Los demonios de Camila

Capítulo 4

Para Camila, su reputación ante la familia era tan importante como el oxígeno mismo que respiraba. No es que le interesara quedar bien con su tío —ese que siempre ponía en duda su inteligencia mientras inventaba habilidades que sus propios hijos no tenían—. Lo que realmente le importaba era mantener a su mamá feliz.

Y a su mamá la hacía muy feliz que la gente la “felicitara” por tener hijos obedientes, respetuosos y destacados, tanto académica como deportivamente. Camila no podía fallarle. No ahí.

Fuera del núcleo familiar, en cambio, su reputación no le importaba tanto. Después de todo, en la escuela ya estaba marcada: era “la arrogante”, “la pretenciosa”. Y eso no era nuevo. Esa imagen venía arrastrándola desde secundaria. Solo que ahora, en preparatoria, se comentaba más. Porque ahora había más ojos viéndola. Y para muchos era escandaloso que “una chica como Camila” actuara de esa forma incluso con Marilú.

Marilú era prima de Rubí e Ingrid. Había sido su rival académica desde la primaria. Siempre competían por el promedio más alto. La diferencia era que, mientras Camila se volvió una chica afilada, sin reparo para herir o responder si se sentía atacada, Marilú parecía haberse transformado en alguien completamente opuesto: sensible, empática, servicial. El tipo de persona que ahora quería ser amiga de todos.

—Recuerden que los equipos que formé hoy serán para todo el semestre —repitió el maestro Raymundo frente al grupo—. Y no haré ningún cambio. Sin excepción.
—Ya pueden retirarse todos —añadió—, excepto Marilú y Camila.

Raymundo ya sabía que Camila sería una de las que no estaría conforme con su equipo. Pero la razón por la que las había retenido no tenía nada que ver con eso.

—Muy bien, chicas... —comenzó a decir, aunque ya anticipaba la interrupción.

—Disculpe que lo interrumpa, maestro —saltó Camila, como él había previsto—. Quisiera ver si es posible que me cambie de equipo, por favor. Yo creo que...

Camila era buena persuadiendo. Ya fuera usando argumentos razonables… o recurriendo a algo tan cuestionable como la manipulación emocional.

—Creí que fui claro cuando dije que no haría ninguna excepción —respondió Raymundo, firme.

—Pero...

Se arriesgó a que el maestro se molestara más, o incluso a que la sancionara. Pero ella no solía darse por vencida tan fácilmente.

—¡Dije que no, y es no! —sentenció Raymundo con voz seca.

Había elegido a Marilú para trabajar con Camila porque creyó que podía ser una lección para ambas. El trabajo en equipo es más importante que las diferencias personales. Y, con un poco de suerte, pensó que tal vez de ahí podría surgir una amistad. O al menos, una tregua.

Marilú, por su parte, debatía consigo misma: ¿debía solidarizarse con la petición de Camila y dejarla ir, o aprovechar la oportunidad para acercarse, para redimirse por errores pasados?

El semestre anterior ni siquiera había podido tener una conversación con ella. Cada vez que sus grupos coincidían en el receso, y Marilú intentaba acercarse con la excusa de invitarla a las reuniones de su congregación, Camila simplemente fingía no verla ni oírla. Esa insistencia por acercarse, por ser su amiga, ya le había traído reproches y enojos por parte de Sofía.

Pero Marilú no se rendía tan fácil.

—Yo creo que no es necesario que Camila y yo estemos en el mismo equipo —dijo, con voz calmada pero clara—. No será un reto para ninguna de las dos. Tal vez sería mejor que estuviéramos separadas, así podríamos ayudar a explicar las ecuaciones a nuestros compañeros. Carlos, Camila y yo podemos resolverlas individualmente sin problema.

Intentaba sonar razonable, pero también esperaba que eso suavizara la tensión con Camila.

Raymundo no se dejó impresionar.

No iba a ceder ante el capricho de una alumna. Y menos porque, si lo hacía, se arriesgaba a que los demás alumnos —y hasta algunos maestros— lo tacharan de débil, como si no pudiera imponer autoridad.

—Basta, ambas. No es no —dijo con firmeza—. Si les pedí un momento, no fue para esto.

Guardó silencio un par de segundos y continuó:

—El semestre pasado, ustedes dos obtuvieron los mejores puntajes en cada uno de sus grupos en las evaluaciones de matemáticas. Ambas son candidatas para participar en los filtros que elegirán a quien representará a la escuela en el concurso anual.

Hizo una pausa, mientras buscaba el impacto de sus palabras en sus rostros.

—La cita para el primer filtro es hoy, a las 2:40, en el auditorio. Espero que ambas decidan participar.

—¿Es todo? ¿Ya puedo irme? —dijo Camila, sin ocultar la exasperación.

—Sí. Ya pueden retirarse —asintió el maestro, sacando su celular del bolsillo trasero para verificar a qué grupo debía ir ahora.

Camila salió del salón furiosa.

No había podido deshacerse de Marilú.

Desde secundaria, nunca había fallado al convencer a un maestro de cambiarla de equipo. Con algunos bastaba pedirlo amablemente, usando su mejor cara de “gatito triste”. Con otros, funcionaba si decía que tenía problemas personales con su compañero o compañera. Y cuando eso no bastaba, el chisme completo servía como moneda de cambio.

Pero esta vez no funcionó.

—¿Qué te parece si nos ponemos de acuer... —intentó Marilú, ingenuamente.

Camila ni la escuchó. Se dio la vuelta y se marchó sin mirarla, los pasos firmes, el rostro tenso.

—¡Te mandaré mensaje para ponernos de acuerdo! —gritó Marilú, esperanzada.

Camila no respondió.

Ni una palabra. Ni una mirada.




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