La soledad dejó de ser un estado y se convirtió en una temperatura. Gina caminó por el campus sin ver a nadie, aunque el patio estuviera lleno. El aire le golpeaba la cara, pero no lo sentía; por dentro, el ruido era ensordecedor.
¿Qué haces? Se preguntó, sintiendo cómo el eco de su propia voz se burlaba en el centro de su cabeza. ¿Qué acabas de hacer?
Cada paso hacia la salida de la universidad le pesaba como si arrastrara cadenas invisibles. Las palabras de Cecilia le quemaban como ácido: “Te has creado una burbuja donde cualquier persona que te pida cumplir con una norma mínima es tu enemiga”. Intentó negarlo, intentó convencerse de que Cecilia era una esclava del sistema, que Teo era un conformista, que todos eran piezas de un engranaje que ella, en su infinita lucidez, era la única en despreciar. Pero la mentira ya no le servía de escudo.
Llegó a su habitación y, en lugar de encender la luz, se dejó caer en la oscuridad. El silencio de la casa, habitualmente un refugio, se volvió asfixiante. Se quedó mirando el techo, donde las sombras de las ramas de un árbol afuera dibujaban formas que, hace apenas unos días, le habrían inspirado un boceto fascinante. Ahora, solo veía garabatos retorcidos, caos sin sentido.
Si ellos tienen razón, pensó, y el pánico le heló la sangre, entonces estoy rota.
La guerra mental se desató sin cuartel. Por un lado, su orgullo, esa coraza de acero que se había forjado para no ser devorada por la sociedad, le gritaba que era la única cuerda en un manicomio, que su dolor era prueba de su superioridad espiritual. Por otro, una voz más pequeña, pero más letal, le mostraba la verdad: que había usado su arte y su “sensibilidad diferente” como un arma para alejar a todos, para castigarlos por no ser capaces de ver el mundo a través de sus ojos.
Se vio a sí misma sentada en la mesa del comedor, despreciando los consejos de su madre. Se vio con el profesor Vane, siendo arrogante y displicente, creyendo que su rebeldía era una forma de integridad. Y, sobre todo, recordó la cara de Teo. El Teo que siempre tenía un truco de magia, una broma o una fruta para aliviarle el peso del día, mirándola con una decepción que dolía más que cualquier grito.
¿Había sido Gina la víctima de la ciudad, o había sido el verdugo de sus propias relaciones?
La desolación comenzó a filtrarse por los poros. Empezó a repasar sus dibujos, esos bocetos que antes protegía como reliquias sagradas, y de repente se sintieron pretenciosos, infantiles, llenos de una tristeza vacía que no buscaba sanar, sino llamar la atención. Eres una impostora, se dijo. No eres diferente, solo eres incapaz de adaptarte.
El bucle se cerró sobre ella. Se odió por haber herido a Cecilia. Se odió por haber necesitado que alguien le dijera la verdad. Y, peor aún, se odió por sentir, en lo más profundo de su ser, que aunque quería disculparse, no sabía cómo hacerlo sin sentir que perdía la poca dignidad que le quedaba.
Se envolvió en la manta, temblando de frío en pleno calor de agosto. No podía dormir, porque en el sueño aparecían los rostros de sus amigos, borrosos y distantes, retirándose de ella. La guerra no era contra la universidad, ni contra sus padres, ni contra las leyes de la física que Vane quería imponerle. Era contra el espejo. Gina estaba atrapada en un cuarto oscuro, rodeada de todos los muros que ella misma se había encargado de construir, ladrillo a ladrillo, bajo la excusa de ser “diferente”. Y, por primera vez, el miedo a que esa fuera su única realidad para siempre le robó el aliento.