Los demonios de Camila

Capítulo 21

Desde que era pequeña, Camila siempre se sentía confundida por el trato que recibía día a día. En la primaria, sus compañeros la ignoraban como si fuera un fantasma que nadie ve ni escucha, pero fingían querer ser sus amigos cuando había reuniones de padres de familia o en días aleatorios en los que sabían que algún maestro los estaba observando. También estaban las personas en la calle, esas que se creían muy listas por ignorarla, engañarla o hacerle comentarios fuera de lugar sobre su discapacidad. Y finalmente, su familia: algunos ponían en duda sus capacidades, otros la menospreciaban deliberadamente, mientras su madre y abuela se cegaban por amor ante los comentarios o actitudes hirientes.

Todas estas situaciones tenían un patrón en común: la ignoraban... hasta que les convenía dejar de hacerlo. Cuando Camila hacía algo que "no debía" o cuando le sucedía algo "demasiado bueno para ser ella", entonces todos volteaban a verla. Y ahora estaba ocurriendo exactamente eso. Desde que cruzó la entrada de la escuela, se sintió más incómoda que nunca. Todos murmuraban y la miraban al saber que ella y Raúl estaban en una relación.

Intentando ignorar las miradas, Camila abrió su libro de matemáticas. En sus ratos libres, solía adelantar clases. Melisa y Raúl estaban en la cafetería comprando bocadillos. Rubí, quién sabe, tal vez en medio de alguna aventurilla. De pronto, alguien se sentó junto a ella. Era Raymundo.

—Hola —saludó, posando la mirada en el cuaderno y el libro abierto frente a ella.

—Ah, es usted, maestro —respondió Camila, levantando apenas la mirada para luego volverla al libro.

—Por favor, Camila. Soy tu primo. Puedes llamarme Ray, como siempre. No estamos en clase.

—Ok, ok. ¿Qué necesitas, Ray? —dijo, poniendo los ojos en blanco.

Camila sabía de qué iba la repentina aparición de su primo: seguro quería hablar de su relación con Raúl o del reciente encontronazo que había tenido con Marilú.

—¿Qué? ¿No puedo sentarme a platicar con mi prima? —respondió Ray con fingido disgusto—. Por lo que veo, estás adelantando temas que explicaré en unas semanas. ¿Tienes alguna dificultad?

—No, claro que podemos platicar, como primos que somos —soltó con tono sarcástico—. Solo que Eduardo no intenta impedir mi relación con Raúl, Samuel no me dice con quién puedo o no hablar, y Osvaldo no insiste en que sea amigable con quien no quiero serlo —señaló una ecuación-. La verdad, estoy teniendo problemas con esta, pero ya lo explicarás en clase.

Ray señaló un error en el procedimiento y comenzó a explicarle. No tardó mucho. Era un buen maestro, de los que insisten hasta asegurarse de que todo fue comprendido.

—¿Estás segura de que entendiste?

—Sí, ya te dije que lo entendí perfectamente —respondió con despreocupación.

—Bueno, confiaré en ti. Pero volviendo al tema... soy yo quien te insiste en tantas cosas porque me preocupo por ti. Te estoy viendo de cerca y, sinceramente, no te reconozco. Siempre fuiste una niña tierna y dulce... hasta que esos "amigos" tuyos aparecieron en tu vida.

—Esta que ves ahora es la que siempre debí haber sido —respondió Camila, dejando entrever su verdadera lucha—. Me conoces como tu prima, pero no conoces mis demonios.

Ray la observó en silencio. Ahí estaba su prima, la niña que solía proteger, convertida en una joven de carácter fuerte. En clase, solía observarla tratando de entender por qué era tan explosiva con algunos compañeros. ¿Serían líos amorosos? ¿Malentendidos? Lo que fuera, temía que un día se arrepintiera... y fuera tarde.

Camila cerró el libro y comenzó a guardar sus útiles, dispuesta a enfocarse en la conversación. A pesar de que Ray no tendría problema con que compartiera su atención entre los estudios y él, escuchaba la voz de su madre resonando en su cabeza: "Camila, pon atención a lo que te dicen, no seas grosera."

—A lo que venía —continuó Ray—, es a decirte que fuiste seleccionada como una de los cinco alumnos con mejor puntuación en los filtros para el concurso de matemáticas. La escuela hará más pruebas para elegir a quien nos representará en el concurso anual... y estoy seguro de que serás tú.

—Pero yo... —interrumpió ella. Camila no quería participar. Sabía que si se lo proponía, podía llegar lejos, incluso a nivel nacional, pero no le interesaba. Ya mantenía el primer lugar del grupo. No veía el beneficio.

—Por favor, Camila. No digas que no. He luchado para que me permitan ser tu guía. Participar te abrirá puertas. Las universidades pelearán por ti —insistió Ray.

—No lo sé, Ray. Esos concursos son demandantes. En secundaria participé obligada. Mamá y la escuela querían que lo hiciera. ¿Y qué gané? Reconocimiento para la escuela. ¿Pero yo? Sigo siendo tratada igual. Nada cambia para mí. No parece un buen trato.

Ray no entendía lo que ella decía. Nunca había notado el desprecio disfrazado de muchos maestros. Ni cómo algunos la acusaban injustamente de hacer trampa. Nada de eso sucedía frente a otros adultos, por eso nadie la creía.

En ese momento llegó Raúl con los snacks. Ni él ni Ray fingieron agrado al verse. Cruzaron una mirada tensa que a Camila le provocó un nudo en el estómago.

—Ya llegué, amor. Tu refresco de manzana —dijo Raúl, colocándolo frente a ella—. Y tus snacks de jalapeño —añadió, sin dejar de mirar a Ray.

—Gracias, amor —respondió Camila, intimidada por las miradas que cruzaban dos de los hombres más importantes de su vida.

La tensión se podía cortar con un cuchillo. Raúl había comprendido que, si quería que su relación funcionara, debía hacer las paces con Ray. Y aunque le costaba, lo intentaría.

—¿Qué tal, cómo le va, maestro? —preguntó Raúl, fingiendo cordialidad.

—Pues... aquí estamos —respondió Ray con el mismo tono.

Camila se preguntaba si siempre sería así de incómodo. Raúl, por su parte, buscaba una forma de sacar a Ray del lugar. Entonces, una idea cruzó su mente: demostraría que él había ganado.




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