Raúl nunca en su vida había sentido su capacidad de comprensión tan clara como en ese momento. Tomados de la mano, viendo de espaldas a Camila, notaba cómo ella pasaba el brazo por su rostro. Sospechaba que lo hacía para secarse las lágrimas. Había entendido que había sido injusto con ella. Siempre pensó que Camila era una chica soberbia y engreída que algún día necesitaría una lección. Nunca se le cruzó por la cabeza que esa actitud fuera una coraza de protección, creada a raíz de heridas del pasado.
Le sorprendía la faceta que acababa de descubrir en ella en tan solo unas horas. No era lo mismo verla burlarse con Esmeralda del supuesto mal olor de Ana en los días más calurosos que verla acercarse, compasiva, a alimentar a perros callejeros con sarna, evidentes molestias y mal olor. Tampoco era lo mismo ver a Camila cuestionar insolentemente a los maestros que verla ser servicial y atenta con los vecinos de su abuela. Y mucho menos era lo mismo verla humillar a Brayan por no llevar dinero a la escuela y llamarlo «muerto de hambre» que verla regalar comida a un anciano vendedor ambulante, comprándole además su mercancía para que pudiera terminar su jornada.
Todo eso lo hizo dudar de lo que creía saber de las personas. Hasta ese día, pensaba que Marilú era la más dulce y generosa que podría conocer: solidaria, caritativa, siempre pendiente del bienestar ajeno. Pero todo cambió. Ahora comprendía que la bondad no se mide por lo que una persona muestra ante algunos, sino por cómo trata a todos.
Camila y Raúl seguían tomados de la mano. Bastaron esos segundos para que ambos entendieran que sus sentimientos eran reales. Solo cuando Princesa, la perrita, saltó sobre ellos, el momento se rompió. Pero Raúl no pudo enojarse; ¿quién podría molestarse con una perrita feliz?
-Estoy lista para hablar -dijo Camila desde la cocina, mientras escogía un jugo de los que su abuela siempre tenía para ella y sus hermanos.
-Soy todo oídos -respondió Raúl, acariciando la panza de Princesa, que ahora yacía panza arriba sobre sus piernas.
-¿Quieres jugo? Te ofrecería de manzana, pero solo quedan dos, y mi abuela se asegura de tener al menos dos de cada sabor para evitar una guerra entre los gemelos. Hay de guayaba, mango, durazno y naranja.
-Guayaba, por favor. Entonces... ¿los gemelos que salen en tus fotos son tus hermanos? Debe ser interesante tener hermanos gemelos. Sé que es un cliché, pero ¿cómo los distingues? -preguntó mientras la miraba.
-Sí, son mis hermanos. Cumplirán cuatro años pronto. Todos dicen que es genial que sean gemelos, pero para mí no tiene tanta importancia. Brillan por sí solos. Axel es impulsivo y algo grosero; Gael es más dulce y paciente. Si les preguntaras de qué sabor es este jugo, Axel te diría: «Es de guayaba, ¿no sabes reconocer frutas?», y Gael te lo diría amablemente, explicándote cómo distinguir los sabores.
-¿Y físicamente? ¿Se pueden distinguir?
-Sí. Gael tiene un lunar pequeñito cerca de la patilla. Es casi imperceptible, pero está ahí -respondió mientras le entregaba el jugo.
Justo entonces, a Camila le llegó un mensaje al grupo que tenía con Rubí y Miranda. Rubí preguntaba por una tarea y si Camila había estado con Raúl. Camila respondió con una selfie: ella, Raúl y Princesa de fondo. Luego volvió a la sala.
-Te decía que ya estaba lista para hablar... -comenzó-. Mira, cuando te dije que me gustabas, fue por una apuesta con Miranda. No esperaba que me respondieras ni ese día ni nunca. Pero sí... me gustas. Y me encantaría decirte que sí quiero ser tu novia, pero no puedo hacerlo todavía.
Raúl se quedó en silencio, confundido.
-¿Me usaste para una apuesta? ¿Cuántos billetes ganaste? -preguntó con una mezcla de sorpresa y desánimo.
-No fue por dinero. Era para que Melissa perdiera. Si Rubí y yo confesábamos nuestros sentimientos, ella también debía hacerlo. Y así fue.
-Mencionaste que aún no estás lista para ser mi novia. ¿Eso significa que... en algún momento lo estarás?
-Podría ser. Pero no antes del 14 de febrero -dijo distraídamente, tirando las latas en el bote de reciclaje.
-¿Hablas en serio? ¿Vas a darme el sí hasta después de San Valentín?
-Sí. No pienso permitir que Ingrid o cualquiera anden diciendo que estás conmigo solo por no pasar San Valentín solo.
Entonces Raúl comprendió: Camila no se hacía la difícil. Era el miedo lo que se interponía. Miedo al juicio de los demás, miedo a la lástima, miedo a repetir viejas heridas.
-De acuerdo. Entonces espero con ansias el 15 de febrero -dijo con una media sonrisa.
No era un «sí», pero tampoco era un «no». Y eso, para Raúl, era esperanza suficiente.
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Editado: 21.03.2026