—Me voy antes de que oscurezca del todo —dijo Gina, poniéndose de pie y guardando el cuaderno en la bolsa de lona.
—¿No vas con nosotros al comedor? —preguntó Teo, levantándose también y sacudiéndose el pantalón.
—No. Tengo que pasar a buscar un encargo al pasaje de los carpinteros —mintió con ligereza.
Cecilia la miró marcharse por el sendero de tierra que bajaba de la colina. Sabía que no iba a comprar nada; conocía el camino que tomaba Gina cuando la ciudad le pesaba demasiado.
—Deja que vaya, Teo —dijo Cecilia en voz baja, ajustándose el tirante de la mochila mientras veían a Gina alejarse hacia la salida del campus—. Mañana tiene la corrección de diseño y necesita sacarse la rabia de la cabeza antes de volver a chocar contra la pared.
Gina caminó a paso largo, dejando atrás los pasillos iluminados con tubos fluorescentes de la universidad y el murmullo acelerado de los estudiantes que corrían hacia las paradas de autobús. A medida que se alejaba del campus, la cuadrícula perfecta de pavimento se dividía en aceras desiguales y adoquines desgastados.
El barrio bajo olía a húmedo, a humo de leña de las cocinas traseras y a cedro fresco.
En la esquina del pasaje de los carpinteros, la pequeña caseta de madera de Víctor permanecía abierta, recortada contra la penumbra del atardecer. Un farol de luz cálida, colgado de una viga de la entrada, iluminaba la mesa de trabajo donde el anciano pasaba las horas.
Víctor no levantó la vista cuando escuchó los pasos de Gina sobre la tierra suelta. Con los lentes de marco grueso sostenidos en la punta de la nariz, usaba un lija fina para pulir el borde de una repisa de nogal. El movimiento de sus manos era constante, paciente, ajeno al ruido de la ciudad que rugía a pocas cuadras de allí.
Gina se detuvo bajo el alero, sintiendo cómo el frío del viento de la tarde comenzaba a colarse por el cuello de su abrigo. Apoyó la bolsa de lona contra el suelo y se dejó caer en el banco de madera donde solía sentarse.
—Traes la cara tensa, Gina —dijo Víctor sin detener la mano sobre la madera. Su voz era grave y pausada, raspada por los años y el polvo del taller—. Y cuando traes la cara tensa, es porque pasaste la tarde intentando convencer a la gente del mirador de que el mundo tendría que ser distinto.