Los demonios de Camila

Capítulo 10

Había sido un día psicológicamente agotador para Camila. Aunque estaba acostumbrada a las miradas, a los susurros y a las conversaciones a sus espaldas, esta vez todo era distinto. Se notaba el peso del juicio en cada rincón de la escuela.

Algunos murmuraban lo "ridículo" que era que Raúl se fijara en "una discapacitada como ella". Otros -la minoría- hablaban sobre el derecho de Camila y Raúl a ser felices sin importar lo que pensaran los demás. Aun así, la presión era abrumadora.

Durante todo el turno, Camila se las ingenió para evitar a Raúl. Cada vez que sonaba el timbre, apresuraba sus movimientos, metía los útiles como podía en la mochila y se refugiaba en el tocador junto al auditorio. Casi nadie lo usaba, lo que lo convertía en su escondite perfecto.

La última hora de clase fue eterna. Solo quería irse. Ese día, quien la acompañaría sería su abuela, pero un imprevisto retrasó su llegada. Normalmente, Andrés la acompañaba cuando eso pasaba, pero recordaba que él se vería con su padre ese día. Llamar a su mamá era una opción... pero no una deseada. Camila sabía que si lo hacía, su madre insistiría en recogerla todos los días. Y eso era precisamente lo que quería evitar: volver a la sobreprotección que tanto trabajo le había costado dejar atrás.

Así que, con cierta incertidumbre, decidió irse en transporte público. Pasaron 45 minutos sin que se diera cuenta. Había tomado la decisión de ir a casa de su abuela. Ir allí significaba caminar un poco más, pero prefería eso a arriesgarse a que su madre la viera llegar sola y se desatara una tormenta.

Ya la escuela estaba casi vacía. Los del primer turno se habían ido, y los del segundo estaban en clase. El ambiente estaba en silencio. Al salir del tocador, mientras buscaba su credencial escolar que también servía como boleto de pasaje, escuchó que alguien la llamaba.

-¡Camila! -Era el maestro Raymundo, desde la sala de maestros.

Camila suspiró. Esperaba que quisiera hablarle del concurso de matemáticas... y no de Marilú o, peor aún, de Raúl.

-¿Necesita algo, maestro? -preguntó sin dejar de hurgar en la mochila.

-Mira, Camila... entiendo que durante el primer turno me hables de usted, pero por favor, somos primos. Háblame normal, dime Ray. Me siento raro escuchándote hablarme como si fuera un viejo acabado.

-Está bien... ¿qué necesitas, Ray? -preguntó, al fin encontrando su credencial.

-Necesito hablar contigo. Eres mi prima, me importas... -hizo una pausa. Camila ya sabía hacia dónde iba la conversación.

-Escúpelo ya, Ray. ¿Quieres saber qué pasa con Raúl? Pues no lo sé. Me gusta, él dice que yo le gusto, pero no hemos podido hablar bien.

-¿Entonces no son novios?

-No. Todavía no. Si quieres, te mantengo informado... ¿algo más? -respondió, con fastidio.

-Por favor, dime que no estás considerando ser novia de ese cretino.

Camila se cruzó de brazos. El tono protector y autoritario de su primo la fastidiaba.

-¿Y qué tiene de malo si ambos nos gustamos?

-Camila, ese tipo solo quiere jugar contigo. No quiero que salgas lastimada.

-¿Y eso quién lo dice, tú? -respondió con los ojos entrecerrados, empezando a enfadarse-. ¿Qué sabes tú, Ray?

-¿Por qué lo defiendes? ¡No puedo creer que estés tan ciega! Alguien como él no se fijaría en alguien como tú. Por favor, Camila, abre los ojos.

El corazón de Camila se detuvo un segundo.

-¿Alguien como yo? -repitió, con la voz temblando de rabia-. ¿A qué te refieres exactamente? ¿Estás diciendo que soy fea? ¿O que soy tan aburrida que nadie podría interesarse por mí? ¿O acaso crees que no soy lo suficientemente "algo" como para merecer tener una pareja?

-¡No! ¡Eso no es lo que quise decir! -intentó aclarar Raymundo, notando su error-. Lo que quiero decir es que tú eres...

-¿O eres de esos imbéciles que creen que porque tengo una discapacidad no puedo enamorarme? ¿O mejor aún, de los que creen que por eso nadie debería querer estar conmigo?

La furia en su voz retumbó en las paredes del pasillo. Raymundo no recordaba haberla visto tan molesta, tan herida. Se quedó sin palabras.

Camila no esperó una respuesta. Le sostuvo la mirada un par de segundos más, después dio media vuelta y se alejó con paso firme.




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