Los demonios de Camila

Capítulo 22

“La familia lo es todo. La familia siempre es primero.” Ese fue siempre el cimiento sobre el cual criaron a Camila, a sus hermanos y a sus primos. La única y clara diferencia entre todos ellos era la preferencia que se tenían unos por otros. Camila siempre sintió una afinidad mucho más fuerte hacia sus primos varones que hacia sus primas mujeres, de la misma manera en que sus primas siempre preferían a su hermana Alexa. Nunca le molestó esa evidente inclinación: para ella, sus primos siempre fueron más importantes.

No era que no quisiera a sus primas. Las quería, pero nunca sintió que encajara a su lado. Con sus primos era distinto. Durante años, ellos la hicieron sentir parte de algo, como si perteneciera. Para Camila, ese afecto correspondido fue siempre una bendición. Sabía que, por la mayoría de ellos, haría casi cualquier cosa si la necesitaban.

Después de la salida, se dirigió al laboratorio de física, donde Ray le había dicho que la esperaría para hablar y tratar de convencerla de participar en el concurso de matemáticas. La puerta estaba entreabierta. Alguien estaba con él. Se escuchaban voces, pero el eco y el bullicio del fin de clases distorsionaban lo suficiente como para que no pudiera distinguir de qué hablaban ni quién acompañaba a su primo. Mientras caminaba hacia la entrada, sacó su celular para enviarle un mensaje a Ray y avisarle que ya había llegado. Lo único que quería era terminar con eso de una vez. Le diría que no quería participar y que no insistiera.

Estaba por enviar el mensaje cuando reconoció una de las voces. Era Roberto, su mejor amigo y también maestro en la prepa. Estaban hablando de ella. Escuchó su nombre con claridad. Aunque su madre y su abuela siempre le habían enseñado que escuchar conversaciones ajenas era una falta de respeto, la curiosidad pesó más que la enseñanza.

—Camila entenderá y querrá ayudarte. Debes decírselo. Ella es así, siempre quiere ayudar a sus primos, más a ti, que eres su favorito —insistía Roberto.

—Ya te dije que no. No se lo diré. Jamás la utilizaría. Prefiero quedar como un imbécil frente al director antes que forzarla a hacer algo que no quiere, solo por mi beneficio. Un empleo puedo encontrarlo en otro momento o en otra escuela, pero el cariño y la confianza de Camila… eso podría perderlo para siempre —respondió Ray, serio.

—No la perderás. Ella querrá hacerlo —dijo Roberto con la certeza de quien nunca teme equivocarse.

Cuánta razón tenía Roberto. Camila lo supo en cuanto lo escuchó: si se enteraba de que con su participación en el concurso podía asegurarle un empleo fijo a su primo favorito, no podría negarse. Aunque por un instante sintió un egoísmo pasajero —desear no haber escuchado esa conversación para poder seguir diciéndole que no—, entendió que ya no había marcha atrás. La decisión estaba tomada. Al menos las sesiones de práctica serían más llevaderas al lado de Ray.

Sin más evasivas, y con la información que necesitaba para impulsarse a sí misma y demostrar —una vez más— que era más capaz e inteligente de lo que muchos creían, escribió el mensaje:
“Estoy lista para hablar.”
Ya no podía negarse. No después de haber escuchado todo. No si se trataba de Ray.




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