Los demonios de Camila

Capítulo 2

Raúl y Camila habían sido compañeros de grupo durante los tres años de secundaria. Nunca fueron amigos, pero se conocían lo suficiente como para saber quiénes eran sus mejores amigos, qué tan buenos eran en clase o en qué materias sobresalían. Raúl siempre había sido un chico de buenos modales. En varias ocasiones les había tocado hacer equipo, y una de las razones por las que a Camila le gustaba era, precisamente, porque él -junto con Andrés y Esmeralda- era de los pocos que nunca intentaban convencer al maestro para cambiar de pareja cuando les tocaba con ella.

Cuando el maestro abrió la puerta del salón, Camila dio un pequeño salto -un movimiento algo torpe, pero veloz- y se apresuró a tomar uno de los asientos cerca del escritorio, como había hecho siempre. No es que le gustara estar tan cerca del maestro, pero ya sabía que, de todos modos, ese sería el lugar que le asignarían.

Los maestros siempre decían que era por su tamaño, porque era la más bajita del grupo. Pero Camila sabía que no era del todo cierto. La verdadera razón -esa que los profesores evitan decir en voz alta- era otra: siempre que la veían, pensaban que necesitaba asistencia especial. Asumían que, además de su discapacidad física, también tenía alguna dificultad intelectual. Y eso, aunque nadie lo dijera, se sentía. Se notaba.

Y lo peor es que quienes deberían sentirse avergonzados por pensar así... no lo hacían.

Melissa, por su parte, no tenía problema en sentarse junto a ella. Siempre había estado ahí. Rubí, en cambio, preferiría sentarse en el último rincón del salón si por ella fuera, lo más lejos posible del escritorio del maestro. Pero su cariño por Melissa y Camila hacía que siempre accediera a sentarse detrás de alguna de las dos. Esta vez, iba a tomar el pupitre justo detrás de Camila... hasta que un fuerte golpe la hizo dar un brinco y soltar un grito.

-¡¿Qué fue eso?! -dijo, con el corazón acelerado.

Las tres voltearon hacia el sonido. Era Raúl, que acababa de dejar caer su mochila con fuerza sobre el pupitre.

-Ocupado -dijo, refiriéndose al asiento.

-Claro que no, ya me iba a sentar cuando aventaste tu mochila y me asustaste -reclamó Rubí.

-Siéntate del otro lado, Rubí, no seas mala -sugirió Raúl con una sonrisa.

-No. Me gusta este asiento -dijo Rubí con una sonrisa desafiante, mientras dejaba caer su mochila con el mismo ímpetu, golpeando la de Raúl.

El maestro, que ya estaba acomodando sus cosas en el escritorio, comenzó a apurar a todos para que tomaran asiento.

-Vamos, Rubí, toma el otro asiento -insistía Raúl, en voz baja.

-Shhh, guarda silencio -respondió ella, sentándose con toda la calma del mundo.

Raúl, viendo que iba perdiendo la batalla por el pupitre como si se tratara de un terreno sagrado, hizo un último intento. Se inclinó un poco hacia Rubí y le susurró:

-Oye... échame la mano con Camila, no seas amargada.

Rubí se giró hacia él, sorprendida.

-Tonto. ¡Hubieras empezado por ahí! -soltó en voz alta, sin medir el volumen-. Ya pues, me muevo.




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