Los días de ceniza y grafito

Capitulo 8

El viento de la tarde volvió a mover las hojas de la acera. Gina se quedó en silencio, dejando que las palabras del viejo penetraran en ese espacio íntimo y lastimado donde guardaba sus dudas. No era un consuelo fácil, pero era la primera vez en mucho tiempo que sentía que alguien comprendía la verdadera naturaleza de su dolor: no la rebeldía caprichosa, sino el miedo profundo a la disolución de su propia identidad.

Las semanas siguientes en la universidad se convirtieron en un ejercicio de desgaste invisible. Gina ya no discutía en voz alta con los profesores; su rebeldía se había vuelto más silenciosa y, por lo mismo, más pesada de cargar en el pecho.

​En la clase de Dibujo Técnico, el profesor Vane continuaba imponiendo su geometría absoluta. Mientras el resto de sus compañeros trazaban con docilidad las perspectivas normalizadas de edificios comerciales, Gina cumplía con el mínimo indispensable para obtener el sello aprobatorio, pero por dentro sentía que cada línea recta era un clavo más en un ataúd que construía para su propia creatividad. Ya ni siquiera intentaba debatir; el silencio con el que entregaba sus trabajos era una renuncia amarga, la constatación de que su visión del mundo no tenía cabida en un espacio donde la utilidad medía el valor de las cosas.

​Esa frustración acumulada empezó a filtrarse inevitablemente en sus vínculos más cercanos, corroyendo la paciencia que hasta entonces había sostenido al grupo.

​El punto de quiebre comenzó un martes, en una de las mesas del patio central del campus. El sol del mediodía caía a plomo, calentando el cemento y elevando un olor seco a tierra y hojas de eucalipto. Cecilia tenía extendidos sobre la mesa varios folios de un proyecto de contabilidad para una materia de gestión empresarial, mientras subrayaba cifras con precisión milimétrica. Teo compartía unos bocadillos de pan con queso, intentando mantener la ligereza de siempre.

​Gina estaba sentada frente a ellas, con la libreta de bocetos cerrada a un lado y la mirada fija en el vacío, rumiando la última crítica de Vane.

​—Mañana hay que entregar los balances de la simulación de costos, Gina —dijo Cecilia sin levantar la vista de los números, su voz marcando el ritmo de una exigencia práctica y constante—. Te toca revisar la parte de costos indirectos de nuestro proyecto grupal. Te dejé la plantilla en el correo desde el domingo.

​Gina parpadeó, regresando a la realidad con torpeza.

​—Sí, Ceci… lo reviso al rato —murmuró, pasando los dedos por el borde de la libreta.

​—No es para “al rato”, Gina. Es para primera hora —respondió Cecilia, deteniendo el marcador amarillo y alzando finalmente la vista. Su tono no era de enfado, sino de un cansancio hondo y sostenido—. Llevas tres semanas con la cabeza en cualquier otra parte. En las clases de taller te distraes, en los trabajos grupales haces lo justo para no reprobar, y cuando intentamos hablar de lo que sigue el próximo semestre, actúas como si el mundo real no fuera contigo.

​Gina sintió que el estómago se le encogía. La crítica, aunque dicha con la habitual sensatez de su amiga, le cayó como un golpe directo a la barbilla.

​—Estoy intentando sobrevivir a esto, Cecilia —dijo Gina, bajando la voz pero sintiendo cómo el temblor de la rabia comenzaba a treparle por la garganta—. No todas tenemos la facilidad de apagar el cerebro y simplemente aceptar que la vida se reduce a planillas de Excel, costos indirectos y edificios cuadrados.

​—No se trata de apagar el cerebro, Gina —intervino Cecilia, cerrando la carpeta con un golpe seco que hizo saltar un lápiz sobre la mesa—. Se trata de madurar. Te la pasas exigiendo que todos te entiendan, que los profesores admiren tu sensibilidad, que tu familia acepte que no quieras un trabajo formal. Te has creado una burbuja donde cualquier persona que te pida cumplir con una norma mínima es tu enemiga.

​—Yo no busco enemigos, busco no convertirme en un robot como ustedes —soltó Gina sin medir el peso de la frase.

​Teo, que había permanecido en silencio observando la tensión entre ambas, dejó caer el trozo de pan sobre la servilleta. La sonrisa habitual en su rostro se había desvanecido por completo.

​—Oye, baja la voz, Gina —dijo Teo con seriedad, mirándola a los ojos por primera vez sin rastro de burla—. Nadie aquí está jugando a ser un robot. Cecilia se desvela pagando la mitad de sus materias y ayudándote a corregir los planos para que no te echen de la carrera. Y yo intento mantener esto unido cuando te pones imposible. No nos trates como si fuéramos parte del problema.

​Pero Gina, cegada por la frustración de sentirse acorralada en su propia vida, sintió que las palabras de sus amigos no eran un intento de ayuda, sino una confirmación de que estaba completamente sola, incluso al lado de quienes más la querían. Se puso de pie bruscamente, tirando la servilleta al suelo.

​—Si les molesta tanto cargar conmigo, debieron dejarme sola desde el primer día —espetó Gina, con los ojos brillando de una rabia injusta y defensiva—. Déjenme en paz de una vez.

​Dio media vuelta y se marchó a zancadas por el sendero de tierra, dejando a Cecilia y a Teo petrificados en las bancas bajo el sol inclemente, con el eco de una ruptura que ya no había forma de disimular.




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