Durante los primeros días de la primavera pasada, en uno de los partidos del torneo escolar, el equipo de Raúl visitó a la secundaria “Los Lázaros”, donde estudiaban Ingrid y varios excompañeros de primaria de Camila. En medio de abucheos y gritos de bienvenida disfrazados de provocación, Raúl y sus amigos entraron al campo con aire de confianza.
Fue entonces, entre la multitud, que Raúl quedó deslumbrado por Ingrid.
Ya había salido con otras chicas antes, pero con ninguna había sentido la chispa necesaria para pensar en una relación seria. En cambio, con Ingrid fue distinto. Quedó flechado de inmediato. No era raro. Muchos chicos lo estaban, y ella lo sabía.
Un mes después, tras cinco citas, Raúl le pidió que fuera su novia.
Durante la secundaria, muchas compañeras de Raúl —incluida Camila— se preguntaban cómo podía soportar estar con alguien como Ingrid. No todas la conocían, pero su reputación la precedía. Él, sin embargo, estaba tan enamorado que ignoraba todos los focos rojos: las actitudes tóxicas, el control, las humillaciones. Confiaba ciegamente. Por eso, cuando Ingrid terminó con él sin razón aparente, fue devastador. Pero lo que realmente lo destrozó fue lo que ella dijo al final: que no significaba nada para ella. Que solo había jugado con él.
Aquello lo sabía cualquiera que conociera a Raúl o a Ingrid.
Raúl había esperado todo el día un momento a solas con Camila. Estaba nervioso, ansioso. Iba a pedirle que fuera su novia. No era la primera vez que hacía algo así, pero se sentía como si lo fuera.
Sabía que le gustaba a Camila —ella misma se lo había confesado semanas atrás—, pero aún así no estaba seguro de lo que ella quería. Camila siempre recibía sus cumplidos con una sonrisa, aceptaba las notas que le pasaba en clase, pero nunca había pasado de ahí. Raúl entendía que hacía falta algo más que solo “gustarse” para que una relación funcionara.
—¡Hola! ¿Estás esperando a alguien? —preguntó, empapado en sudor. Si alguien le preguntaba, diría que era por el entrenamiento. Pero en realidad, había recorrido toda la escuela buscándola.
Se sentó junto a ella, en una banqueta.
—Hola… sí. Espero a mi abuela. Hoy vendrá por mí —respondió Camila mientras buscaba su teléfono dentro de la mochila para revisar la hora.
—¿No siempre viene ella por ti? Pensé que lo hacía —comentó Raúl, curioso.
—No, solo cuando Andrés no puede acompañarme a casa —dijo, y al instante se arrepintió. Sabía que Raúl le tenía cierta tirria a Andrés, su mejor amigo. Y no era para menos: Ingrid había usado a Andrés para hacerle daño.
Hubo un breve silencio incómodo. Raúl ya no sentía nada por Ingrid, pero olvidar lo que hizo no era tan sencillo. Y aunque no lo conocía bien, no podía evitar rechazar a Andrés.
—¡Ay, qué tonto! Por poco se me olvida —exclamó de pronto Raúl, revolviendo su mochila con prisa.
Sacó algo cuidadosamente doblado: los retazos de la hoja que el maestro Raymundo había roto y tirado a la basura. Los había pegado con cinta transparente.
Camila lo miró sorprendida.
—¿Tú hiciste eso… por mí? —preguntó, con una emoción que no supo cómo contener.
—Cuando el maestro rompió la nota, por un segundo luciste… triste. Y después furiosa. Fue ahí cuando entendí muchas cosas sobre ti —comenzó Raúl, con una voz más suave de lo normal—. Descubrí que no eres la chica de corazón duro que finges ser. Eres sensible. Esa nota no era solo una hoja para ti, tenía valor. Fingiste estar molesta porque así nadie notaría que te dolió. Entonces, cuando el maestro salió, fui al bote de basura y recuperé los pedazos.
Hubo otro silencio. Largo, pero esta vez no incómodo. Por primera vez, alguien fuera de su círculo cercano parecía ver a Camila con otros ojos. No por lo que aparentaba, sino por lo que verdaderamente era.
—¿Sabes algo, Camila? Cuando vi a Ingrid besándose con Andrés… sentí que el mundo se me venía abajo. Me prometí no volver a enamorarme. Y entonces llegaste tú, ese día en que me dijiste que te gustaba. Aunque me dijiste que era por una apuesta, comenzaste a mover algo dentro de mí. Y aquí estoy… tratando de decirte que me importas, en caso de que no haya sido lo suficientemente evidente —confesó Raúl.
No era exactamente lo que tenía planeado decir. Pero, para ser justos, tampoco tenía planeado enamorarse de Camila.
Cualquiera pensaría que para Camila esta situación sería abrumadora. Sorprendentemente, no lo era. Estaba en calma. Tal vez porque no había casi nadie en la escuela, o tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que alguien veía lo que había debajo de todas sus capas.
Una corriente de aire helado los sorprendió. El cabello largo, liso y negro de Camila se alzó y rozó el rostro de Raúl, despertando en él su sentido del olfato. El aroma a limón y menta del shampoo de Camila era, curiosamente, relajante.
Raúl se armó de valor.
—¿Quieres ser mi novia?
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Editado: 21.03.2026