Camila y sus hermanos pequeños heredaron de su padre y de su abuela Amelia el amor y respeto por los animales. No importa a dónde vayan, siempre llevan en la mochila algo de alimento para perros, gatos y, por si acaso, para aves. Son así: no temen desviarse del camino si es necesario para alimentar a un perro callejero hambriento, ni les preocupa ser regañados por Victoria —la madre de Camila— por llegar tarde a algún sitio.
Esa era una faceta que solo la familia y los amigos más cercanos conocían de Camila. Para Raúl resultaba enternecedor ir descubriendo esos lados ocultos, tan distintos de lo que la gente decía en la escuela. Porque allá, lo único que había oído de ella eran rumores: que era una mala persona, arrogante y problemática. Pero el camino hasta la casa de su abuela le mostraba otra historia.
Hicieron varias paradas: la ciudad estaba llena de perros abandonados. En una tiendita compraron más alimento, y luego detuvieron su paso en una fonda rodante para comprarle un plato de comida a un anciano que vendía verduras de casa en casa. Habían tardado mucho más de lo planeado, pero a Raúl no le importaba en absoluto.
Cuando por fin llegaron a casa de la abuela, Camila hurgaba en su mochila en busca de las llaves. Princesa, su perrita xoloitzcuintle, ya ladraba y saltaba de emoción. Raúl jamás había visto un perro tan feliz. En cuestión de segundos, otros dos perros vecinos —que se habían escapado apenas su dueño abrió el coche— corrían hacia ellos, ansiosos por recibir los mismos mimos que daba Camila.
Era un espectáculo tierno, como una escena de película.
—No hay duda de que mis criaturas aman a esta niña, ¿cierto? —comentó don Miguel, el vecino, sonriendo a Raúl.
—No me queda ninguna duda. Están casi tan enamorados de ella como lo estoy yo. Solo que ellos sí tienen la suerte de ser correspondidos… y recibir besos y caricias. No como uno —bromeó Raúl, arrancándole una risa al señor.
Camila escondió el rubor tras el pelaje de los perros, agachada entre mimos y risas. Luego se reincorporó para ofrecerle a don Miguel una de las bolsitas de verdura que habían comprado al ancianito minutos antes.
—¿Gusta llevarse unas bolsitas, don Miguel? Para que se haga un caldito o una sopita. Ándele —dijo, mostrándole las bolsas que Raúl, obediente, había cargado durante todo el camino.
—Esta niña vale oro… No te rindas, muchacho. Dame esta y esta, por favor —respondió el vecino, antes de irse acompañado de sus mascotas.
Camila empezaba a creer que había olvidado las llaves. Ya consideraba pedirle a Raúl que le hiciera un escalón con las manos para brincarse la barda, pero tras revisar otro bolsillo de la mochila, por fin las encontró.
Al abrir la puerta, Princesa se lanzó sobre ella de un solo salto. La emoción era tal que casi la tiraba. Se paró en dos patas y lamía sus brazos con ansiedad, como si hubieran pasado años desde la última vez que la vio.
—¿Dónde está mi princesa? ¿Dónde está la princesa más hermosa de todos los reinos? ¿Dónde está la niña preciosa de mi vida? —reía Camila entre besos y abrazos, aprovechando que su mamá no estaba para regañarla como solía hacer.
—Lo que daría por estar en tu lugar, Princesa… Por ser yo el que recibe esos besos y abrazos —comentó Raúl.
Al oírlo, Princesa dio un brinco y se puso seria. Pasó de perrita mimada a perrita desconfiada. Gruñó.
—Entra, no te hará nada —le dijo Camila.
—Eso dices tú, pero… mírala. Creo que no le caí bien —bromeó Raúl, entrando con precaución.
Ya había pasado un rato. Princesa no se había separado de Camila en ningún momento, como si la cuidara. Hasta ese momento, ambos habían estado hablando de la tarea… hasta que Raúl cambió el tema.
—Camila, no quiero presionarte… de verdad. Pero necesitamos hablar de nosotros.
Camila tragó saliva y empezó a guardar sus útiles. Aunque sus movimientos ya de por sí parecían torpes por su condición, se volvían mucho más notorios cuando estaba nerviosa. Y Raúl lo notó.
—Mira, voy a hablar yo primero, ¿sí? —dijo él, ayudándola a recoger los bolígrafos que se le habían caído—. Me gustas. En serio. Quiero que seas mi novia. Sé que tal vez no me creas por lo que dijo Ingrid, pero te juro que nada de eso es cierto. Si me das una oportunidad, te prometo no decepcionarte. ¿Quieres ser mi novia?
Le tomó las manos.
—Cuando te dije que me gustabas aquella vez, no mentía —empezó Camila—. Me gustas. Desde primero de secundaria. Pero… sinceramente no sé qué pensar. ¡Anduviste con Ingrid! ¿Qué quieres que piense cuando, semanas después de cortar con ella, vienes y me dices que yo te gusto? ¿Qué crees que piensa la gente? O mejor aún, ¿qué quieres que piense yo cuando todos dicen que solo quieres darle celos con mi existencia?
—¿Y qué importa lo que diga la gente? ¡Nunca te han importado! Si te importara lo que piensan los demás, no te comportarías como lo haces —soltó Raúl, sin pensar.
Camila retiró sus manos de inmediato. Ese comentario la hirió.
Ella creía que él la había entendido, que ya sabía que no era la chica soberbia y cruel que todos decían. Que si hería, era porque ya había sido herida.
—Y si tan mala persona crees que soy… ¿qué haces aquí? Es una pérdida de tiempo… —empezó a decir, alterada y dolida.
—Perdóname, Camila. No quise decir eso, te lo juro…
—Pero lo dijiste. Dijiste justo lo que pensabas. Y ¿sabes qué? ¡Estoy harta! Todos me tiran piedras y luego se hacen los inocentes. Todos creen que está bien ofenderme, y si me defiendo, entonces soy la loca. Estoy harta de que me digan que exagero, que soy sensible, que todo me afecta. ¿Y todo por qué?
Camila sintió un nudo en la garganta. Sabía que si comenzaba a dolerle, no podría aguantar más de dos minutos sin quebrarse.
—¿Por ser una maldita discapacitada? —terminó diciendo, con voz temblorosa. Se volteó, dándole la espalda. No quería que Raúl la viera llorar.
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Editado: 21.03.2026