El ambiente se respiraba tenso. El estrés se evidenciaba en las caminatas de un lado a otro, en las llamadas cada cinco minutos, en la ansiedad brotando en cada:
—¿Por qué tarda tanto? ¿Tenía que ocurrírsele hacer eso precisamente hoy? ¿Tiene que tardar tanto justo cuando se le necesita?
Esperaban a la abuela. Pocas veces Camila veía a su madre alcanzar ese nivel de tensión. Ella solo observaba en silencio. Los gemelos, que generalmente mantenían el ambiente lleno de risas, gritos y carreras por toda la casa, ahora estaban sentados murmurando entre ellos. Incluso ellos sabían que algo importante estaba ocurriendo. Como su madre les había enseñado a todos: “Hay que comportarse a la altura.”
Por su parte, Alexa, quien estaba directamente involucrada en la situación que tanto estrés generaba, ya había intentado calmarla, aunque sin éxito. Y es que para su madre era verdaderamente importante empezar temprano y visitar todas las casas de vestidos en la ciudad. Era su única oportunidad para organizar la fiesta de ensueño que siempre había querido darles a sus hijas. No estaba dispuesta a dejarla pasar, no después de perderla el año pasado con Camila, cuando se empecinó en no celebrar sus XV años.
El timbre sonó. Una oportunidad perfecta para Alexa de salir a respirar aire fresco. Su madre comenzaba a estresarla también. Al abrir la puerta, se encontró con un chico guapo que sostenía la mano de una niña de unos tres o cuatro años, con prendedores kawaii de animalitos en el cabello. Por un momento pensó que se había equivocado de casa.
—Hola. Busco a Camila. ¿Está en casa? —preguntó él con curiosidad. Reconoció su rostro de inmediato. Lo había visto en muchas de las fotos festivas de Camila en redes sociales. Debe ser su prima, pensó.
—Claro, pasa —invitó con amabilidad—. ¿Y cómo te llamas?
Alexa solo conocía a Andrés, Esmeralda y a las otras chicas del círculo de su hermana.
—Raúl. Me llamo Raúl —respondió, aún sujetando a su hermanita.
—¡Te buscan, Camila! ¡Es Raúl! —gritó desde el porche.
Qué bien que Camila esté haciendo más amistades, pensó Alexa. No es que creyera que debía cambiar de amigos, pero le alegraba verla soltarse un poco. Nunca le gustó verla tan callada y tímida en lugares ajenos.
—¿Y cómo conoces a mi hermana? ¿Verdad que es una gran chica? —preguntó con orgullo. Alexa era así. Muy distinta a Camila en muchos aspectos, aunque físicamente se parecían mucho. Pero de verdad quería a su hermana.
—¿Tú… eres su hermana? —preguntó Raúl, sorprendido.
—¿No sabías que Camila tiene hermanos? ¡Camilaaaa! —insistió, llamándola una vez más, mientras ambos entraban a la casa.
Camila escuchó por fin y acudió al llamado.
—¿Y desde cuándo son amigos? —continuó Alexa.
—Oh, no somos amigos. Somos novios —soltó Raúl con total naturalidad.
La sorpresa fue tal que Alexa tragó saliva y comenzó a ahogarse.
—¡Pajarito, pajarito! —empezó a gritar Mili, alzando la mano para chasquear los dedos, imitando lo que hacen los adultos cuando un niño se ahoga.
Justo en ese momento llegó Camila. Su cuerpo se puso rígido al instante. No esperaba a Raúl sino hasta dentro de una hora. ¿Por qué no le avisó siquiera que iría más temprano? Sabía que en algún momento tendría que contarle a su familia que estaba saliendo con él… pero no quería que fuera así.
—C… Camila —dijo Alexa, reponiéndose—. Raúl dice que ustedes son novios. ¿Por qué no me contaste?
La punzada que Camila sintió en el pecho no fue por prejuicios, sino por algo más personal: no quería que Alexa pensara que le guardaba secretos.
—¿Quién es el chico, niñas? —preguntó la madre de ambas, que había llegado en silencio, sorprendiendo a las dos.
Alexa volteó hacia Camila. Raúl también. Los únicos ajenos a la situación: los niños.
Alexa sabía cuán difícil podía ser lidiar con su madre. Comprendió de inmediato por qué Camila lo había mantenido en secreto. Raúl también lo comprendió, solo por la manera en que su presencia imponía.
—¿Él? —respondió Camila, con un nudo en el estómago—. Él se llama… —se tensaba más con cada segundo—. Él se llama Ra…
—Él se llama Raúl. Es mi hermano. Mi único hermano y… —soltó Mili, con su inocencia habitual.
—¡Mili! Ya te hemos dicho que no debes responder cuando no te preguntan —susurró Raúl, reprendiéndola con suavidad.
—Mili, ¿cierto? ¿No quieres ir a jugar con Axel y Gael? —intervino la madre de Camila.
—¿Puedo? —preguntó Mili, mirando a su hermano.
Raúl asintió.
—Axel, Gael, vengan acá.
Los niños acudieron corriendo como cada vez que los llama su madre.
—Mande, mami —respondió Gael, tan cariñoso como obediente.
—Ella se llama Mili. Vayan al patio a jugar todos juntos, por favor. Y no quiero peleas.
Los niños se fueron corriendo.
Era el momento de la verdad. La madre de las chicas ya había olvidado por completo lo de los vestidos. Sospechaba por dónde iba todo esto.
—Camila, estoy esperando que me respondas —dijo, cruzando los brazos.
Alexa solo miraba. Sabía que si intentaba intervenir, también la castigarían. Pero también sabía que Camila no querría que ella pagara por algo así. Y esta era una de esas veces.
—Yo puedo explicarle, señora —intervino Raúl, tratando de aligerar la tensión.
—Le estoy haciendo una pregunta a mi hija, joven. No se preocupe, que ya llegará su turno de responder a mis preguntas —dijo con ese tono que tanto empequeñecía a sus hijos.
—Es mi novio, mamá —soltó Camila, de golpe, luego de tomar aire y reunir algo de valor.
—¿Y qué, tú te mandas sola? ¿A quién le pediste permiso? ¿Quién te dijo que podías andar de novia? Tus estudios son lo único en lo que deberías pensar, y… —empezó a regañar con energía.
—Siempre te he obedecido, mamá. Siempre he sacado los primeros lugares que tanto te gusta presumir. Tener novio no va a cambiar eso. Ya estoy grande. No estoy haciendo nada malo. Por favor, mamá, no te pongas así —dijo Camila, desahogándose con el pecho oprimido.
#3070 en Novela romántica
#127 en Joven Adulto
discapacidad, inclusión/discapacidad, drama emocional intenso
Editado: 06.04.2026