—El profesor de Gina quiere que la ciudad parezca un tablero de ajedrez, Gina —dijo Teo, apoyando la barbilla en la barandilla y sonriendo con esa desenvoltura que siempre lograbas sacarle un peso de encima a las cosas—. Si le dibujas una sombra curva, siente que se le caen los edificios. En Comunicación nos enseñan que la gente prefiere las historias simples: punto A, punto B y una línea recta en medio. Si le pones curvas, la gente se marea.
—Pero la vida no es una línea recta, Teo —murmuró Gina, dejando caer la mano con el grafito entre las piernas. Miró hacia abajo, donde las luces amarillas del alumbrado público empezaban a encenderse en orden, una tras otra, formando cadenas impecables de luz sobre el asfalto—. Nadie siente en ángulos rectos. Nadie piensa en cajas. ¿Por qué tenemos que dibujarlo todo como si estuviéramos encerrados?
Cecilia cerró la carpeta con un chasquido firme y metió el marcador en la cartuchera. Miró a Gina con una mezcla de cansancio y afecto real, el tipo de mirada que solo tiene alguien que conoce tus esquinas difíciles desde hace años.
—Porque las cajas sostienen el techo, Gina —dijo Cecilia con suavidad, pero con esa claridad implacable que no dejaba espacio a las dudas—. En mi carrera nos enseñan a presupuestar el hormigón. Si el arquitecto decide ponerse creativo y hace una pared curva solo porque le pareció bonita, el edificio cuesta el triple y la gente no tiene dónde vivir. El mundo necesita cosas que funcionen.
—¿Y lo que no es práctico no importa? —preguntó Gina, sintiendo esa presión familiar que le subía desde el pecho hasta la garganta—. ¿Lo que sentimos mientras caminamos por esas calles no cuenta para nada?
—Cuenta para ti —intervino Teo, dándole un empujón suave con el hombro para romper la rigidez de la conversación—. Y para nosotros cuando nos muestras tus cuadernos aquí arriba. Pero abajo, en las aulas, hay que entregar la lámina que piden para que no te dejen en el primer semestre. Anda, guarda ese grafito que te tienes los dedos negros.
Gina miró sus manos, efectivamente manchadas de polvo gris, y luego volvió a fijar la vista en la ciudad. A lo lejos, más allá de la cuadrícula urbana, en las calles más viejas del barrio bajo donde las casas aún conservaban sus techos de teja y madera, la luz se apagaba de forma distinta.