Los días de ceniza y grafito

Capitulo 7

En la mesa del comedor de su casa, por ejemplo, los domingos al mediodía. Sus padres conversaban sobre planes de financiamiento, sobre la estabilidad laboral, sobre cómo el vecino había logrado comprar un coche del año sacrificando cada hora de su tiempo libre. Para ellos, la vida era un balance contable: esfuerzo a cambio de seguridad, renuncia a cambio de tranquilidad. Cuando Gina intentaba hablar de lo que sentía al ver cómo el atardecer teñía de violeta la catedral de León, o de la necesidad visceral de volcar en un lienzo la fragilidad del paso del tiempo, sus palabras caían en la mesa como monedas de una divisa que ya no circulaba. La miraban con una mezcla de afecto y condescendencia, como si esperaran que esa “etapa” simplemente se le pasara al madurar.

​Sentía que para encajar en su familia, en la facultad, en la ciudad misma, tenía que amputarse partes de sí misma. Tenía que aprender a anestesiar esa sensibilidad agudo-dolorosa que la hacía quedarse mirando durante diez minutos el andar cansado de un anciano en la calle o la textura desgastada de un muro viejo. El mundo parecía exigirle una piel más gruesa, una mente más práctica, una frialdad que ella sencillamente no poseía. Y la culpa la devoraba por partida doble: le dolía no poder ser la hija y la estudiante que los demás esperaban, pero le aterraba aún más la idea de lograrlo y convertirse en un cascarón vacío que caminaba por inercia.

​Víctor la observaba desde su taburete. Notaba el temblor imperceptible en la mano de la joven y la rigidez de su espalda.

​—No es el dibujo técnico lo que te tiene así, ¿verdad? —dijo el viejo en voz baja, dejando la brocha a un lado.

​Gina negó con la cabeza lentamente, sin levantar la mirada del papel.

​—Es la sensación de que todo el mundo camina en una dirección y yo soy la única que va en sentido contrario —confesó, y su voz sonó pequeña, despojada de toda la rabia de antes—. A veces siento que si dejo de pelear un solo segundo, la marea me va a arrastrar y me voy a convertir en alguien que ya no reconozco. Me da miedo despertarme dentro de diez años, mirar al espejo y ver a una persona que solo piensa en cuentas por pagar, en horarios y en agradar a los demás. Siento que mi mente y mi forma de sentir simplemente no caben en esta época.

​Víctor suspiró. Un carraspeo breve le sacudió la garganta, pero lo disimuló tomando un trago de agua de un vaso de latón. Miró a Gina con una compasión austera, la de quien reconoce en el rostro ajeno las cicatrices de una batalla que peleó en silencio hace ya mucho tiempo.

​—Ese miedo es real, Gina. Pero te estás equivocando en el enemigo —dijo Víctor con tono sereno pero firme—. Crees que para no perderte a ti misma tienes que vivir en guerra con todos los demás. Crees que tu arte y tu pensamiento son una bandera que tienes que defender contra tu familia, contra tus profesores y contra tus amigos. Y no es así. El arte no es una espada para pelear con el mundo; es un refugio para no volverte loca mientras vives en él.

​Gina alzó la vista, encontrándose con la mirada profunda del anciano.

​—¿Y cómo no pelear si siento que me empujan todo el tiempo?

​—Dejando de pedirles que te entiendan —respondió Víctor pacientemente—. Tu mamá te quiere, pero te quiere desde la única forma que conoce: buscando que no pases hambre. Cecilia te aconseja desde su estructura porque a ella esa estructura le da paz. Ellos no son el enemigo. Tú estás exigiendo que el mundo entero valide quien eres para recién sentirte tranquila contigo misma. Y esa aprobación, Gina, no va a llegar de afuera. Nunca.




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