Los demonios de Camila

Capítulo 5

Después de una semana de clases, hablar con Raúl ya no era tan difícil para Camila. Seguía poniéndose nerviosa cuando él le decía cosas como:
—El día amaneció casi tan bello como tú.
—Yo creo que es Camila la que hace lucir bonito ese moño.

Pero ya le era más fácil responder sin tartamudear ni ruborizarse tanto. Aun así, en el fondo, Camila no se hacía muchas ilusiones. Dudaba si los cumplidos eran sinceros o si Raúl tenía verdaderas intenciones. Por eso, intentaba no creerle del todo.

Durante las clases, Raúl solía escribirle notas. A veces solo para decirle que se veía linda, a veces para hablar de cualquier cosa, y otras para invitarla a salir. Durante matemáticas era más complicado, porque el maestro Raymundo había decidido que Camila se sentaría junto a Marilú durante todo el semestre.

—Camila, quiero que dejes de distraerte. ¡Tráeme ese papel! —exclamó molesto Raymundo.

Normalmente, él no se tomaba tan en serio esas situaciones. Pero no quería que se hiciera costumbre tener que llamarle la atención todos los días por lo mismo.

—No, no… ya, maestro. Por favor, no volverá a pasar —dijo Camila, intentando suavizar la situación.

—¿En serio vas a hacer que me levante por esa nota, Camila? —dijo mientras dejaba de revisar el cuaderno de Luis y alzaba la mirada.

Las conversaciones en el aula se apagaron al instante. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Todas las miradas se posaron en los tres: el maestro, Camila y la nota. Era como un instinto: cuando alguien lanza un reto —ya sea entre alumnos o con un maestro—, el aire se congela esperando el desenlace. Y eso era exactamente lo que estaba pasando.

—Pero… es que… —balbuceaba Camila, tratando de encontrar una salida.

Sabía que debía entregar la hoja. Pero no quería. No porque hubiera algo vergonzoso escrito, sino porque lo que había ahí significaba mucho más que una simple conversación. Raúl le decía que amaba el aroma de su cabello y le preguntaba qué champú usaba. Para cualquier otra persona sería una tontería, pero para ella era poesía. Eran líneas escritas solo para ella. ¿Por qué dejaría que alguien más profanara esos versos?

¿El maestro se la devolvería después? ¿O la usaría como ejemplo frente a todos?

—¿Y bien? —insistió Raymundo. Ya había notado que la hoja tenía un peso emocional para Camila. Quiso retractarse, pero era demasiado tarde. Todos lo estaban mirando. No podía ceder. No ahora. Recordó a aquel maestro de su secundaria al que nadie respetaba. Un maestro que había perdido el control del grupo cuando no supo imponerse. No quería convertirse en él.

Camila tragó saliva y se levantó. Lenta, como si le pesara el cuerpo. Cada paso era corto, torpe, lleno de angustia. Al llegar a la mitad del camino, volteó a ver a Raúl. Sabía que él no tenía motivos para estar molesto con ella, pero aún así temía que lo estuviera.

Raúl, en cambio, se sentía culpable. Después de todo, él era quien siempre iniciaba las conversaciones por nota.

—Maestro, no se moleste con Camila. Yo soy el que le escribe esas notas —intentó justificarse Raúl.

—Guarda silencio, Raúl. No recuerdo haber pedido tu opinión —respondió Raymundo, serio, mientras extendía la mano hacia Camila.

Ella, todavía con la esperanza de que el maestro se detuviera a último momento, sostenía la hoja con fuerza. Tardó varios segundos en soltarla. Finalmente, lo hizo… porque sabía que todos la miraban. El maestro leyó la nota en silencio, la dobló… y Camila comprendió que estaba por romperla.

—Espera, Ray… por favor, no la rompas —pidió Camila con urgencia.

Demasiado tarde.

Aunque el maestro quiso detenerse, sus dedos ya habían hecho lo suyo. El sonido seco del papel rasgado la hizo estremecer. Le dolió. Pero lo que más le hirió fue ver cómo esos pedacitos caían como basura sobre el escritorio. Para cualquiera no tendría importancia. Para Camila, en cambio, era casi un ritual perder algo así. Ella coleccionaba notas, dibujos, pequeños objetos con los que pudiera atar recuerdos. Esa hoja no era solo una hoja. Era un recuerdo que ya no tendría.

Camila no era de las que se mostraban tristes. No le gustaba. Así que, como siempre, se obligó a sentir rabia. Y esta vez, no fue la excepción.

—¿Puedo sentarme ya? —preguntó con tono frío, sin mirar directamente al maestro. Fingía hacerlo, pero en realidad tenía la vista fija en el apagador que estaba a su lado. Si lo miraba a los ojos, empezaría a discutir.

—En un momento. Es el turno de tu equipo. Voy a revisarles la tarea. Ve por tu libreta.

Camila no había hecho la tarea en equipo. La hizo sola, como casi siempre. No porque no pudiera trabajar con otros, sino porque simplemente no quería. Y nadie podía obligarla, excepto su madre. Y su madre no estaba ahí.

—Marilú, dime la verdad. ¿Camila se reunió con ustedes para hacer la tarea? —preguntó Raymundo. Ya sabía la respuesta. La tarea de Marilú y Carlos tenía dos errores. La de Camila estaba correcta, aunque con procedimientos distintos a los esperados. Pero eso era lo que la hacía brillar: si no podía hacerlo de la forma indicada, lo resolvía a su manera. Y si no, inventaba otra. Pero siempre llegaba al resultado.

—Eh… sí, claro… claro que sí —dijo Marilú con voz nerviosa, bajando la mirada, sabiendo que mentía.

Camila la observaba con desdén. Esa forma en la que Marilú mentía —con culpa, con suavidad, con falsa buena intención— le parecía repulsiva. En el pasado, para Marilú, mentirle a los adultos era casi una forma de sobrevivir. De manipular.

Camila dejó que hablara. Quería ver hasta dónde llegaría con su “actuación”. Pero no pudo resistirlo más.

—¡Ay, por favor, Marilú! Esfuérzate un poco más. Si vieras lo ridícula que te ves haciendo ese acto insufrible… —soltó de pronto, llena de frustración—. Yo no necesito de nadie. Y mucho menos de ti para mantener mis calificaciones perfectas. Si mi esfuerzo y mi inteligencia no bastan para lograrlo, entonces no las quiero.




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