Los demonios de Camila

Capítulo 1

Para Camila, el primer día de cada curso escolar siempre ha sido difícil y estresante, y este inicio del segundo semestre no sería la excepción. Todos observándola, murmurando, como si ella no se diera cuenta.

Pero lo hacía. Lo notaba todo.

Intentó convencerse de que las miradas iban dirigidas a su cabello. Esta vez lo llevaba parcialmente suelto, a diferencia del semestre pasado, cuando lo usó siempre en una coleta. Un cambio mínimo, pero suficiente para imaginar que eso era lo que llamaba la atención.

Sabía que no era verdad. Pero pensar en eso era mejor que asumir la realidad: que la observaban por cómo caminaba, por el movimiento involuntario de sus manos, o por cómo su cuello se sacudía no tan sutilmente sin que ella pudiera evitarlo.

6:55 AM. Faltaban pocos minutos para que sonara el timbre. Las ráfagas de aire frío golpeaban su rostro, y Camila cerraba los ojos con fuerza cada vez que el viento chocaba con ella. Mantenía los brazos cruzados, intentando disimular la tensión de su cuerpo, que a veces parecía moverse por cuenta propia.

En su pequeño grupo de amigos, Camila era la única que odiaba el invierno.

—Ay, por favor, que ya suene el timbre. Me estoy congelando —se quejó, frotando sus manos con movimientos torpes y algo lentos.

—No hace tanto frío, apenas y llegamos a cinco grados. Además, al rato sube la temperatura. No te preocupes —le dijo Melissa, tratando de consolarla.

—Ya sé que al rato mejora, pero ahora mismo siento los pies congelados —respondió Camila, con una sonrisa resignada.

—A lo mejor se te olvida el frío cuando veas quién viene por allá —dijo Rubí, con tono pícaro.

Y Rubí tenía razón.

Bajando las escaleras venía Raúl —el chico que le gustaba a Camila— acompañado de su amigo Alexis.

En cuanto lo vio, Camila sintió una descarga eléctrica en el pecho. Se tensó sin querer, y su cuerpo reaccionó como siempre en momentos así: con un leve espasmo que la obligó a corregir su postura de inmediato. Apartó la mirada, tratando de parecer casual, aunque el temblor en su cuello la delataba. Su respiración se volvió corta. La garganta le ardía. Las manos, frías como hielo, comenzaban a sudar.

Rubí, por supuesto, no dejaba de bromear.

Mientras tanto, Raúl y su amigo se unieron al resto del grupo. Todos reían y hablaban, pero Raúl se veía distinto. Distraído. Como si buscara a alguien. Y entonces, la vio.

—¡No deja de mirarte, Camila! —susurró Rubí, emocionada—. Te lo dije, el cabello suelto funcionó.

—Sí... eso parece —murmuró Camila con sonrisa incómoda, esforzándose por sonar tranquila mientras le seguía la corriente.

En realidad, no podía ni hablar con claridad. El esfuerzo por mantener el control de su cuerpo, disimular la tensión muscular y aparentar normalidad la tenía al límite. Cualquiera podría pensar que estaba nerviosa por gusto, pero no era solo eso. Su cuello temblaba, y los movimientos involuntarios que normalmente lograba suavizar, ahora eran más evidentes.

No era que siempre estuvieran atentos a eso... pero ella sí. Siempre lo estaba.

El zumbido de su propio cuerpo, el temblor constante, el esfuerzo por no parecer fuera de lugar, todo se amplificaba. En ese momento, su nerviosismo le jugaba en contra, y con cada segundo que pasaba, la incomodidad crecía.

Por suerte, el timbre sonó. Y Camila soltó un suspiro silencioso de alivio al ver al maestro acercarse para abrir la puerta del salón.




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