Los demonios de Camila

Capitulo 29

El semestre avanzaba con rapidez. Los maestros ya abordaban la última etapa del aprendizaje. Camila tenía todo bajo control, tal y como le había prometido a su madre.

Por otro lado, solo quedaban dos filtros para seleccionar a quien representaría a la escuela en el concurso. El siguiente sería en dos días. Era importante, claro, pero aun así —en las sesiones extracurriculares— Camila y Ray se daban tiempo para bromear o simplemente charlar. La mayoría de esas conversaciones eran agradables, incluso informativas.

—Por favor, yo solo quiero que me expliques… ¿por qué tu libreta parece ser usada por dos personas distintas? —preguntó Ray en tono divertido, hojeando el cuaderno de Camila.

Camila entendía perfectamente la curiosidad. Algunas hojas estaban impecables, con apuntes organizados, procedimientos ordenados y respuestas acertadas, aunque no con la mejor caligrafía —la escritura era una de las actividades donde más se notaba su atetosis—. Otras páginas, en cambio, eran puro caos: palabras ilegibles, líneas torcidas, desorden total.

—No molestes —respondió ella, en tono juguetón.

—¿Sabes? Creo que deberías estudiar medicina. Tienes la inteligencia… y la letra también —bromeó Ray.

Ambos rieron justo cuando llegó Raúl, con refrescos y papas fritas. Ardía de celos. No porque Camila riera con otra persona, sino porque era Ray con quién lo hacía. Lo mismo que le pasaba cuando se trataba de Andrés. Aun así, en las semanas que llevaba con Camila, había aprendido a suavizar sus gestos para disimular.

—¡Cuenten el chiste! Uno también quiere divertirse —dijo Raúl, intentando sonar relajado.

Aunque sonreía y bromeaba, por dentro sentía esa molestia latente. Esa que no lograba apagar del todo cuando veía a Ray cerca.

Se desocupó de inmediato las manos, ansioso por besarla. Y la besó. No un beso apasionado —no con Ray ahí—, pero sí uno que gritara en silencio: “Es mía”.

—Ray dice que debería estudiar medicina porque ya tengo la letra de una doctora —informó Camila, mostrándole uno de sus apuntes más desastrosos.

—Oye, pero ya hablando en serio, ¿por qué tanta diferencia? —insistió Ray, ahora con genuina curiosidad.

—Pues… creo que yo sé la respuesta —dijo Raúl con una mezcla de duda y ternura.

—Te escuchamos —lo invitó Camila.

Ray también asintió.

—Ok, pero corrígeme si me equivoco, amor —pidió Raúl, mirándola.

Camila asintió.

—Creo que es por la presión. No es lo mismo hacer la tarea en casa, en calma, que tratar de anotar todo lo que dicta un maestro en tiempo real. No para alguien con limitaciones en la motricidad —explicó con timidez, temiendo haber cruzado alguna línea.

—No pudiste haberlo explicado mejor, amor —respondió Camila, apoyando el codo sobre la mesa y el rostro en la mano.

—¿Y por qué no me lo habías dicho, Liza? —preguntó Ray, preocupado.

Raúl sintió un pinchazo. Sabía que no debía sentir celos, pero el apodo… le incomodaba. Lo hacía sentir desplazado.

—Tranquilo, no es gran cosa, Ray. Cuando algo se me pasa, le pido los apuntes a Melissa.

—Desde ahora ya no dictaré en tu grupo. O si lo hago, lo haré más lento, te lo prometo.

—Como tú te sientas más tranquilo —respondió Camila.

El silencio que siguió fue incómodo. Raúl creía que Ray sobraba. Ray pensaba lo mismo sobre Raúl. Y Camila… pensaba que era lindo que intentaran llevarse bien por ella.

—Bueno, ya me voy. Tengo clases en el 467 —dijo Ray, despidiéndose.

Pasado un rato, Camila notó que no era imaginación suya: Raúl estaba molesto. Lo confirmó cuando él rechazó la papita que ella le llevó a la boca en forma de avioncito.

—No entiendo qué pasa. Un momento estamos felices, y al otro estás molesto otra vez…

—No me molesto de la nada, Camila. Tu primo me molesta. Me molesta lo “cariñoso” que es contigo —dijo, con el rostro cargado de frustración contenida.

—¿Y ahora qué hizo? —preguntó Camila, intentando mantener la calma.

—Tú crees que es una blanca palomita, pero no es así. Él sabía que me molestaría oír que te llama “Liza”, y aun así lo hizo. No pierde una oportunidad para hacerme explotar de celos —confesó.

—¿Sabes qué? Voy al tocador. Aprovecha y cálmate. Hablamos cuando estés más tranquilo —sentenció Camila.

No necesitaba ir al baño, pero sí un respiro. Y el tocador que estaba junto al auditorio solía estar vacío. Caminó hacia allá buscando un momento a solas.

Pero al entrar, su rostro se enrojeció. No esperaba encontrar esa escena. No era algo malo, pero sí sorpresivo. Salió como alma que lleva el diablo.

Bajó los escalones tan rápido como pudo y chocó con Raúl.

—¿Qué haces aquí, amor? —preguntó, nerviosa.

—Vine porque apenas te fuiste y… —intentó responder Raúl, pero la curiosidad lo venció—. ¿Qué sucede? ¿Por qué estás así? —preguntó, notando su expresión.

De pronto, salió Sofía detrás de ella, con el rostro pálido.

—Espera, Camila. ¡Espera, por favor! —suplicaba, visiblemente alterada.

Camila fingió no escucharla. Aceleró el paso, arrastrando a Raúl consigo y dejando a Sofía sola… y angustiada.




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