Los demonios de Camila

Capítulo 11

Uno de los valores que la abuela Amelia —madre de la mamá de Camila— ha inculcado en todos sus hijos y nietos por igual es la unión familiar. Sin importar lo difíciles que estén las cosas, la familia debe estar en las buenas y en las malas para ayudarte a enderezar el camino.

Eso era lo que intentaba hacer Raymundo: ayudar a Camila a corregir lo que él creía que era una mala decisión. Sabía que su prima era terca y que, mientras más le explicaran por qué no debía hacer algo, más se empeñaría en hacerlo. Aun así, Ray no podía quedarse de brazos cruzados. Sentía que debía intentar protegerla. Lamentablemente, ya no podía hacer mucho. Camila ya no era la niña pequeña con la que jugaba fútbol en las reuniones familiares. Ya no podía engañar a sus primos para ser él quien pateara el balón con suavidad solo para no lastimar a su prima, que siempre quería ser la portera. Extrañaba aquellos tiempos.

Ray apresuró el paso para alcanzarla.

—¡Por Dios, Camila! ¿Cómo puedes creer eso de mí? Jamás pensaría algo así —dijo Raymundo con frustración—. Eres mi prima, me preocupo por ti. Claro que mereces ser feliz... solo que él no es para ti. Te hará sufrir. Y no quiero eso.

Le tomó las manos con un gesto sincero.

—¿Entonces quién no me va a lastimar, Ray? ¿Quién se supone que sí es sincero? —respondió Camila, con la voz más serena pero cargada de fondo—. Cada vez que alguien se acerca a mí, tú asumes que quiere aprovecharse. Lo pensaste de Andrés, de Esmeralda, de Rubí… y ahora de Raúl. ¿Por qué? ¿Porque no encajan con tu idea de cómo deberían ser mis amistades? ¿Porque no son las “niñas bien” que aparentan no romper un plato, como las que te gustaría que fueran mis amigas?

El enojo se había disipado un poco. Tal vez porque era difícil mantenerse molesta con Ray por mucho tiempo. Desde siempre habían tenido una conexión distinta, una complicidad que no compartían con nadie más de la familia. O quizá solo estaba evitando levantar la voz frente a los otros maestros que estaban en la sala. Fuera como fuera, su tono ya era más bajo, aunque no menos firme.

Raymundo bajó la mirada, dolido. Nunca había habido una sola ocasión en que no pensara en cómo proteger a Camila. Desde que era una niña, él se aseguraba de que no se lastimara jugando con los demás primos. Siempre prefería que jugara con las niñas, pero cuando notaba que ella se sentía más cómoda entre los varones, él optaba por ser su protector.

Ahora que ella era una adolescente, su instinto no había cambiado. Ya no tenía que cuidarla de un balonazo o un raspón. Ahora trataba de protegerla de las personas que podían romperle el corazón. Sabía que, tarde o temprano, tendría que dar un paso atrás y dejarla volar. Sabía que llegaría el momento en que Camila abriría sus alas, se iría del nido y formaría el suyo propio. Pero, en su interior, deseaba que ese día no llegara todavía. No hoy. No mañana.

—Sé que ahora no lo entiendes, Camila —dijo con tristeza—, pero solo quiero protegerte. Esos chicos… no te convienen. Son una mala influencia para ti. Para cualquiera.

Camila lo entendía. Sabía que Raymundo y su familia querían lo mejor para ella. Pero también sabía que ya no necesitaba que la protegieran como a una niña. Lo que no podía entender era por qué siempre querían protegerla de quienes más la habían apoyado, pero se negaban a creerle cuando ella les advertía sobre quienes la trataban con desprecio. No entendía por qué Ray veía maldad donde no la había, y por qué se negaba a ver la hipocresía de quienes sí la habían dañado.

—Ay, Ray… si supieras de lo que han sido capaces tus blancas palomitas… —dijo, refiriéndose a Marilú y Sofía.

—¿Y cómo quieres que te crea, Camila? ¿Cómo voy a hacerlo si te pregunto qué te hicieron y te niegas a decirme?

Un grito a lo lejos interrumpió la conversación.

—¡Camila! —era la voz de Raúl, llamándola desde la entrada principal.

La concentración se rompió. En un segundo, sin pensarlo demasiado, Camila retiró sus manos de las de Raymundo. Giró y lo vio. Sintió alivio. Sabía que Raúl la estaba esperando. Y que no se iría sin hablar con ella.

—Discúlpame un momento —dijo rápidamente y se dirigió hacia Raúl.

Raymundo la observó alejarse, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo. Ya habían tenido demasiadas discusiones parecidas. Por un instante, creyó que ella regresaría para terminar la charla. Se ilusionó.

Pero Camila solo volvió para despedirse.

—¿Entonces no necesitas nada, Ray? Me están esperando, ya me voy —dijo con prisa.

—¿Cómo que ya te vas? Camila, no hemos terminado de hablar…

Justo entonces, la voz de la dirección lo llamó por altavoz. ¿Suerte? ¿Casualidad? A Camila no parecía importarle.

—Bueno… te necesitan en prefectura… adiós. Tengo que irme —dijo mientras ya se alejaba rápidamente hacia Raúl.

Raymundo se quedó en el mismo lugar, mirando cómo su prima desaparecía al doblar la esquina.




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