Los demonios de Camila

Capítulo 12

La mayoría de los árboles en la calle "lucen tristes", como suele decir Camila a sus hermanos pequeños cuando ven árboles sin hojas. Ha sido un día ventoso, pero con menos frío que otros días.

Al salir de la escuela, Camila y Raúl acordaron caminar hasta la casa de la abuela de Camila. No estaba lejos: en coche harían apenas diez minutos, pero caminando sería cerca de una hora, lo que podía dar la sensación de que quedaba más lejos. El ambiente no era frío, pero sí se sentía cargado. Camila notaba algo raro en Raúl; podía percibirlo incómodo, tal vez molesto. Por un instante pensó que estaba enojado por la tardanza, pero luego descartó la idea: si estuviera molesto por eso, no habría esperado casi una hora.

Raúl, por su parte, sí estaba incómodo. Quería romper el silencio, pero no sabía cómo. Había esperado todo el turno para hablar con Camila sobre sus sentimientos, pero ahora no podía dejar de pensar en lo que había visto: Camila tomando de las manos al maestro Raymundo. Estaba celoso. E inseguro.

—¿Qué sucede? ¿Vamos a estar todo el camino callados? Pregunta lo que quieras. Sé que mueres por decir algo —soltó Camila de pronto.

Raúl la miró un segundo; luego volvió la vista al frente. Había estado ensayando la pregunta en su cabeza durante toda la caminata. No quería parecer controlador, porque no lo era, y tampoco quería que Camila se molestara.

—Hace rato... estabas con el maestro Raymundo... eh... ¿sabes qué? Mejor olvídalo. Hablemos sobre la tarea, por favor.

—No -respondió Camila, firme—. Te dije que preguntaras lo que quieras. Pregunta, por favor.

—No es nada, de verdad. Olvídalo —insistió Raúl.

Él era de ese tipo de chicos que preferían quedarse con la duda toda la vida antes que herir a alguien que les importa.

—¿Esa es tu idea de un noviazgo? ¿Acumular dudas hasta que un día explotes y se acabe todo? Entonces mejor safo. No quiero nada —advirtió Camila. Lo decía en serio. Prefería terminar algo antes de empezarlo a tener que acabar mal por algo que ya veía venir.

—Está bien, ganaste. Cuando empezaste a gustarme, comencé a... stalkearte. Vi todas tus fotos. Todas.

—Continúa —pidió Camila con curiosidad.

—En tus fotos familiares vi que el maestro Raymundo aparece en varias. Supuse que era amigo de algunos de tus primos. Pero luego, hoy, los vi tomados de las manos...

Hizo una pausa. Esperaba que Camila entendiera a dónde quería llegar.

—¿Entonces estás celoso? ¿Eso es todo?— preguntó ella, sorprendida.

—Yo no dije eso —se apresuró a responder, aunque su rostro lo delató. La piel clara de Raúl se había puesto visiblemente roja.

—Claro que sí estás celoso —dijo Camila, divertida. Soltó una risita. Para ella era nuevo. Le provocó una oleada de euforia. Nunca pensó que podría gustarle a alguien, y ahora tenía al chico que le gustaba celoso por verla con otro. Aunque no contaba del todo... porque el "otro" era su primo.

—Ok, sí, estoy celoso. Pero de todas formas, eso no quita que sea grave que un amigo de algún primo tuyo, mayor de edad y además nuestro maestro, esté intentando pasarse de listo contigo.

—¿Quéee? No, estás equivocado. Déjame explicarte. No puedes andar diciendo eso, Raúl. No es lo que estás pensando. Ray... el maestro Raymundo es mi primo. Por eso aparece en mis fotos familiares. Y también por eso me tomó de las manos; estábamos discutiendo y él siempre hace eso cuando intenta calmarme —explicó Camila. Nunca pensó que tendría que aclarar su relación con Ray, y mucho menos porque podría meterlo en problemas.

—¿Tu primo? ¿Dices que es tu primo? —repitió Raúl, incrédulo.

—Sí, es mi primo. ¿Dudas de que te digo la verdad? —preguntó Camila. Comenzaba a sentirse atacada, pero intuía por dónde iba la duda de Raúl y se contuvo.

—Según yo, los primos deberían compartir al menos un apellido...

—De acuerdo, te lo explico solo porque no quiero ninguna confusión que pueda afectar a Ray. En realidad, Ray y yo no compartimos un lazo sanguíneo. Él es sobrino de mis tíos. Sus padres murieron en un accidente cuando tenía siete años, así que mis tíos lo criaron como a un hijo. Por eso todos en la familia lo sentimos como familia. Incluyéndome.

—Soy un idiota... Por favor, perdóname, Camila -dijo Raúl, cabizbajo.

—No te preocupes. Solo que la próxima vez... pregúntame y ya -respondió Camila, justo cuando, a lo lejos, vio un perro callejero. Su atención se desvió de inmediato—. ¿Podemos parar un momento, por favor?

—Claro, está bien —dijo Raúl, pensando que tal vez Camila quería sentarse un rato en el parque cercano.

Se detuvieron. Camila sacó de su mochila un sobre con alimento para perro y arrancó una hoja de su libreta. Se acercó con cuidado al animal y dejó el alimento a una distancia prudente. Raúl la observaba con recelo, listo para reaccionar si el perro se mostraba agresivo.

—¡Estás loca, mujer! ¿Cómo te acercas así a un perro que no sabes si es violento? ¡Debiste avisarme para que lo hiciera yo! —regañó Raúl, todavía agitado de solo imaginar que algo malo le pasara.

—Tranquilo, abuelo. Estoy bien, sigo completita -respondió Camila, riéndose mientras daba una vuelta sobre sí misma.




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