A la mayoría de las personas les sorprende —incluso se escandalizan— cuando Camila da a entender que siente interés romántico por alguien. Es uno de esos prejuicios disfrazados de ignorancia: la absurda idea de que las personas con discapacidad no pueden amar como los demás, que no sienten deseo, que no son capaces de tener una vida emocional o romántica como las “personas normales”. Por eso, cuando algo como lo del día anterior ocurre, no solo Camila se convierte en tema de conversación. Esta vez, Raúl también lo sería.
Las miradas, los susurros, las risas contenidas… Todo eso que Camila ya conocía, ahora eran más intensos que nunca. Y no necesitaba ser una experta en lenguaje corporal para saber que ya todos sabían. Ingrid, como era de esperarse, se había encargado de regar el rumor: que Camila estaba enamorada de Raúl y que él le había pedido ser su novia, pero solo para molestar a Ingrid o evitar pasar solo el próximo Día de San Valentín.
—Tienes que contarnos todo, Camila. ¿Por qué no nos habías dicho que Raúl te pidió que fueras su novia? ¡Somos tus amigas y nos enteramos por el chisme que está recorriendo toda la escuela! —le reclamó Rubí, cruzada de brazos.
—Déjala en paz, Rubí. Ella no tiene la culpa de que todos sean unos chismosos, tal vez no le dio tiempo de contarnos antes —intervino Miranda, defendiéndola.
Camila bajó la mirada, suspiró, y tomó de la mano a ambas. Las llevó al laboratorio de física, uno de los pocos salones que permanecía abierto desde temprano y que, por suerte, aún estaba vacío.
Cerró la puerta y lo soltó de golpe:
—Raúl y yo no somos novios.
—¿Qué? ¿Le dijiste que no? ¿Por qué le dirías que no, Camila? ¡Si te gusta! No tiene ningún sentido —dijo Rubí, incrédula.
—¿Quieres hablar sobre eso? —preguntó Miranda, con tono comprensivo.
Camila asintió y les empezó a contar lo que había sucedido.
Mientras tanto, en otro punto de la escuela, Raúl sentía algo que no conocía bien: incomodidad.
Estaba acostumbrado a recibir miradas coquetas de parte de algunas chicas, pero esta vez eran distintas. Las miradas llevaban juicio. Reproche. Incluso burla. También notaba a varios chicos mirándolo, algunos riéndose. Al principio pensó que era paranoia, pero la sensación era demasiado real.
—¿Qué se te perdió, imbécil? —le gritó, de pronto, a uno de los chicos que acababa de reírse en su cara. No lo conocía, pero la provocación fue suficiente para que Raúl perdiera el control.
A unos metros, Ingrid estaba con Michelle, su mejor amigo y confidente. Ambos observaban la escena, muertos de la risa.
En cuanto Raúl los vio, lo comprendió todo.
—Ay, ya, pobrecito. Se nota que la está pasando mal. Qué perras somos, amiguis —dijo Michelle entre risas.
Raúl se acercó directo a Ingrid.
—¿Qué hiciste? ¿Por qué haces esto? ¿No te divertiste suficiente ya?
—Relájate, bebé. Yo no dije ninguna mentira. Solo conté que ayer le pediste a esa que fuera tu novia para molestarme a mí y para no pasar San Valentín solo. ¿Eso no es verdad?
—¡Por supuesto que es mentira! —soltó Raúl, furioso—. Le pedí que fuera mi novia porque me gusta. Y te lo advierto, Ingrid: yo no soy tu juguete. No voy a permitir que te entrometas entre nosotros.
Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó, con la mandíbula apretada, el corazón acelerado… y el temor de que ya fuera demasiado tarde.
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discapacidad, inclusión/discapacidad, drama emocional intenso
Editado: 21.03.2026