Los demonios de Camila

Capítulo 23

Para Ray fue toda una sorpresa que Camila aceptara tan rápido participar en el concurso. No es que se hubiese rendido en su misión de convencerla, pero estaba preparado para pelear contra la férrea voluntad de su prima. Que ahora le dijera que sí, sin resistencia, le generaba más preguntas que respuestas.

Claro que Camila no pensaba darle una explicación sincera. No iba a admitir que había escuchado la conversación con Roberto. En su lugar, le daría una excusa vaga, tipo: “Simplemente cambié de opinión”.

—¿Cómo anda tu horario de clases, Liza? —preguntó Ray, revisando los horarios entre las listas de asistencia de sus grupos.

Hacía años que no la llamaba así. Liza. Camila odiaba que la llamaran por su segundo nombre desde que era niña. No era que le pareciera feo; simplemente no le gustaba que lo usaran. Algo parecido a cuando ella o alguno de sus hermanos se refería como “abuela” a su Abuelita Amelia: no sonaba bien, no era lo mismo.

Ray solía decirle que le gustaba mucho el nombre Elizabeth, y por eso lo usaba. Pero, en realidad, lo hacía por molestarla. Era un juego entre ellos, una broma cariñosa que solo compartían los dos. Desde que Ray entró a la prepa y dejaron de coincidir tanto en la casa de la abuela, el apodo había quedado en el pasado. Escucharlo de nuevo era como un pequeño abrazo invisible, fraterno, casi nostálgico.

—Pues… —pensó rápido—. Los lunes tengo una hora libre… no, mejor olvídalo. Me gustaría conservarla. Los jueves tengo laboratorio a la quinta hora del segundo turno. Si tienes alguna hora libre antes, sería perfecto para matar tiempo.

—Jueves, jueves… Tengo libre la primera y la cuarta hora. Ok, entonces dedicaremos esas horas por completo a las matemáticas. Aunque también veré cómo aprovechar que tengas casi todo el segundo turno disponible. Dime algo: ¿crees que haya problema con mi tía si hacemos esto toda la semana? Solo serían una o dos horas fuera de tu turno.

—No, basta con que le diga que tendré clases extraordinarias para el bendito concurso.

—¿Y habría problema si empezamos hoy?

De pronto, el teléfono de Camila vibró. Era un mensaje de Raúl:
“Ya te extraño, amor. Te amo demasiado. PD: Voltea hacia afuera”.

Todavía no se acostumbraba a ese tipo de mensajes. A veces se sorprendía a sí misma recordando que Raúl ya no era solo un pretendiente: ahora era su novio. Un simple mensaje de texto podía arrancarle una sonrisa tonta. Al voltear, lo vio a unos metros, dibujando un corazón con las manos y articulando un silencioso “Te amo” con los labios.

—¿Liza? Te estoy hablando —la llamó Ray. Ya había notado la presencia de Raúl.

No lo admitiría nunca, pero ver a Camila tan feliz —aun cuando su felicidad se debía a alguien que no le agradaba— le generaba un nudo cálido en el pecho.

—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué dijiste? —preguntó desorientada.

—Te preguntaba si habrá algún problema con mi tía o la abuela si empezamos hoy.

—No, si me acompañas en una videollamada para avisarle a mi mamá.

—Claro, hagámosla.




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