrisa, un gesto que contenía tanto alivio como nostalgia.

―Sígame, por favor ―dijo el valuador, llevándola hacia la salida.

―Claro ―respondió Wallis, aunque su mente seguía distraída.

Guardó el billete con cuidado. Mientras caminaban, no pudo evitar mirar atrás una vez más, su mente dividida entre la realidad y los ecos de su reciente pasado. ¿Realmente se trataba de un sueño? O quizás era un recuerdo distorsionado de una experiencia que todavía llevaba consigo. Sea lo que fuera, al menos ahora, ella sería capaz de enfrentar lo que el futuro guardaba en la posterioridad.




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