Los días de ceniza y grafito

Capitulo 4

Gina soltó un aire pesado y se miró las manos todavía manchadas de grafito.

​—Es que no lo entiendo, Víctor. En la facultad nos piden que midamos todo, que encajemos todo en planos perfectos. Cecilia dice que las cajas sostienen el techo y que eso es lo único que importa. Teo dice que no me complique. Pero cuando miro la ciudad desde arriba, siento que si hago exactamente lo que me piden, me voy a extinguir por dentro. ¿Por qué está mal querer que las cosas tengan otra forma?

​Víctor detuvo la lija. Sacudió el polvo blanco que cubría la repisa con un soplido corto y colocó la herramienta sobre la mesa. Se quitó los lentes, los guardó en el bolsillo de su gabardina y se giró despacio para mirar a la joven.

​—El problema no es que quieras que las cosas tengan otra forma, Gina —dijo Víctor, mirándola fijamente con esos ojos hundidos que parecían haber visto pasar demasiadas tormentas—. El problema es que sufres porque quieres que los demás vean la forma que tú ves. Quieres que el profesor Vane te aplauda, quieres que tu amiga Cecilia te dote de razón y quieres que la ciudad cambie para que tú puedas estar en paz.

​Gina bajó la mirada, apretando los dientes por el dolor punzante que le provocaba la franqueza de sus palabras.

​—No quiero que cambien… solo quiero que entiendan —murmuró.

​—Es lo mismo —respondió Víctor con serenidad, volviendo a tomar una viruta de madera entre los dedos—. Exigir que te entiendan es una forma disimulada de querer moldearlos. El mundo no va a dejar de ser cuadrado solo porque a ti te dula la cabeza, muchacha. Si te pasas la juventud esperando la aprobación de los que caminan recto, te vas a quedar congelada en la puerta del taller, sin hacer tus propios cuadros ni vivir tu propia vida.

​El silencio que siguió se llenó con el chasquido del viento contra las tejas del alero. Gina respiró hondo. La frustración no había desaparecido de su pecho, pero las palabras de Víctor, crudas y sin compasión barata, actuaban como un freno de mano a su desesperación.

​—¿Y qué se supone que haga mañana en la clase? —preguntó en voz baja.

​—Entrega la lámina recta que te piden para cumplir tu trámite —dijo Víctor, volviendo a tomar la lija con absoluta normalidad—. Y cuando salgas de clase, pinta tus curvas en tu cuaderno sin pedirle permiso a nadie. Ahora regresa a tu casa. Tu mamá debe estar esperando para la cena y no gana nada viéndote llegar con la cara destemplada.

​Gina guardó silencio durante unos segundos, mirando al viejo trabajar en la penumbra. Se levantó del banco, se acomodó la bolsa de lona al hombro y sintió, por primera vez en todo el día, una pequeña tregua en el centro del pecho.

​—Nos vemos mañana, Víctor —dijo desde el borde del camino.

​—Aquí voy a estar —respondió él sin voltear, dejando que el sonido rítmico de la lija sobre la madera la acompañara mientras caminaba de regreso hacia las luces de la ciudad.




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