Los demonios de Camila

Capítulo 6

Al escuchar las palabras de Camila, Marilú la miró a los ojos. Fue la primera vez que Camila reconocía su presencia en el presente, sin fingir que no estaba. Al principio, eso pareció un pequeño logro, un paso hacia adelante en su intento por acercarse… pero cuando Camila terminó de hablar, supo que en realidad había sido como retroceder tres pasos.

La vergüenza la invadió. Tragó saliva. Luego dirigió la mirada hacia el maestro Raymundo, pero no pudo sostenerle la vista. Bajó la cabeza con tristeza, sabiendo que había intentado engañarlo, y que lo había hecho mal.

...

Cuando a Raymundo se le ocurrió la idea de poner a Camila y Marilú en el mismo equipo, pensó que sería una forma de ayudar a limar las asperezas entre ellas. Pensó que le estaba dando una oportunidad a Marilú, quien claramente se había esforzado por acercarse, y que además le estaba dando una lección importante a Camila:
“Las personas cambian y merecen una segunda oportunidad.”

Pero tras presenciar cómo terminó todo, Raymundo se dio cuenta de que había cometido un error. Quizás su intención fue buena, pero la ejecución no lo fue. Obligarlas a convivir no traería reconciliación, solo incomodidad y tensión. Entendió que lo mejor sería dejar que las cosas fluyeran de forma natural. Camila tenía que reflexionar y madurar a su propio ritmo.

—Tomen asiento, por favor —pidió con calma.
Y luego recordó:
—Oh, Camila… quiero hablar contigo al final de la clase.

...

Para Camila, el “ridículo” intento de Marilú de engañar al maestro no fue ridículo en sí. En realidad, lo percibía como toda una estrategia. Una jugada meticulosa para ganarse la empatía de quienes no la conocieron en la primaria. A los ojos de Camila, el supuesto cambio de Marilú no era más que una actuación. Un disfraz. Un plan perfecto: quedar bien con todos, fingir nobleza, simular que mentía por ella… como si eso bastara para redimirse.

Lo que Marilú no sabía —y nunca sabría— era que Camila no iba a creerle ni por un segundo. Que Camila estaba dispuesta a asumir cualquier consecuencia con tal de dejarle claro a todos, y especialmente a Marilú, que no se dejaría manipular. Que no necesitaba a nadie para brillar. Que nadie la iba a obligar a hacer algo que no quisiera.

Y más aún, Camila quería hacer sentir culpable al maestro. Quería que se diera cuenta de que se había equivocado al intentar forzar una situación emocional que no entendía por completo. No sabía si lograría su objetivo, pero si algo tenía claro era que ella siempre intentaría salirse con la suya. Y creía en su capacidad para lograrlo.

Cuando percibió ese ligero titubeo en la voz de Raymundo y lo escuchó decir “tomen asiento” sin aplicar ninguna consecuencia, supo que había ganado. Se volteó para regresar a su pupitre y, sin poder evitarlo, dibujó una sonrisa de satisfacción. Una sonrisa sutil pero visible ante todo el grupo, que decía: “Yo nunca pierdo.”

Aquella sonrisa no sería bien vista por la mayoría. Mucho menos por Sofía, la mejor amiga de Marilú. Pero eso no le importaba a Camila. En absoluto.




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