Los demonios de Camila

Capítulo 20

Ya recostada, en la habitación que su abuela aún conservaba para ella, Camila intentaba procesar lo que acababa de vivir. La llamada de su abuela había sido el pretexto perfecto para irse sin tener que enfrentar la respuesta de Raúl. Él le había dicho que, al principio, pensó en usarla para darle celos a Ingrid, aunque antes le había confesado que realmente le gustaba.

Al principio, esa confesión había opacado todo lo demás. Pero ahora, al repasarlo con calma, los pensamientos se acomodaban. Se sentó al borde de la cama y miró una foto en la repisa: una de sus favoritas, donde salía con Esmeralda y Andrés. Al verla, un recuerdo doloroso vino a su mente. Uno del que no se sentía orgullosa.

Recordó que, cuando conoció a Esmeralda y Andrés en secundaria, no tenía interés en hablar con ellos. Ella quería ser amiga de otro grupo: las chicas que eran queridas por los maestros y populares entre los chicos. Esmeralda y Andrés eran todo lo contrario: desobedientes, respondones, conflictivos. Aun así, fueron amables con ella. Camila pensó que era por conveniencia, porque no había conseguido equipo para un trabajo.

Todo cambió el día que discutió con Esmeralda. Ella le reclamó por ser una "mosca muerta" que se creía superior, por tratar de ser amiga de unas hipócritas, mientras ella misma les daba un trato injusto a quienes sí le mostraban amistad.

Una notificación la sacó de sus pensamientos: era un mensaje de Raúl. No tenía ánimo de responderlo. Volvió a mirar la foto y la tomó entre sus manos. En ambas situaciones —con Esmeralda y con Raúl—, alguien había juzgado y luego se había retractado. El timbre de la videollamada la interrumpió. Era Raúl. No le gustaban las videollamadas… pero algo le decía que debía responder.

Usó una almohada para apoyar el teléfono y contestó.

—Gracias por responder —dijo Raúl, aliviado. Se notaba que acababa de llegar del súper. Lo interrumpieron unos gritos llenos de emoción. Era su hermanita.
Camila ya sabía que Raúl tenía una hermana pequeña, muy bonita y traviesa. Verla abrazarlo por la pantalla llenó a Camila de ternura.

—¡Wow! No es Ingrid… qué bueno, porque ella me cae muy gorda —dijo la niña.

Camila soltó una risa.

—¿Te digo un secreto? A mí también me cae gorda Ingrid —le respondió.
Ambas se rieron. Raúl la regañó suavemente y Mili se fue, renegando entre dientes.

—Espera un momento —le dijo Raúl a Camila, mientras se aseguraba de que su hermanita se fuera a jugar. Luego se recostó en su cama.

—Fui un idiota, Camila. Quisiera haber sabido desde el principio lo increíble que eres. Mis intenciones cambiaron poco a poco… mientras más pensaba en ti, más me gustabas. Y mientras más tiempo pasábamos juntos, más me enamoraba. Aquí estoy, rogándole a Dios que mañana me digas que sí, que quieres ser mi novia.

Camila recordó las palabras que le había dicho Andrés una vez, cuando aún no eran amigos:
"¿Cómo quieres que te demostremos que, en verdad, queremos ser tus amigos si no nos das una oportunidad?"

Los recuerdos lindos con Raúl invadieron su mente. Las emociones eran más fuertes que nunca. No había duda.

—Sí, quiero ser tu novia, Raúl.

En un segundo, ambos pasaron de la incertidumbre al éxtasis. Fue como cuando crees que vas a reprobar y terminas pasando la materia con un milagro. Solo que esto era mucho más intenso. Camila estaba a punto de ver, a través de una pantalla, una de las representaciones más puras de la felicidad.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Raúl, confundido. Apenas había escuchado bien.

—Dije que sí, quiero ser tu novia —repitió, con una sonrisa tímida.

—¿Estás diciendo que mañana querrás ser mi novia? ¿O estás diciendo que... ya? —arqueó una ceja.

—¿No vas a ponérmelo fácil, verdad? —bromeó ella.

Raúl ya había entendido, pero necesitaba confirmarlo. Podía sentir cómo se le aceleraba el corazón.

—¡¿Ya eres mi novia?! —preguntó en voz alta y se respondió él mismo—. ¡Ya eres mi novia! —rió de felicidad, y Camila también.

La pantalla se oscureció. Raúl había llevado el teléfono a su pecho. Camila podía oírlo reír y, de fondo, la voz de Mili. Lo vio brincar con su hermanita en brazos, dándole besos en la mejilla, diciéndole que era el hombre más feliz del mundo.

—¿Raúl? ¿Qué alboroto traes? —preguntó su madre desde otra habitación.

—¡Pasa, mamá, que soy el hombre más feliz del mundo! —gritó eufórico.




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