Camila era una persona llena de inseguridades, como casi cualquier otra. Y, como cualquier persona, cometía errores—tanto voluntarios como involuntarios. Lo que parecía constante a lo largo de su vida era que los demás rara vez notaban sus inseguridades, pero siempre parecían resaltar sus errores y malas decisiones. Ahora, más que nunca, ese patrón estaba presente.
Por eso, para Camila, sus amistades eran un pilar fundamental. Representaban su lugar seguro. Con sus amigos se sentía amada y protegida. No es que pensara que su familia no la amaba, pero, según ella, el cariño familiar podía estar condicionado por el lazo sanguíneo. En cambio, el afecto que le daban personas ajenas a ese círculo era lo que realmente valoraba. Por eso lo que sentía por Raúl era tan intenso: su cariño superaba incluso al que sentía por amigos y familia. La hacía sentirse profundamente querida… pero también vulnerable.
El temor que la invadía no era como el miedo irracional que le tenía su abuela a las ratas, o el que ella misma tenía a los insectos rastreros. Era más profundo: era el miedo a que las personas que más amaba dejaran un día de quererla, o peor aún, que le confesaran que nunca la quisieron de verdad, que todo fue una mentira. Ese pensamiento la perseguía. Era uno de los tantos demonios con los que cargaba.
—¡Ay, por Dios! Ya está oscureciendo, me tengo que ir o si no me van a castigar —dijo de pronto, levantándose de un salto. No quería lidiar con el enojo de su madre. Nadie en su sano juicio lo querría. En realidad no era tan tarde—apenas las 5:50—pero el invierno hacía parecer que era de noche.
—Espera, yo te acompaño —se levantó Raúl, y casi como un reflejo, estiró la mano para tomar la de Camila.
Tal vez por la prisa, Camila no se percató de inmediato de que iban tomados de la mano. Para cuando se dio cuenta, ya era tarde… y lo cierto es que la calidez de la piel de Raúl le producía una sensación de seguridad y confort a la que era demasiado fácil acostumbrarse. Entonces, como era típico en ella, las dudas la asaltaron. A veces parecía la persona más segura del mundo, pero en segundos, sus inseguridades podían crecer y hacerla sentir diminuta.
—Voy a hacerte varias preguntas, y quiero que me respondas con toda la sinceridad del mundo —soltó de repente.
Eso hizo que Raúl sintiera un nudo en el estómago.
—Por supuesto. Dime —le dijo, mirándola de reojo, aún tomándola de la mano.
—¿Por qué quieres que sea tu novia?
—¿Cómo que por qué? Porque me gustas. Me gustas mucho, Camila —respondió con claridad.
—¿Y exactamente qué te gusta de mí? ¿Cómo es que alguien como tú puede fijarse en alguien como yo? ¿Estás seguro de que no es solo para hacer enojar a Ingrid? —preguntó, bajando un poco la voz. Su discapacidad era el demonio que alimentaba a todos los demás.
Raúl sintió una punzada en el alma. Pensó en todas las inseguridades con las que Camila había tenido que lidiar y se sintió culpable por haberla juzgado antes. Y al mismo tiempo, agradecía al cielo que ella le estuviera dando esta oportunidad.
—Me gustas de una forma en que no sabía que alguien podía llegar a gustarme. Me gustan tus ojos, tu sonrisa, tu cabello… y aunque hace unos meses jamás lo habría imaginado, me gusta tu forma de ser. Y, ahora más que nunca, tus besos. —Respondía una por una, pero hizo una pausa antes de continuar.
Raúl miró al suelo, como si le costara reunir las palabras. Su voz bajó casi a un susurro.
—Tengo algo que confesar… y no sé cómo decirlo sin que suene horrible… La verdad es que al principio sí pensé en usarte para darle celos a Ingrid… y luego volver con ella. Sé que eso me convierte en un idiota. Pero, por favor, perdóname.
Ella sabía que no debía preguntar cosas que no estaba lista para escuchar. Pero igual lo había hecho. Y ahora dolía. Más porque parte de ella ya lo sospechaba.
Soltó su mano bruscamente. Le había dolido.
#5449 en Novela romántica
#448 en Joven Adulto
discapacidad, inclusión/discapacidad, drama emocional intenso
Editado: 21.03.2026