Los demonios de Camila

Capítulo 3

A Camila nunca le había importado demasiado su situación con Raúl… en realidad, ni siquiera tenían una. Solo eran compañeros de clase. Su relación se limitaba a trabajar en equipo cuando el maestro lo pedía, y nada más.

Nunca estuvo en los planes de Camila que eso cambiara. Pero después de lo que ocurrió durante los días de los exámenes finales del primer semestre, algo —aunque fuera mínimo— sí cambió. Y era inevitable.

Esos “acontecimientos” se resumían en dos cosas: Raúl terminó con Ingrid, su novia, y pocos días después, Camila le confesó que él le gustaba.

En aquel momento, Raúl estaba dolido por la ruptura. No pensaba en enamorarse de nuevo, y mucho menos en comenzar otra relación tan pronto. Pero ahora, semanas después, se le notaba más animado… y decidido. Y sí, tenía intenciones reales de estar con Camila.

Sus amigos ya se habían dado cuenta. Pero no estaban muy convencidos. Después de todo, sabían que la escuela entera se burlaría si él, después de haber estado con una de las chicas más populares, empezaba a salir con “una chica… como Camila”.

Era la segunda clase del día. El maestro Raymundo ya había hecho la presentación habitual entre él y los alumnos. En ese momento estaba explicándole un tema sencillo a Valeria, algo que todos ya deberían saber… a menos que se hubieran pasado el semestre tomándose selfies desde todos los ángulos posibles.

La clase era tan aburrida que incluso Melissa parecía distraída. La mayoría de los alumnos —Rubí incluida— estaban mensajeando por el celular. Otros, como Camila y Melissa, solo garabateaban en sus libretas para pasar el tiempo.

Raúl, por su parte, no estaba prestando atención al maestro ni al celular. Estaba enfocado en el largo cabello de Camila. Jugaba con él entre los dedos, hasta que empezó a hacerle una trenza.

—Me encanta tu cabello —susurró—. Huele muy bien… y es tan sedoso, tan brilloso…

Camila se quedó inmóvil. El corazón le latía con fuerza. No era lo mismo que tu hermana o tu amiga te hagan una trenza… a que lo haga el chico que te gusta. Los músculos de su cuello se tensaron levemente, como siempre que se ponía nerviosa, y su respiración se volvió irregular. El garabato que hacía por aburrimiento se convirtió en un intento de calmarse.

—Gr-gracias… tu cabello también es lindo —respondió con voz temblorosa. Tuvo que hacer un esfuerzo para hablar; la boca seca, la garganta irritada… y la ansiedad apretándole el pecho.

Raúl pensó por un momento que Camila solo lo decía por cortesía, pero luego recordó que ella no era de decir cosas bonitas si no las sentía. A pesar de lo que muchos creían de ella —él incluido—, sabía que Camila no fingía.

En secundaria, la había percibido como una chica engreída, pretenciosa, que junto a su mejor amiga solía burlarse de los demás por diversión. Pero ahora… ahora las cosas ya no parecían tan simples. Ya no era todo blanco o negro.

—¿Quieres ver cómo quedó la trenza? —preguntó, orgulloso de su creación, mientras sacaba el celular para tomarle una foto.

—Cl… claro que sí —respondió Camila, intentando sonar natural. Inhaló y exhaló con los ojos cerrados, como solía hacer para no perder el control cuando se sentía sobrecargada.

—¡Mira! —le mostró la pantalla con una sonrisa.

Camila abrió los ojos, pero antes de voltear, se aseguró de que el maestro Raymundo siguiera ocupado con Valeria. Luego miró la foto. Y le gustó.

—Gracias… está muy linda —dijo en voz baja, con timidez.

Durante un segundo, se olvidó de todo. Del salón, de los prejuicios, de los nervios. Raúl la miraba con ternura. Sonreía de esa forma cálida que desarma a cualquiera. Y ella, casi sin pensarlo, le devolvió la sonrisa. Pequeña, pero sincera.
El momento se rompió de golpe.

—Camila —interrumpió el maestro, girándose hacia ella.

No lo oyó.

Distraerse no era algo raro en Camila. A menudo se perdía en sus pensamientos cuando leía, resolvía problemas de matemáticas o escuchaba algo que ya sabía. Pero nunca antes se había distraído por… alguien más.

—¡Camila! —repitió el maestro, esta vez más fuerte.

—¡Mande, mande! —respondió ella, sobresaltada, como quien es arrancado de otro mundo. Tardó un par de segundos en ubicar dónde estaba, como siempre que salía de una concentración profunda. Ya fuera por un llamado, un toque en el hombro… o una voz elevada.

—Cambia de lugar con Sofía —ordenó, con tono molesto, mientras se acercaba al escritorio.




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