Los días transcurrían tan rápido que la única manera de notarlo era observando a su alrededor. Las personas ya no usaban chamarras gruesas para el frío; a lo mucho, llevaban blusas o playeras de manga larga. Los árboles, antes tristes y desnudos, comenzaban a cubrirse de pequeñas hojas verde limón, preparándose para brindar sombra y refugio a los animales del abrasador verano, que en la ciudad ha llegado a superar los 40°. Si eras alguien extremadamente friolento, como Camila, otra señal clara de que el invierno se despedía era notar que ya no necesitabas ponerte doble calcetín ni tus infalibles calcetines aborregados.
Era jueves, día de laboratorio. Para Camila, su clase extraordinaria; para Melissa, el club de lectura; para Rubí, un día para “divertirse” un poco; y para Raúl, como siempre, día de entrenamiento. Andrés no entrenaba ese día porque sus laboratorios eran en la primera y segunda clase del segundo turno. Mientras llegaba su maestro, Andrés le hacía compañía a Camila. Ambos estaban en videollamada con Esmeralda, quien se quejaba porque su padre la había castigado reduciéndole al 40% el dinero que le daba semanalmente.
—Y ahora tuve que cancelar mi pedido de cosméticos. No sé hasta cuándo papá me levantará el castigo, y ni hablar de pedirle a Griselda que me ayude a convencerlo. Voy a tener que usar hasta el último gramo de maquillaje —decía mientras mostraba cada producto medio gastado.
Podía parecer que Camila y Andrés no la escuchaban: ella hojeaba su libreta sin parar y él jugueteaba con sus papas fritas. Pero en realidad, estaban atentos.
—Uy, perdón por quitarles el tiempo, no sabía que estaban tan ocupados —dijo Esmeralda, molesta.
—No te enojes, bebé. Te estamos escuchando, nena —respondía Andrés, masticando.
—Sí, Esme. No te enojes o te saldrán arrugas —bromeó Camila con una sonrisa, repitiendo una frase que había aprendido de su papá y su abuela.
Esmeralda bufó.
—Es que, bebé, ¿qué podemos hacer nosotros? Sabías que tu papá iba a estar al pendiente y lo desobedeciste. Sabes que él no es tan descuidado como tu mamá. Era obvio que te descubriría.
—Sí, Esme, desde aquí solo podemos escucharte. Mejor pórtate bien un par de días y trata un poco mejor a Griselda. Ya verás que pronto te levanta el castigo —agregó Camila.
—Pero es que…
—Mira, si tanto quieres tus cosméticos, pásame los links y tu dirección. Yo te los compro —ofreció Andrés, despreocupado.
—No quiero meterte en problemas con tus papás —respondió Esmeralda.
Camila, sin nada que agregar, comenzó a robarle papas fritas a Andrés.
—Por favor, sabes que adoro meterme en problemas. Y más si es con el donante de esperma ese que me tocó —dijo Andrés, con la boca llena.
Hace un par de años, a Camila la habría escandalizado escucharlo hablar así. Pero ahora comprendía que esa forma de expresarse escondía heridas sin sanar. Ella ya no intervenía; dejaba que Andrés hablara como necesitara hacerlo.
—Ay, chicas, ya me voy. Llegó el “dientes de conejo” —se despidió Andrés al ver llegar a su maestro. Tomó sus papas fritas y se fue como rayo.
Camila siguió hablando con Esmeralda. Hablaban de Ingrid, de lo ingenua que era al pensar que podría quedarse con Andrés. Entonces llegó Ray, y Esmeralda lo escuchó.
—Ash, ya llegó tu primito adorado —gruñó, con los ojos en blanco. Luego colgó la llamada.
Camila comenzó a guardar sus cosas de inmediato.
—Siempre me he preguntado cómo terminaste siendo amiga de alguien tan desagradable como Esmeralda y Andrés —dijo Ray, al darse cuenta de con quién hablaba—. Una persona irrespetuosa y arrogante.
—Ah, no te preocupes, no eres el primero que no lo entiende. Y apuesto a que no serás el último —respondió mientras acomodaba su mochila.
—Por favor, Camila, te lo digo en serio. ¿Por qué eres amiga de personas como ellos?
Camila lo miró con incredulidad. Ray siempre hacía ese tipo de preguntas que no podías contestar con un simple “sí” o “no”. Con Ray, hablar implicaba desnudar emociones. Nunca sabías si terminarías una conversación sintiendo lo mismo con lo que empezaste.
—De acuerdo —dijo al fin—. Cuando conocí a Esmeralda y a Andrés también pensé que no debía ser su amiga, pero Andrés me ayudó a ver que estaba llena de prejuicios… lo que la mayoría aplica conmigo: juzgar al libro por su portada.
Ray lo pensó para sí: ¿Juzgar al libro por su portada? ¿Estás jugando conmigo? Pero se contuvo.
—¿A qué te refieres exactamente?
—A lo que todos se refieren cuando dicen eso, Ray. O sea, a lo que tú haces con ellos.
—Vamos, Camila, ¿por qué eres así tan…?
No encontró una palabra que no sonara a ofensa. Camila lo miraba con una sonrisa retadora, sabiendo que estaba provocándolo. Le encantaba discutir.
—Vamos, no pongas esa cara —dijo, con cinismo—. Tú te llevas y no te aguantas. Preguntas una cosa y, cuando respondo, sales con otra fuera de lugar para corregirme en algo que ni entiendes aún.
—¿Fuera de lugar, dices?
—¿Ves? Ahí estás otra vez.
—Camila, no puedes tapar el sol con un dedo. Todos sabemos el tipo de personas que son tus amigos. No me venderás la historia de una tierna amistad cuando de tiernos no tienen nada.
Camila lo seguía escuchando con expresión burlona. Sabía que Ray odiaba eso, y por eso lo hacía.
—Tú no sabes absolutamente nada, Ray. Todo lo que Oziel dice sobre Esmeralda es falso. No hay que tener ni tres dedos de inteligencia para notar que lo hace con mala intención. Es lamentable que nadie en la familia lo vea.
—¿Ah, sí? Dame una razón lógica por la que Oziel haría algo así. Una sola. Y si me convences, admitiré que me equivoqué. Con Esmeralda, con Andrés y con tu “novio”.
Camila lo miró con una mezcla de incredulidad y presión. Sabía que Ray cumpliría su palabra. Pero igual se sintió rara. ¡Ahora resulta que te tengo que convencer!, pensó.
—¿Camila?
—Perdón, divagué un poco.
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Editado: 21.03.2026