Los días pasaron y, en apariencia, todo seguía normal. Camila y Raúl se conocían cada vez más. Él confirmaba que la imagen que tenía de Camila no era más que lo que ella permitía que los demás vieran. Se sentía cómoda con que sus compañeros la percibieran como grosera o insensible.
Marilú seguía intentando ganarse su amistad, incluso si eso implicaba chocar con Sofía. Andrés continuaba siendo el encantador mujeriego que todos conocían, mientras que Ingrid exigía un compromiso que ni siquiera estaba dispuesta a dar. Melissa ya era novia del chico que le gustaba. Rubí se mantenía como alma libre… al menos, en teoría, porque algo más estaba surgiendo entre ella y Andrés. Algo que, cuando Ingrid lo descubriera, desataría su furia.
La única novedad era Darío, excompañero de Camila en primaria, ahora del equipo de fútbol, igual que Andrés y Raúl. Y, como si el mundo fuera un pañuelo, Darío resultó ser hermano de la novia de Ray. Para Camila, su aparición fue incómoda desde la fiesta familiar en la que se anunció el compromiso de Raymundo. Desde entonces, Darío intentaba “enmendar las cosas”, pero ahora también quería conquistar a Camila y vengarse de Raúl por “quitarle” a Ingrid.
Un día, tras la penúltima clase, se avisó a los representantes que la última hora sería libre por una junta de maestros. El caos se desató: alumnos gritando, corriendo, fumando… Los equipos deportivos organizaban juegos amistosos. Los de fútbol de segundo y cuarto semestre ya se alistaban. Camila, Rubí y Melissa llevaban papas y refrescos; hablaban sobre la tarea de biología.
—Bien, haremos la maqueta en casa de Camila con material reciclado —resumió Rubí—. Camila presenta, nosotras la armamos y listo.
—Solo tengo que avisarle a mi mamá —dijo Melissa.
—Perfecto —dijo Camila.
Entonces escucharon que alguien gritaba su nombre. No hizo falta mirar: era Darío.
—¡Rápido, chicas, ahí viene ese idiota! —dijo Camila, apurando el paso.
—¡Camila, espera! —insistía él, alcanzándolas rápidamente.
Las chicas fingieron no escucharlo, pero Darío se interpuso.
—Vamos, las personas cambian. Ya supéralo, por favor.
Camila giró levemente, ignorándolo.
—¡Te juro que ahora soy un buen tipo! —insistió, y le tomó de la muñeca.
Si esto fuera una caricatura, Camila estaría roja como tomate, echando humo por las orejas. Se volvió y lo fulminó con la mirada.
—¡Quítame la mano de encima, imbécil! ¿Quién te crees para siquiera tocarme?
La soltó de inmediato.
—Lo siento… yo solo…
—Escúchame bien, Darío. No vuelvas a tocarme jamás. Si lo haces, te vas a arrepentir como nunca en tu vida —advirtió, y siguió caminando.
—¡Camila, espera! —gritaba él, siguiéndola sin importarle que todos los miraran.
Cuando llegó a la cancha, Raúl y Andrés ya lo habían notado. Ambos fueron directo hacia él. Camila trató de detenerlos.
—¡Oye, imbécil! ¿Te crees muy listo por acosar a Camila cuando no hay hombres cerca? —le dijo Andrés, empujándolo.
Camila intentó sujetarlo, pero Andrés estaba furioso.
—Esto no se va a quedar así —dijo Raúl, que se acercaba desde el otro extremo.
Camila se le cruzó al paso, interponiéndose, mientras Rubí y Melissa trataban de detener a Andrés. Los gritos de los alumnos pedían pelea, pero la angustia de las chicas fue lo que los hizo retroceder. Aún alterados, Raúl y Andrés decidieron no jugar el partido. Se marcharon con ellas.
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Editado: 21.03.2026