Los días de ceniza y grafito

Capitulo 6

A las cinco de la tarde, el tráfico de la ciudad era un murmullo lejano cuando Gina dobló la esquina del pasaje de los carpinteros.

Víctor estaba sentado en su lugar de siempre, bajo la luz amarilla del farol. Tenía sobre las piernas un marco de madera vieja que intentaba ensamblar, pero sus manos, usualmente precisas y firmes, se detuvieron un segundo más de lo normal para encajar las esquinas. Tuvo un leve carraspeo en el pecho, una tos seca que sofocó rápido llevándose la mano empolvada a la boca, antes de volver a tomar el martillo de goma.

Gina se sentó en el escalón de piedra, abriendo su cuaderno de bocetos personal. Empezó a trazar con furia las líneas curvas de la copa de un árbol que veía al fondo del pasaje, marcando el papel con tanta fuerza que la punta del grafito se quebró con un chasquido.

—Se rompió el lápiz —murmuró Gina con rabia.

Víctor no levantó la mirada del marco, pero el golpe rítmico de su martillo se detuvo.

—Aprobaste la lámina, ¿verdad? —preguntó el anciano.

Gina lo miró sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque traes la rabia del que cedió por obligación y no por entendimiento —dijo Víctor, dejando el marco a un lado y mirándola por encima de sus lentes—. Estás enojada con el profesor porque te obligó a hacer la línea recta, y estás enojada contigo misma porque la hiciste.

—Tenía que aprobar, Víctor —se justificó Gina, sintiendo que la voz se le quebraba—. Si no entrego lo que me piden, me echan de la facultad. Mis padres dicen que el arte no da para comer, Cecilia dice que el mundo necesita cosas prácticas, y la única forma de seguir ahí es haciendo lo que ellos quieren. Sentí que me traicioné.

Víctor se apoyó en los muslos para levantarse despacio. Su cuerpo produjo un crujido leve, un cansancio acumulado que disimuló caminando hacia el estante donde guardaba los frascos de barniz.

—La traición no es hacer una línea recta para pasar un examen, Gina —dijo Víctor de espaldas a ella, con una calma que sonaba como un eco en el taller—. La traición es creer que porque tuviste que hacer esa línea recta, ahora estás obligada a pensar en recto el resto de tu vida. La facultad te pide un dibujo; no te está pidiendo el alma. Si les entregas el alma en la misma hoja, el problema es tuyo, no de ellos.

Gina se quedó mirando la punta rota del lápiz sobre el papel. Las palabras de Víctor no la consolaban, pero le quitaban el dramatismo a su martirio, mostrándole con crudeza lo absurdo de su propia tormenta.

—Es difícil separar una cosa de la otra —dijo ella en voz baja.

—Nadie dijo que fuera fácil —respondió Víctor, volviendo a su taburete y tomando una brocha gastada—. Pero si no aprendes a separar el trámite de tu verdad, te vas a pasar la juventud llorando en las esquinas mientras el tiempo se te escapa entre los dedos. Ahora afila ese lápiz y dibuja el árbol sin romper la hoja.

Las palabras de Víctor se quedaron flotando en el ambiente del taller, pesadas y densas como el olor a resina y madera cortada. Gina afiló el lápiz con navaja, despacio, viendo caer las virutas de grafito sobre la tierra.

Por dentro, el torbellino era mucho más complejo que un simple choque por una lámina de dibujo o una línea recta. La lámina era apenas el síntoma, la grieta visible de algo mucho más profundo y sofocante que llevaba años gestándose en su pecho.

Lo que verdaderamente la asfixiaba era la sensación constante de estar viviendo en una frecuencia que nadie más escuchaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.