Los días de ceniza y grafito

Capitulo 5

El olor a fijador de carboncillo, aguarrás y humedad flotaba en el aire.

Gina colocó la lámina sobre el tablero de madera. La noche anterior, a última hora y con los dedos temblándole sobre la regla T, había vuelto a trazar la fachada. Los muros eran rectos, los ángulos de noventa grados eran perfectos y las sombras caían en la dirección exacta que exigía el programa oficial. Era un trabajo impecable, pulcro y completamente muerto. No tenía ni una gota de su alma.

El profesor Vane pasó por su mesa. Se detuvo con las manos cruzadas a la espalda, miró el dibujo por encima de sus gafas durante tres segundos eternos y sacó el sello de tinta azul.

​—Mucho mejor, señorita Gina —dijo con esa voz neutra que no transmitía nada—. Veo que finalmente entendió la importancia del orden. Aprobado.

​Un chasquido seco resonó en el papel cuando la marca azul quedó estampada en la esquina inferior. Vane avanzó hacia el siguiente tablero sin dedicarle una sola palabra más.

​Gina se quedó mirando la marca húmeda. Tenía la nota aprobatoria que necesitaba para no perder la materia, pero en el centro del estómago sintió un vacío amargo, una sensación amarga de derrota. No sentía alegría; sentía que había entregado un pedazo de su verdad a cambio de un sello en una esquina.

​Al salir al patio central, el sol del mediodía caía con fuerza sobre las bancas de concreto. Cecilia y Teo ya la esperaban cerca de la fuente seca. Cecilia repasaba unos esquemas de Contabilidad con un bolígrafo rojo, mientras Teo intentaba sostener tres naranjas en el aire, haciendo un malabarismo torpe que terminó con una de las frutas rodando por el polvo.

​Teo la atrapó justo a los pies de Gina.

​—Dime que ese suspiro significa que el viejo Vane no te arrojó la lámina por la ventana —dijo Teo, levantándose y limpiando la naranja contra la manga de su suéter.

​—Aprobé —dijo Gina, dejándose caer en la banca de piedra y soltando la bolsa de lona a un lado.

​Cecilia levantó la vista del cuaderno y la observó detenidamente. No vio en el rostro de su amiga la sonrisa de alivio de quien supera un obstáculo, sino esa sombra cansada que se le estaba volviendo costumbre.

​—Hiciste lo que tenías que hacer, Gina —dijo Cecilia con un tono suave, intentando reconfortarla—. Es solo un trámite. Necesitas cumplir con estas materias para tener el título. Cuando salgas de aquí, en tu tiempo libre, podrás pintar lo que quieras.

​—¿Y si el tiempo libre nunca llega, Ceci? —preguntó Gina, mirando el ir y venir de los estudiantes en el pasillo—. ¿Y si nos pasamos cuatro años doblándonos para encajar en sus moldes y cuando salgamos ya se nos olvidó cómo éramos por dentro?

​—No se te va a olvidar —intervino Teo, pelando la naranja con los dedos y ofreciéndole la mitad—. Porque para eso estamos nosotros dos. Para recordártelo cuando te pongas demasiado seria. Anda, come un poco. Llevas desde la mañana con la mandíbula apretada.

​Gina tomó el trozo de fruta, pero la presión en la garganta no cedió. Los quería, apreciaba desesperadamente el esfuerzo que hacían por sostenerla, pero la distancia entre lo que ella sentía y lo que ellos entendían se hacía un milímetro más ancha cada día.




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