Los demonios de Camila

Capítulo 8

Camila llevaba ya poco más de dos años enamorada de Raúl. Como toda adolescente, solía fantasear con tener su propio romance con él. Aunque en su cabeza se tejían historias de amor dignas de película, esas ideas no pasaban de eso: simples fantasías. Nunca imaginó que existiera una posibilidad real. Y aunque le había confesado sus sentimientos a raíz de una apuesta con Melissa y Rubí, en el fondo jamás pensó que Raúl pudiera corresponderle.

En realidad, ni siquiera pensaba en tener una relación. Muy en el fondo, sus inseguridades le hacían creer que nadie querría estar con alguien como ella. Alguien con discapacidad.

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—Vaya, vaya… Pensé que eran solo chismes eso de que andabas pretendiendo a Camila —dijo una voz conocida, cargada de veneno—. Veo que sí te afectó que yo te dejara, bebé.

Ingrid acababa de salir del entrenamiento de porristas. Era la última del equipo en salir, lo que le dio tiempo de acercarse sin que nadie notara su presencia. Justo alcanzó a escuchar la pregunta de Raúl.

Toda la calma que había en Camila y Raúl desapareció al instante. La ansiedad y el nerviosismo se hicieron presentes. Ambos se levantaron de la banqueta. Camila se alejó unos pasos, como si el aire de Ingrid fuera tóxico.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí, Ingrid? ¿Ahora escuchas las conversaciones ajenas? —le reclamó Raúl, enfurecido.

—Ay, por favor, bebé… solo pasaba por aquí. Fue casualidad —respondió ella con su típico tono de niña mimada, mientras intentaba rodear con sus brazos el cuello de Raúl.

—No me digas “bebé”. Lo nuestro se acabó hace semanas —le dijo Raúl, apartándola con firmeza, sin llegar a ser violento—. Ahora estoy enamorado de Camila. Así que déjanos en paz.

Raúl corrió tras Camila, que seguía alejándose.

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Camila estaba furiosa. Y también triste. No tenía un ideal claro de cómo debía ser una declaración de amor… pero para ella, lo que acababa de vivir estaba siendo mágico. Hasta que escuchó la voz de Ingrid.

Su mente era ahora un remolino de emociones y pensamientos. Una parte de ella quería creer en Raúl. En su sinceridad. En todo lo que había demostrado. Pero otra parte no podía evitar preguntarse: ¿Y si solo está usando todo esto para molestar a Ingrid?

La idea la entristecía profundamente. Le dolía pensar que Raúl pudiera ser ese tipo de chico. También le dolía no haber podido responderle nada a Ingrid. Había sentido cómo el nudo en su garganta le robaba las palabras. Y eso la hacía enfurecerse aún más.

Una vez más, su orgullo había sido herido. Una vez más, su autoestima tambaleaba.

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—Camila, espera un momento, por favor… —la llamó Raúl con urgencia.

Justo en ese instante, para su mala suerte, apareció la abuela de Camila. Ella se acercó al coche sin dudarlo, abrió la puerta y subió.

—Camila, por favor, tenemos que terminar esta conversación… —insistió Raúl, con el corazón apretado, sintiendo que todo podía venirse abajo.

—¿Podemos hablarlo mañana? Por favor… —dijo Camila como pudo, antes de cerrar la puerta.

—Está bien… Hablamos mañana —respondió Raúl con resignación.

El motor arrancó. Desde la banqueta, Raúl solo pudo mirar cómo el auto se alejaba con Camila en su interior. Detrás de él, Ingrid se retiraba riéndose, claramente satisfecha por el daño que había causado.




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